En la madrugada del 26 de abril de 1986 se produjo una explosión en la Central Nuclear de Chernobyl, a pocos kilómetros de la ciudad de Pripyat, en la entonces URSS, hoy Ucrania. La historia cuenta que la Brigada de Bomberos N° 6 atendió rápidamente el incendio, cumpliendo así sus obligaciones profesionales. El bombero Vasily Ignatenko fue uno de los primeros en llegar. Él, junto a otros, llegó a la parte superior de la estructura de 20 pisos y comenzó a echar agua para extinguir uno de los múltiples incendios provocados por piezas sobrecalentadas de grafito, circonio y otros componentes arrojados por la explosión del reactor RBMK.
El alto nivel de radiactividad rápidamente comenzó a surtir efectos en los bomberos. El material radioactivo y su humo provocaron, en escasos instantes, un síndrome de irradiación aguda. Ignatenko fue evacuado a la Unidad Médica N° 126, el Hospital de Pripyat. Su mujer Liudmila, embarazada de seis meses, lo ve hinchado al punto que no se le ven sus ojos, pero se queda con su marido hasta que muere el 16 de mayo de 1986. Liudmila da a luz a su hija a la que llamó, según el deseo de Vasili, Natasha. Pero la niña había sido afectada por la radiación y sólo vivió unas horas y fue enterrada junto a su padre. La madre también fallecería por las mismas causas.
Las imágenes que conocimos en la noche del 7 de marzo me recordaron a Chernobyl. La mítica Teherán había recibido un ataque inusual: sobre cuatro depósitos de petróleo y un centro de transporte de productos petroleros fueron volados por los aires. Estaban localizados al este de la capital, cercanos a las montañas. Según testigos el sonido fue de los más estridentes que se escucharon durante los bombardeos diarios que sufre Teherán desde el 28 de febrero pasado. Los medios internacionales dijeron que las llamas, de alto y ancho, inusuales, se veían a la distancia y que el fuego duró varios días.
Las imágenes conocidas por la prensa indican que el fuego parecía eterno. El domingo 8 de marzo la capital de cerca de 12 millones de personas apareció envuelta en una nube tóxica. El día se hizo noche. Afortunadamente a mediodía comenzó una leve lluvia que redujo, en algo, el efecto mortífero, pero dicen que los autos, de color blanco, como la mayoría en el Golfo Pérsico, las calles, las casas y ventanas, quedaron oscurecidas. Las recomendaciones de las OMS fueron no permanecer en la calle, cerrar las puertas y ventanas, asegurando que no entrara aire del exterior. La Organización de Protección Ambiental de Irán llamó a los habitantes a no salir ante la toxicidad y el peligro.
Muchos pensaban que la guerra que, comenzó el pasado 28 de febrero iba a ser breve, de unos días a lo más. Incluso aun se sigue escuchando que Irán no resistiría los ataques y se vería obligado a ceder, una visión opuesta a la que analistas y especialistas advirtieron con anticipación.
El caso del famoso "bombero de Chernobyl" me hizo pensar en nuestra diplomacia de carrera y en los funcionarios profesionales en Medio Oriente. Chile tiene relaciones diplomáticas y de amistad con todos los países del Golfo Pérsico. Sabemos de la existencia de las embajadas de Chile en Emiratos Árabes Unidos, Líbano, Irán e Israel, es decir, en países que han sido mayormente afectados por las acciones bélicas. A la fecha el número más alto de fallecidos se encuentra en Irán y Líbano, siendo este último objetivo de una campaña terrestre que impacta seriamente a su capital, Beirut.
Todas las embajadas y sus consulados nacionales en el Golfo Pérsico se encuentran abiertas y nunca han suspendido sus funciones. Diplomáticos y funcionarios han permanecido en sus puestos cumpliendo lo que algunos llaman burocráticamente "obligaciones". La realidad diaria que están viviendo estos servidores públicos son desconocidas para la mayoría de los compatriotas, quizás debiendo enfrentan situaciones para los cuales no necesariamente se les ha preparado, pero que sin embargo han sabido llevar adelante debido a su vocación y sentido del deber. Lo han hecho con anonimato y sin mayor ni especial reconocimiento por su tarea.
Mientras en Santiago las informaciones de prensa elucubran designaciones en cargos oficiales en el exterior: ante organizaciones internacionales, capitales europeas y americanas, diplomáticos y funcionarios destinados en el Golfo Pérsico continúan haciendo su labor con la misma dedicación de siempre, sin pánico ni estridencia. Hoy como antes, es probable que, salvo una embajada, no habrá ningún nombramiento político en esta, quizás la región más conflictuada del mundo.
No cabe duda que una de las ausencias más visibles en la administración de nuestra diplomacia profesional es su desapego al mérito y su cercanía a esos chilenismos llamados amiguismos, pitutos y chaqueteo. Hoy funcionarios de carrera están representando a Chile en condiciones tan difíciles como la guerra que tiene lugar en el Golfo Pérsico, donde todos los días hay bombas, drones y se prueban armas cada vez armas más sofisticadas que pocos conocen. No faltará quien diga que está bien, que cumplen en sus obligaciones funcionarias correctamente. En mi opinión metafóricamente son los herederos de la Brigada de Bomberos N° 6 de Chernobyl. Vaya mi reconocimiento a dicho colectivo de compatriotas y sus familias.
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