El mosquito que aprendió a vivir con nosotros

En 1912, Tocopilla enfrentó una epidemia de fiebre amarilla que dejó 1.101 casos y 394 fallecidos (Laval, 2003). La enfermedad llegó por mar a uno de los principales puertos salitreros del país y alteró profundamente la vida económica y social de la ciudad. Más de un siglo después, el episodio es difícil de imaginar. Asociamos enfermedades como el dengue, la fiebre amarilla o la malaria con otros países, otros climas y otras realidades. Sin embargo, forman parte de la historia sanitaria de Chile. La malaria fue endémica en el norte del país hasta mediados del siglo XX, y existen descripciones clínicas compatibles con epidemias de dengue en Iquique y otras ciudades del norte a fines del siglo XIX (Laval, 2001).

En esta historia emerge un protagonista familiar para América Latina: Aedes aegypti, transmisor del dengue, la fiebre amarilla, zika y chikungunya. Tras décadas de presencia en el norte del país, desde Arica hasta Caldera, el mosquito fue erradicado en la década de 1950 y permaneció ausente por más de 60 años (González et al., 2016). Pero volvió. Reapareció en Isla de Pascua en 2000, fue detectado en Arica en 2016 y, posteriormente, en las regiones de Antofagasta, Valparaíso y, recientemente, en una bodega del aeropuerto Pudahuel.

Las Américas registraron en 2024 la mayor epidemia de dengue de su historia, con más de 12,6 millones de casos reportados. El contexto también cambió: ciudades más extensas, movilidad humana sin precedentes y condiciones ambientales favorables a la expansión de mosquitos vectores.

Aedes aegypti llegó a América desde África hace siglos a través de rutas marítimas transatlánticas y se estableció en estrecha relación con los asentamientos humanos. Se reproduce en pequeños recipientes con agua limpia acumulada, desde neumáticos y maceteros hasta estanques domésticos. Sus huevos pueden resistir meses en condiciones secas y activarse cuando reaparece el agua. La posibilidad de transmisión local de dengue y otros virus depende de que el mosquito logre establecerse. Eso se define en nuestras viviendas, patios, sitios eriazos, sistemas de agua, rutas comerciales y en la rapidez con que detectamos y respondemos a nuevas amenazas.

Pocas especies han logrado adaptarse tan bien a nuestra forma de vivir, construir y movernos. Viaja por las mismas redes que sostienen nuestra economía y encuentra refugio en nuestros barrios urbanos. Quizás por eso la historia de Aedes aegypti resulta fascinante. Su mayor ventaja ha sido convertir nuestro mundo en su hábitat.