"A los pies del Árbol" de Maturana

Durante su internación por tuberculosis a los 12 años, el niño Humberto leyó vorazmente libros de medicina y ciencia que su madre le conseguía. Con los meses los médicos y enfermeros del sanatorio de Putaendo, jugaban a llamarlo el "Dr. Maturana", asombrados con las complejas consultas del niño paciente. El crío estaba destinado a convocar al debate científico desde los primeros años.

En la obra "A los pies del Árbol", puesta habitual del Centro GAM, el biólogo Humberto Maturana regresa para enfrentarnos al misterio de nuestra propia biología. Coproducida por la dramaturga Manuela Oyarzún y Patricia Rivadeneira, las ideas centrales de la teoría, en par con su colega Francisco Varela, habitan un escenario de redes luminosas, sonidos, teclados y mesas de mezcla, franqueados por andamios de la construcción, pues seres humanos y células somos los albañiles pintados por Fernand Léger.

Se expone el público a un universo auditivo, donde la composición musical de Alejandro Miranda, permite a las abstracciones de la academia abandonar la biblioteca, para constituirse en una odisea teatral de preguntas.

Maturana en el teatro nos recuerda al ser vivo como un sistema cerrado que se crea, repara y se sostiene a sí mismo en un ciclo perpetuo. Existir es, entonces, producir el propio vivir, algo respira en el espacio escénico articulado por el diseño de la dupla de Macarena Urzúa y Rodrigo Santa María y un albor, obra del diseñador de iluminación Marcelo Salinas, con Nelson Álvarez como jefe técnico y operador de luces.

Preguntas, hechas desde el teatro por la protagonista sobre el tablado hacia el público y viceversa. Retumban las propuestas del biólogo, pues "todo hacer es conocer y todo conocer es hacer". La intérprete transita entre lianas led, dialogando con un coro griego electrónico desde los andamiajes, pues "todo lo dicho es dicho por alguien".

Una puesta audaz, con producción general de Javiera Vio, un esfuerzo de la compañía para un Maturana en el teatro como una necesidad biológica, con un público consciente de su fragilidad y grandeza.

Para Humberto, un sistema vivo implica a todas las partes interactuando y modificándose entre sí. En la obra, todas las unidades (escenografía, luz, música en vivo) están transformándose en el escenario. Se logra instalar en escena un ensayo científico, como en un laboratorio de dramaturgia.

Fue uno de los libros más estudiados, impuestos y amados de los años 90. La divulgación de "El Árbol del Conocimiento" (Maturana y Varela) estuvo en medios y cátedras y ni las humanidades se salvaron. La prensa se reventó la cabeza tratando de entender al Einstein chileno. Había que leer tres veces cada página, para concebir cómo esa "autopoiesis" define al ser vivo en cuanto a sistema cerrado.

Todo iba muy bien, pero aparecieron los adoradores de Maturana, pues fue una década ávida del best seller sobre cualquier cosa. Convirtieron este denso tratado de biología, casi en autoayuda. Pasaron por esta teoría, desde la gastronomía al fútbol. Por suerte Chile también contiene otras voces y aunque estas jamás serán populares como una toalla en la feria, tipo Felipe Camiroaga, dialogan muy bien con el niño nacido en Santiago de Chile.

Para Varela, la propuesta podía ser entendida en los límites de las membranas de una célula y no extenderse a fenómenos socioculturales. Debía, antes, ser formalizada matemáticamente y validada mediante modelos computacionales. Para el filósofo Humberto Gianinni, el ser humano no se puede entender como una mónada o sistema clausurado.

En su filosofía de lo cotidiano, Gianinni sostiene precisamente cómo la apertura radical y la vulnerabilidad frente al mundo, cuando uno sale de casa y se expone al "extraño", rompe cualquier idea de claustro. En Maturana el lenguaje es un fenómeno biológico, un "lenguajear", para Gianinni no se trata sólo de coordinar conductas para sobrevivir, se alberga la palabra del otro y hay una tregua en la plaza pública.

Durante el estallido social pintaron un mural de Maturana en la Alameda, pero en esos 4 meses se vio muy poco su espíritu y sí más dementes con chuzos. Orwell en "Notas sobre el nacionalismo", sintetizó: "Aquellos hipócritas que reniegan de la violencia, sólo pueden hacerlo porque otros están cometiendo violencia en su nombre".

Maturana, Varela y Gianinni viajan en un auto, conduce Maturana. Éste evita el choque con el de adelante, pero dice que la luz roja de freno del precedente sólo gatilló en él una reacción ya predeterminada en su estructura interna. Varela ve cómo el cuerpo de Humberto tuvo un acoplamiento con la máquina y el entorno. Por último, Gianinni agradece a Maturana, haberse abierto a una pausa, reconocerse cara a cara con el otro conductor y en su diálogo de la convivencia pacífica, superar la ley de la selva.

"A los pies del Árbol" es un ensayo bien dramatizado, muy necesario para coronar el legado de dos biólogos, puntales de la neurociencia cognitiva y la neurobiología.

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