La universidad después de la universidad

Quizás esta columna esté un poco adelantada en el tiempo. Especular sobre un futuro incierto provoca miedo a equivocarse en los vaticinios, pero ello no debe inhibirnos de soñar y proyectar una nueva utopía que nos sirva de horizonte.

Hay mucho ruido que confunde, una gran nube donde el conocimiento está en pleno desarrollo y se mueve aceleradamente. ¿A dónde nos llevará todo esto? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que inevitablemente vendrán cambios y que, en el ojo de ese huracán, están las universidades.

Durante siglos construimos instituciones alrededor de una circunstancia bastante sencilla: el acceso al conocimiento era escaso, difícil de obtener y requería de instituciones capaces de conservarlo, transmitirlo y legitimarlo. Había que viajar hasta él, entrar a una biblioteca, escuchar a quien había leído los libros que nosotros no poseíamos, aprender de un maestro que sabía aquello que nosotros ignorábamos. La universidad era, entre otras muchas cosas, el lugar donde estaba el conocimiento. Esa condición comienza a desdibujarse.

Hoy llevamos en el bolsillo una cantidad de información que habría resultado inimaginable para cualquier sabio de hace apenas algunas décadas. La inteligencia artificial ha agregado algo todavía más perturbador: ya no solamente podemos acceder a esa información, sino también interrogarla, ordenarla, relacionarla y pedirle que adopte la forma de una explicación comprensible. Naturalmente, esto no significa que hayamos democratizado el conocimiento por completo, y mucho menos la sabiduría. Tener respuestas disponibles no equivale a comprenderlas. Pero significa que hemos comenzado a separar dos cosas que durante mucho tiempo estuvieron unidas: el acceso al conocimiento y la institución que tradicionalmente lo administraba.

Aún no dimensionamos las consecuencias de esa separación. Nuestras universidades continúan organizándose, en buena medida, según una arquitectura intelectual heredada de la era industrial: facultades, departamentos, carreras, asignaturas, horarios, créditos, prerrequisitos, evaluaciones, certificados. Dividimos el conocimiento, distribuimos a quienes lo enseñan y hacemos avanzar a los estudiantes por una cadena cuidadosamente ordenada hasta entregarles, finalmente, un documento que acredita que han recorrido satisfactoriamente el trayecto.

Una fábrica de conocimientos o, más bien, una reproductora del conocimiento. Incluso nuestro lenguaje nos delata. Hablamos de "formar" profesionales, como si una persona fuese una materia prima sobre la cual la institución debiera imprimir una forma determinada.

Todo esto nace como parte de condiciones históricas que comienzan a desaparecer con la emergencia de las tecnologías digitales.

Cada vez será menos razonable utilizar a un profesor universitario para repetir información que una máquina puede entregar instantáneamente, adaptada además al nivel de conocimiento, la velocidad de aprendizaje y los intereses de quien pregunta. También parece poco sensato imaginar que enormes estructuras administrativas continuarán realizando indefinidamente tareas burocráticas susceptibles de automatización. Una parte considerable de aquello que hoy ocupa nuestras jornadas universitarias probablemente desaparecerá o, al menos, se volverá invisible.

Y entonces tendremos que enfrentar una pregunta incómoda: cuando la universidad deje de ser necesaria para transmitir información, ¿para qué necesitaremos una universidad?

Mi impresión es que entonces reaparecerá una función mucho más antigua que nuestras modernas burocracias académicas: el tutelaje. El profesor quizá enseñará menos y acompañará más. Su importancia no estará principalmente en poseer información inaccesible para el estudiante, sino en ayudarle a distinguir una buena pregunta de una mala, una evidencia de una apariencia de evidencia, una asociación de una causalidad, una idea novedosa de una tontería elegantemente formulada. En un mundo inundado de respuestas, probablemente el verdadero privilegio intelectual será saber formular preguntas.

Por eso recomendaría a las nuevas generaciones algo aparentemente modesto: aprendan a conversar. Y aprendan también a conversar con las máquinas.

No para obedecerlas ni para competir contra ellas. Ambas posibilidades me parecen igualmente pobres. El futuro probablemente será híbrido: seres humanos y sistemas digitales formando comunidades de conocimiento en las cuales las capacidades de unos y otros se complementarán. La inteligencia artificial podrá almacenar, recuperar, comparar y relacionar cantidades gigantescas de información; nosotros tendremos que decidir qué vale la pena preguntar, para qué queremos saberlo y qué haremos con aquellos conocimientos.

Llevamos mucho tiempo imaginando la ciencia como un conjunto de territorios. Cada disciplina protege el suyo, desarrolla su lenguaje, crea sus revistas, congresos, jerarquías y sistemas de reconocimiento. La especialización permitió alcanzar una profundidad extraordinaria, pero tuvo un costo: aprendimos cada vez más sobre territorios cada vez más pequeños y fuimos perdiendo la conversación con quienes habitaban al otro lado de nuestras fronteras disciplinarias.

Los antiguos ideales de universalidad del conocimiento fueron retrocediendo frente a la especialización. Paradójicamente, las máquinas sí pueden recorrer esas fronteras con extraordinaria facilidad.

Un investigador puede hoy acercarse a un territorio que desconoce, comprender rápidamente su vocabulario elemental, explorar sus principales problemas y comenzar a conversar con especialistas que antes habitaban intelectualmente a kilómetros de distancia. La inteligencia artificial no nos convertirá en nuevos Leonardo, por supuesto. Pero quizá reduzca los costos de atravesar esas barreras disciplinares y nos devuelva algo que habíamos ido perdiendo: la posibilidad de volver a conversar entre conocimientos que habíamos separado.

Ya vemos indicios. Las universidades han dejado de ser los únicos espacios capaces de organizar investigación compleja. Centros independientes, fundaciones, empresas, consorcios internacionales y grupos organizados alrededor de problemas concretos construyen hoy conocimiento mediante redes que frecuentemente desbordan las fronteras institucionales y disciplinares. No siempre se reúnen porque pertenezcan a una misma disciplina, sino porque comparten una pregunta.

Y allí aparece una palabra que me parece mucho más interesante que "institución": comunidad. La diferencia no es solamente semántica.

Una institución se organiza fundamentalmente alrededor de una estructura; una comunidad, alrededor de una relación. La institución necesita fronteras, jerarquías, procedimientos y mecanismos de pertenencia. La comunidad necesita un propósito compartido. Naturalmente, ninguna comunidad humana puede prescindir completamente de reglas ni de instituciones, pero cambia radicalmente cuál de ellas ocupa el centro.

Imagino, por eso, que la universidad del futuro podría parecerse menos a una fábrica de profesionales y mucho más a una federación de comunidades de aprendizaje e investigación: personas que se reúnen alrededor de preguntas, problemas y proyectos, asistidas intensamente por tecnologías capaces de proporcionar el conocimiento instrumental necesario para abordarlos.

La institucionalidad probablemente no desaparecerá. Algunas de sus funciones son demasiado importantes para ello. Alguien deberá certificar que quien pretende operar un cerebro efectivamente sabe hacerlo, y espero sinceramente que esa responsabilidad no quede entregada a un tutorial de internet. Pero es perfectamente posible que las instituciones vayan concentrándose progresivamente en garantizar estándares, certificar competencias, preservar ciertos bienes públicos y proporcionar espacios para el encuentro, mientras pierden el monopolio sobre la formación misma. Eso plantea un desafío considerable para nuestras universidades.

Los actuales procesos de acreditación buscan, razonablemente, coherencia institucional: que exista correspondencia entre misión, planificación, docencia, investigación, gestión y resultados. Sin embargo, existe el riesgo de confundir coherencia con homogeneidad y terminar construyendo instituciones extraordinariamente eficientes para reproducirse a sí mismas. Podemos tener indicadores impecables, procedimientos perfectamente documentados y planes estratégicos admirablemente alineados, mientras el conocimiento verdadero comienza a circular por otros lugares.

Porque el conocimiento tiene una desagradable costumbre: no respeta demasiado los organigramas.

Pero toda utopía conlleva el riesgo de una distopía. Democratizar el acceso no significa necesariamente democratizar el poder. Existe incluso la paradoja de que, mientras el conocimiento parece liberarse de las instituciones tradicionales, las herramientas que permiten acceder a él se concentran en unas pocas plataformas tecnológicas. Podríamos debilitar la autoridad de la universidad para terminar dependiendo de una autoridad mucho menos visible.

No sería un avance sustituir las antiguas jerarquías académicas por nuevas jerarquías digitales, ni abandonar instituciones que, con todas sus imperfecciones, han construido espacios de autonomía intelectual, para entregar la organización del conocimiento a sistemas cuyos propósitos y formas de funcionamiento no siempre conocemos ni controlamos. La tecnología puede abrir las puertas del conocimiento, pero no determina quién controla aquello que encontramos al atravesarlas.

Quizá allí aparezca una nueva responsabilidad para la universidad. No necesariamente conservar el monopolio del conocimiento, que probablemente ya ha comenzado a perder, sino preservar las condiciones para que ese conocimiento pueda ser discutido, cuestionado, contrastado y construido colectivamente. Una universidad menos preocupada de administrar el saber y más ocupada en crear los espacios donde diferentes saberes puedan encontrarse.

Quizá, entonces, deberíamos comenzar a preguntarnos no solamente cómo mejorar la universidad que tenemos, sino qué universidad tendría sentido construir para un mundo en el cual el acceso al saber será ubicuo, las máquinas realizarán una parte creciente del trabajo intelectual rutinario y las fronteras entre disciplinas serán cada vez más porosas.

No tengo una respuesta definitiva. Probablemente nadie la tenga. Pero sí tengo una sospecha.

La universidad que sobreviva no será necesariamente aquella que acumule más edificios, funcionarios, carreras o reglamentos. Será aquella capaz de preservar algo que ninguna inteligencia artificial puede construir por sí sola: una comunidad humana reunida alrededor del deseo de comprender.

Y tal vez allí se esconda una última paradoja. Después de tantos algoritmos, plataformas y tecnologías extraordinariamente nuevas, la universidad del futuro podría terminar recuperando algo muy antiguo: la idea de universitas, una comunidad de maestros y estudiantes reunidos alrededor del conocimiento.

Quizás la universidad después de la universidad no sea, finalmente, una institución completamente nueva, sino el regreso, bajo otras formas, a algo esencial que habíamos olvidado.