El libro, el ballenero y la mágica dimensión del eterno retorno

Caminando el otro día por Avenida Italia, entre restorancillos y tiendas de ropa de moda, descubrimos una coqueta librería en la esquina de una galería. Casi al mismo tiempo de descubrirla, un libro encaramado en la vidriera me sedujo con un guiño, y me dije: "este libro es para Claudio F". Se trataba del libro "Nascimiento", escrito por Felipe Reyes, y que cuenta la historia del histórico y emblemático editor Carlos George-Nascimento, que creara el sello fundamental de la literatura chilena.

El empresario fundó en Santiago en el año 1917 la editorial Nascimento la que se transformó rápidamente en el catalizador de las publicaciones de los jóvenes escritores, poetas y novelistas de principios de siglo. La historia de George-Nascimento da para una película de Hollywood. Quien sería el más importante editor del siglo XX en Chile nació en la pequeña y remota isla de Corvo, en el archipiélago de las Azores, en el Atlántico, a mitad de camino entre Portugal y Norteamérica. El destino de todo joven nacido por esos lares era convertirse en pescador o ballenero y recorrer los mares del mundo con sus arpones en ristre y las viejas historias de sus antepasados como implacable modelo de vida.

A Carlos, sin embargo, le interesaba más la literatura. Desde pequeño quedó prendido de las historias fantásticas de los balleneros, y en particular del libro de Herman Melville "Moby Dick" (1851), inspirado en un antiguo relato publicado por una revista neoyorquina que narra el enfrentamiento real de balleneros con un cetáceo albino conocido como Mocha Dick, cerca de la isla Mocha, en el Arauco indómito. Luego de largas persecuciones y luchas por parte de los más valerosos balleneros, el cachalote blanco habría sido derrotado. Por supuesto, la historia de Melville, así como la leyenda de Mocha Dick, o como el propio relato de Pinocho y Geppetto, proviene de tradiciones ancestrales, del mito mapuche del Trempulcahue o de textos bíblicos, todos sin conexión aparente, pero arraigadas en la conciencia colectiva del hombre antiguo.

El caso es que el pequeño Carlos soñaba con conocer Chile, las tierras de ese lejano país al sur del mundo, o mejor dicho, quizás sus mares: la bravura marina frente a Tirúa; encontrarse cara a cara con un odontoceto de dimensiones draconianas; convertirse en un héroe que, como los balleneros de Nantucket, pudiera dar cuenta del monstruo marino. Una especie de San Jorge que derriba al dragón, la magnífica síntesis de la derrota de la barbarie frente a la civilización. El propio leviatán de las fábulas clásicas.

Interesante sería profundizar más en esa idea de que la humanidad -o el hombre evolucionando- se distancia de su naturaleza animal precisamente luchando contra las bestias, huyendo de la oscuridad de los bosques, creando ciudades y castillos lejos de la incertidumbre; en fin, soñando mundos de fantasía como creaciones propias de un creador humano más que divino, heredando tradiciones orales, trascribiendo historias y construyendo cultura.

¿Qué es la palabra organizada en un libro sino la síntesis de la evolución humana, la distancia necesaria del paraíso natural de donde el hombre tempranamente fue expulsado? El libro que me guiñaba desde el escaparate que da a la calle tenía esos dos méritos: por un lado, la historia misma del joven corvino que se embarcara en un vapor a Chile para descubrir esta especie de tierra o mar prometido por su imaginación con las respectivas peripecias que debía atravesar; y por otro, la vida que lo transformó ya en suelo chileno en el editor clave de la literatura chilena por casi 60 años, y con ello una revisión esencial de nuestra historia literaria desde entonces

George-Nascimento, en los años 1920, publicó los primeros textos de Neruda, Gabriela Mistral o Nicanor Parra, y a casi todos los escritores más reconocidos en los años siguientes. Su vida giró en torno a los escritores, no es sólo la historia literaria del país: por sus ojos y comprensión pasó todo o casi todo lo que se publicó en Chile desde esa época hasta 1986; de pronto, dos premios Nobel y 35 de los 37 premios nacionales de Literatura a esa fecha.

Pero el tema no es explayarse más acerca del libro, sino del impulso mágico que echó a andar mi sistema nervioso conectado al cerebro, que hizo que, al mismo tiempo que vi la portada del libro, pensara en mi amigo Claudio como su rotundo destinatario, pensando además que ese día estaba de cumpleaños y que, si bien en esta oportunidad no organizó ningún tipo de celebración, siempre acostumbrábamos a dispensarnos este tipo de afectos materializados en un objeto, ojalá significativo.

La cuestión es que entramos inmediatamente a la librería y le solicité a la amable vendedora que quería ese libro. Me sorprendió saber que las dos muchachas que atendían -una detrás de un mesón lleno de papeles, dispositivos de pago, pequeños artículos y un cerro de libros por empacar o distribuir, y la otra ordenando en la propia tienda los paquetes con los últimos libros llegados- habían leído el libro, situación que dio pie para charlar someramente algunos aspectos principales del texto. Yo había leído el libro ya hace unos cinco o seis años, y verlo ese día fue como una epifanía que hizo que todo el relato volviera a mi cabeza y, simultáneamente, pensara en el nombre de mi amigo, amante de la literatura y de los recovecos sabrosos de las biografías de los autores o de los personajes.

Pues bien, al día siguiente, de vuelta a Viña, pasé rápidamente a la casa de Claudio. Era la hora de la sobremesa, cuatro o cinco de la tarde quizás. Aparentemente estaba con un par de visitas que se habían dejado caer en su casa a almorzar y disfrutaban un largo bajativo. Toqué el timbre con mi regalo en la mano y costó que abrieran porque, al parecer, desde el patio donde se encontraba con sus invitados no se escucha el zumbido. Después de unos minutos salió a abrir. Su aspecto era alegre y festivo, probablemente producto del entusiasmo que produce el vino del almuerzo y los espirituosos brebajes del bajativo. Me dijo que lo había ido a ver su amigo Helmuth y que entráramos a compartir un traguito.

Pese a su insistencia, le dijimos que no: que agradecíamos, pero que veníamos de un largo fin de semana en Santiago, un poco cansados y con ganas de llegar a casa. Sentarse a tomar un trago por 10 minutos en casa de un amigo a las cinco de la tarde de un domingo, aún más el sólo hecho de entrar a saludar, se transformaba muy probablemente en una larga jornada entrada en la noche, mientras que al día siguiente hay que trabajar y levantarse fresco y activo. Le reiteramos que el objetivo de la visita era solo darle el abrazo y cumplir con el rito de la entrega del regalo, el que, por supuesto, agradeció, no sé si emocionado, pero sí muy complacido.

Dicho sea de paso, siempre es rico recibir regalos, también cuando uno ya es viejo y grande. La sensación de misterio y luego la de sorpresa es una experiencia casi adrenalínica. No importa el valor, el precio ni la importancia utilitaria del regalo; este representa un afecto, una relación, simboliza conocimiento mutuo, conexión, interés, hasta diría amor, entre las personas que se dispensan estos dones materiales.

Ya en el auto de vuelta a casa, un par de minutos después, mi amigo Claudio me llama al teléfono. En la llamada me reitera el agradecimiento por el regalo, agradecimiento distinto al que me dio cuando se lo entregué: básicamente distinto porque en el primer momento solo agradeció el gesto, y en el segundo -ya en la llamada telefónica- se agradecía el libro mismo. Pero casi de corrido me señala, sin embargo, que tiene dos malas noticias que darme. La primera era que el libro ya lo tenía; y la segunda -que es la que gatilla especialmente esta historia- es que se lo había regalado yo mismo tres o cuatro años atrás. No sé si nos reímos o lloramos, pero por supuesto le di mis disculpas y me apresuré en decirle que se lo cambiaba.

De esta anécdota uno podría hacer infinitas reflexiones. Por supuesto, la más inmediata es: ¿Cómo se me va a haber olvidado que le hice a ese querido amigo un mismo regalo con tan poca diferencia de años? ¿Será que la mente después de los sesenta no funciona bien? ¿Es síntoma de algo peor?

Pero recordé que ya varios años atrás tuve una experiencia similar con otro amigo, apenas sobrepasaba los 40 años, y también repetí un mismo libro como regalo de cumpleaños, con tres o cuatro años de separación. La idea de hacer una lista en Excel de los libros que he regalado (o los sweaters, discos, bufandas, poleras...) y de sus destinatarios año tras año, créanme que ha estado en mi imaginación, pero me resisto a revisar los datos cada vez que espontáneamente me surja la idea de obsequiar algo que me haga sentido. Pero claro, el riesgo es alto.

Después de las risas y las disculpas, incluso después de habernos juntado a almorzar unos días después y repasar la experiencia, solo puedo decir que aquí lo que ocurrió es algo que yo definiría casi como metafísico: un fenómeno esotérico que conecta las veleidades del subconsciente con la voluntad y la volición. La importancia del regalo, por supuesto no está en el libro mismo, sino en la compleja señal enviada desde mi subconsciente que reunió en fracciones de segundo distintas ideas, conocimientos previos invisibles como la intuición y el impulso de distintas acciones relacionadas con un planteamiento único y original relacionado por el conocimiento profundo de los móviles intelectuales y quizás sentimentales o afectivos de mi amigo. La solidez de ese misterioso conocimiento es mucho más fuerte que la memoria consciente que a veces actúa como un super yo que limita, censura o protege la moralidad de las acciones, norma nuestro comportamiento y reprime los libres impulsos de las ideas libres.

La anécdota da lo mismo, el olvido pasa a ser una obviedad, lo que está latente en el fondo es una cierta coherencia muy fuerte y poderosa. Pasa con la música, con la emoción que produce cada vez que uno se expone, por ejemplo, a una melodía significativa, diría con la digestión intelectual de una historia construida desde la historia personal. Me pasa con el Sigfrido en la inmensa obra de Wagner, el adagietto de la 5ª Sinfonía de Mahler, por nombrar dos ejemplos que se me vienen rápido a la mente.

La conexión ya deja de ser consciente, es subconsciente, lo más cercano a lo que debe ser el sentimiento religioso de los creyentes, que sin tener certezas de nada creen. Claro, en el arte no se trata de eso sino de descubrir por los propios sentidos la forma de las cosas, el significado profundo y sincero del mensaje para transformarlo en algo propio, es una experiencia única que convierte la obra artística -acaso la vida misma- en un nuevo constructo al que sólo le da sentido quién sentido le da.

Por eso, para algunos Stravinski remece huesos y músculos; para otros, volver a leer a Proust supone una experiencia trascendente o los densos diálogos del cine de Bergman una especie de viaje introspectivo a la verdad de las cosas.

Nuestra conciencia está construida sobre valores ambiciosos pero finitos; podemos siempre ampliar las fronteras de la búsqueda, pero por más extensas que sean, serán eternamente finitas. Así lo ha hecho la humanidad desde siempre con su construcción evolutivo. La idea es avanzar, descubrir cada día, no terminar de sorprenderse con los que nos rodea y producimos, emocionarse hasta las lágrimas o la risa, soñar para conocer (se), sumergirse a la historia acumulada de las ideas, las creaciones y la cultura sólo para darnos más sentido y descubrir que nuestra frágil existencia no tiene trascendencia más formidable que la propia vida bien vivida.

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