La cueca de las apuestas online

Llegó septiembre. Chile vuelve a bailar cueca. Y con las apuestas online, en cambio, llevamos años haciendo el ocho. Giros. Vueltas. Más vueltas. Los tribunales ordenan bloquear plataformas consideradas ilegales. El SII les cobra impuestos. El Congreso discute cómo regularlas. Las empresas estatales de apuestas -Polla, Lotería- se querellan. Y mientras el Estado gira y gira, los chilenos siguen apostando. Lindo pie de cueca. El problema es que este ocho parece infinito.

Para quienes creemos en la libertad, la discusión no debería ser moral. Un adulto puede decidir apostar, del mismo modo que puede tomar muchas otras decisiones que implican riesgos. La tarea del Estado no es decidir por él, sino establecer reglas y hacerlas cumplir.

Eso supone también hacerse cargo de los problemas reales. El acceso de menores, el juego problemático, la protección de los consumidores, la publicidad o la identidad de quienes apuestan requieren controles efectivos. Pero creer que esos problemas se resuelven declarando ilegal una actividad que ocurre a través de internet es otra cosa.

Las apuestas online existen. Tienen usuarios, mueven recursos y forman parte de un mercado digital que cruza fronteras con bastante más facilidad que nuestras leyes. Se bloquea un sitio y aparece otro. Escribir PROHIBIDO en una hoja y esperar que internet se sienta aludido puede ser tranquilizador. Como política pública, parece bastante menos efectivo.

Y aquí la cueca se pone más difícil de seguir: una actividad considerada ilegal es objeto de órdenes judiciales de bloqueo. Al mismo tiempo, el Estado comienza a cobrar impuestos a operadores que participan de ella. Y el Congreso lleva años discutiendo la legislación que debería establecer finalmente quién puede operar, bajo qué condiciones y con qué obligaciones. Kafka, al menos, tenía la cortesía de escribir novelas.

Que una plataforma pague impuestos no significa que sea legal. Son planos distintos. Pero para cualquier ciudadano resulta difícil entender que el mismo Estado intente impedir una actividad, le cobre impuestos y simultáneamente discuta cómo regularla.

El problema no se resuelve escogiendo simplemente una de esas tres cosas. Se resuelve con una política coherente. Regular no significa promover las apuestas. Significa reconocer que existen y que, además, tienen wi-fi.

Una regulación seria debe establecer quién puede operar, exigir controles efectivos de identidad y edad, proteger especialmente a los menores y jugadores vulnerables, fijar reglas claras de publicidad, establecer obligaciones tributarias y contar con herramientas para fiscalizar y sancionar a quienes decidan permanecer fuera del sistema. Pero también tiene que funcionar.

Podemos aprobar una ley llena de restricciones y sentir que hicimos un gran trabajo. Pero si las condiciones terminan haciendo inviable el mercado regulado, buena parte de la actividad seguirá ocurriendo fuera de él. Tendremos reglas muy exigentes para quienes acepten someterse a ellas y un problema bastante parecido al actual con quienes no lo hagan.

Ese debería ser uno de los criterios centrales para evaluar la futura ley: no cuántas prohibiciones contiene, sino cuánto de este mercado consigue llevar hacia un espacio regulado, fiscalizable y más seguro para los usuarios.

Chile lleva años discutiendo qué hacer con las apuestas online. Mientras tanto, la tecnología avanzó, los usuarios siguieron apostando y el Estado fue agregando movimientos: prohibición, tribunales, bloqueos, impuestos, proyectos de ley.

Una vuelta. Otra vuelta. Y nuevamente el ocho. Quizás estas Fiestas Patrias sean un buen momento para terminar la cueca. No porque las apuestas online sean inocuas ni porque sus operadores deban quedar libres de controles. Precisamente por lo contrario: porque una actividad que existe y presenta riesgos necesita reglas claras, exigentes y posibles de cumplir. En la cueca, el ocho termina. En la regulación de las apuestas online, ya es hora de que también.