Noventa comunas donde se juega el verano

Chile tiene 345 comunas y en casi todas puede ocurrir un incendio forestal. Pero no todas enfrentan el mismo riesgo, y actuar como si lo hicieran es la manera más segura de llegar tarde a todas partes. Por eso, en la reciente sesión del Comité Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, junto a Senapred, ministros y más de 30 instituciones, informamos que esta temporada las medidas preventivas se concentrarán en noventa comunas prioritarias.

Esa lista no es una impresión ni el resultado de una negociación. Surge de un índice que ordena a todas las comunas del país según criterios objetivos: la ocurrencia histórica de incendios, el daño acumulado, la superficie expuesta y, sobre todo, cuánta población, vivienda e infraestructura crítica se ubica en la interfaz urbano-forestal, ese borde cada vez más habitado donde las casas se mezclan con la vegetación, y donde han ocurrido las tragedias que todos recordamos. Priorizar así equivale a trazar el mapa antes de que aparezca el humo.

Y esa lista trae una lección geográfica que conviene mirar de frente. Están, por cierto, las comunas que uno esperaría: Valparaíso, Viña del Mar, Quilpué, Chillán, Los Ángeles, Temuco, Angol. Pero también 13 comunas de la Región Metropolitana, entre ellas Lo Barnechea, Pudahuel, Colina, San José de Maipo y Melipilla; ciudades del sur como Valdivia, Puerto Varas y Castro; y, en el extremo austral, Punta Arenas y Puerto Natales, puerta de entrada a Torres del Paine. La lista parte en Putre y termina en Porvenir. El riesgo dejó de ser un asunto exclusivo de la macrozona centrosur.

Ser comuna prioritaria significa algo concreto. Significa contar con un Plan Comunal de Prevención y Mitigación, elaborado junto al municipio, que identifica los sectores críticos, define dónde reducir el combustible vegetal, establece rutas de evacuación y precisa quién hace qué cuando llega la emergencia. La gran mayoría de esas comunas ya tiene su plan actualizado a 2026; en las restantes, el trabajo está en curso.

La razón por la que esto debe ser comunal, y no solamente nacional, es simple: el 96,5% de los incendios en Chile se origina por acción humana. No nacen de un rayo en un cerro remoto, sino de una fogata mal apagada, una quema sin autorización, una colilla, la chispa de una máquina. Es decir, nacen donde la gente vive, transita y trabaja. Y lo que ocurre en un camino rural, un sitio eriazo o el borde de una quebrada solo puede verse, conocerse y corregirse desde ahí.

Saber dónde es la mitad del trabajo. Permite concentrar brigadas y equipamiento donde la probabilidad y el daño potencial son mayores, anticipar la limpieza de vegetación en esos bordes donde la ciudad se encuentra con el monte, y llegar con educación y organización comunitaria antes de que el termómetro vuelva a superar los cuarenta grados, como probablemente ocurrirá este verano.

Quiero ser clara, eso sí, en dos puntos. El primero: estar fuera de la lista no significa estar a salvo. Significa que el riesgo es menor, no que sea inexistente. El segundo: un plan no es una garantía, es un punto de partida. Para que funcione se necesita que los municipios lo ejecuten, que los vecinos lo conozcan, que las empresas cumplan su parte en sus predios y que cada familia despeje el entorno de su vivienda antes de diciembre.

El verano no se enfrenta en enero. Se enfrenta ahora, con nombres de comunas y tareas asignadas. Noventa veces.