En un momento en que la educación suele medirse por indicadores, resultados estandarizados y aprendizajes cuantificables, resulta significativo que un grupo de músicos, académicos, autoridades y docentes hayan decidido abrir un espacio para discutir aquello que difícilmente cabe en una prueba: el valor de la música como parte esencial de la formación de las personas. Esa es la apuesta de la Mesa de la Música, instancia inaugurada en el Salón de Honor del Instituto de Chile, bajo el impulso conjunto del Ministerio de Educación y la Sociedad Bach de Chile.
La jornada reunió a figuras provenientes de diversos ámbitos. La subsecretaria de Educación Superior, Fernanda Valdés, encabezó el acto inaugural, acompañada por la directora del CPEIP, María luz Orellana; el director del Instituto de Música de la Pontificia Universidad Católica, Alejandro Vera; el director de la Escuela de Música de la Universidad de Valparaíso, Pablo Palacios Torres; la vicepresidenta de la Sociedad Bach de Chile, Carmen Luisa Letelier, además de representantes del PNUD, del Congreso Nacional y de organizaciones culturales. La composición de la mesa refleja la intención de que el debate exceda a los márgenes estrictamente musicales para convertirse en una conversación sobre educación, patrimonio y desarrollo.
Más que levantar diagnósticos aislados, la Mesa de la Música nace con la intención de construir acuerdos. Su principal novedad radica en esa articulación entre el Estado, la academia y la sociedad civil, una fórmula poco habitual en las políticas vinculadas a la enseñanza artística. La idea es transformar el intercambio de experiencias en propuestas concretas, que puedan proyectarse más allá de un período gubernamental.
La iniciativa recoge una preocupación que se ha instalado desde hace años entre educadores y músicos: la progresiva pérdida de espacio de la educación musical dentro del currículo escolar. La reducción de horas, la fragmentación de programas y la escasa articulación entre las instituciones vinculadas a la formación artística forman parte de un escenario que según los impulsores de esta propuesta hace necesario repensar el modelo completo de enseñanza musical.
No es casual que el encuentro haya incluido presentaciones de la pianista Edith Fischer, del coro del Colegio María Luisa Villalón; de la Orquesta Escuela Pedro Aguirre Cerda y de la pianista Carolina Santibáñez. La música no apareció únicamente como objeto de discusión académica, sino como una manifestación viva de aquello que precisamente se busca fortalecer: la práctica artística desde la infancia, la educación y el trabajo colectivo.
Resulta inevitable pensar en la tradición musical chilena y en figuras como Domingo Santa Cruz Wilson, cuya influencia marcó buena parte de la institucionalidad cultural del siglo XX. Sin pretender reproducir ese modelo histórico, la Mesa de la Música parece recoger parte de ese espíritu fundacional: la convicción de que la educación artística necesita planificación, continuidad y voluntad pública para proyectarse en el tiempo.
Queda por verse si las propuestas que se comienzan a discutir logran traducirse en cambios efectivos. Sin embargo, en un escenario donde las artes suelen quedar relegadas frente a otras prioridades, la sola existencia de esta mesa constituye una señal relevante, porque antes de hablar de reformas, presupuestos o currículos. Hay una pregunta que vuelve a instalarse con fuerza: ¿Qué lugar queremos que ocupe la música en la formación de las futuras generaciones?
Esta columna tiene aspectos tomados del ensayo "La reforma educativa musical (2026)" de Yvaín Eltit, presidente de la Sociedad Bach de Chile.