La primera indicación que te dice un experto en comunicación para escribir una columna (aplica también para esta) es que la primera frase debe captar rápidamente la atención del lector. Tiene que ser inmediato, al instante. Incluso antes, el título debe ser extremadamente sugerente. Es el primer filtro que aplicamos inconscientemente para decidir si le dedicamos o no nuestro tiempo. En discursos políticos, oratoria y reels, lo mismo. Los primeros 10 segundos son vitales. Nos hacemos rápidamente una imagen de quién habla, y si no nos interesa, seguimos "scrolleando".
Es la lucha por la atención. Frente a un mundo subyugado por la hiperactividad y el rendimiento -en palabras de Byung-Chul Han- queremos "comerlo todo, consumirlo todo", en lugar de asumir una mirada contemplativa que permita realmente poner atención. Toleramos cada vez menos el aburrimiento y el vacío. Nuestro cerebro nos exige una gratificación inmediata, y por ello nuestras almas se convierten en buscadoras empedernidas.
Pero mientras recibimos múltiples estímulos que buscan captar nuestra atención, cada vez somos menos capaces de ofrecerla. Simone Weil describió precisamente a la atención como "la forma más rara y más pura de generosidad". La atención auténtica no exige retribución, ni siquiera reciprocidad, porque se entrega no por el placer que produce, sino por el deseo de ver al otro en su dimensión propia. Y su carencia es justamente lo que explica tantas enfermedades que hoy afectan al cuerpo social.
La atención es condición indispensable para la empatía y las buenas relaciones interpersonales. Sin ella, la violencia se infiltra por las grietas que abre el narcisismo. La amistad íntima, ese vínculo básico sin el cual nadie querría vivir (decía Aristóteles), se ha desplomado en la sociedad moderna, según todos los índices que la miden. Para qué decir de la pandemia de soledad, polarización y depresión.
Las consecuencias, si no se actúa colectivamente, aún están por verse. Todavía faltan años para que la generación de niños que vivieron toda su infancia con estas verdaderas máquinas digitales de adicción (smartphones) llegue a la adultez, y entonces la fatiga mental y la desconcentración podrían ser particularmente graves.
Incluso para la salud de nuestra democracia, este es un tema de especial relevancia. Si, como sostiene Johann Hari, "la democracia es una forma de atención colectiva sostenida", su pérdida erosiona las bases que la hacen posible. Sin atención, además, es imposible encontrar a Dios, porque es en la espera y la paciencia donde Él se encuentra. La crisis de verdadera espiritualidad, al margen de los incipientes revivals del cristianismo, se profundiza cuando todo se quiere inmediatamente alcanzable, consumible y disponible.
Ante todo esto, el mindfulness se masificó. Se convirtió en una de las principales herramientas de entrenamiento mental para combatir la falta de atención. Pero su fin no es necesariamente fortalecer nuestros lazos, ni reconocer que la falta de atención está en la base de muchos de nuestros problemas actuales, sino que responde, muchas veces, a un objetivo individual y mercantil: mejorar el rendimiento y la productividad.
Eso sí, hay mucho que se puede hacer. Y es más sencillo de lo que parece. Retomar la lectura de textos largos, la escritura a mano, dejarse aburrir, buscar momentos libres de pantalla y estímulos externos, tener una buena conversación con desconocidos, conocer el silencio del alma, dejar un rato los audífonos y el podcast mientras conducimos, en fin. En un mundo de total inmediatez, nada se parece más a ir contracorriente que andar lento y contemplativo.