Lo que nos recuerda Dilma

La noticia de la caída de la Presidenta Dilma Russeff no sólo remueve las estructuras políticas y financieras del Brasil; su sucesor, el gobierno liderado por Michel Temer ha empezado dado señales culturalmente preocupantes, formando un equipo ministerial en el que no hay afroamericanos, no hay mujeres y ha integrado el ministerio de Cultura, al ministerio de Educación. Ello amenaza -a lo menos- a la importante Ley Rouanet de subvenciones públicas a las artes.

Los 13 años y cuatro meses de gobiernos PT de Lula da Silva y Dilma, legaron al país, por primera vez en su historia, una política de Estado para la cultura.

Según el Instituto Lula, "el presupuesto creció de R$ 276,4 millones en 2002 a R$ 3,27 mil millones en 2014. Tres Conferencias Nacionales de Cultura aseguraron voz activa a la sociedad civil. Más de 4 mil puntos de cultura brotaron por todo el país, fomentando la expresión cultural de las comunidades. Más y mejores bibliotecas públicas fueron sembradas por todos los rincones de Brasil. Reconociendo la magnitud y la complejidad cultural del país, se tomaron nuevas directrices. La democratización del acceso a bienes, equipamientos, productos y servicios culturales, la descentralización, la regionalización y la interiorización de políticas, además del reconocimiento de la cultura como parte relevante de la economía brasileña fueron algunos de los ejes que pasaron a orientar las acciones del poder público".

Una obra contundente, que por decir poco, se minusvalora con el simbólico traslado del ministerio de Cultura, ocupado recientemente por destacados intelectuales y artistas como Francisco Weffort (1995-2002); Gilberto Gil (2003-2008); Juca Ferreira (2008-2010); Anna María Buarque de Hollanda (2011-2012); Marta Suplicy (2012-2014), y nuevamente Juca Ferreira hasta la caída de Dilma. El Ministerio fue creado en 1985 por José Sarney y había sido eliminado entre 1990 y 1992 por el Presidente derechista Fernando Collor de Mello.

Por tanto, no es una práctica nueva. Ni en Brasil ni en otras latitudes. En España, por ejemplo, los gobiernos de derecha suelen fusionar al de cultura con otros ministerios. Hoy, bajo el mandato del Partido Popular, existe el de Educación, Cultura y Deportes. Tal como ocurrió en las legislaturas  1996-2004 con el mismo partido en el gobierno.

Es que la cultura es ocupada para dar señales de austeridad (como si fuese una cartera de gran gasto, que no lo es), de autoridad (como si vincularla a educación por decreto fuese eficiente), de racionalidad administrativa (como si eliminar un ministro redujese las burocracias).

Lo cierto es que la señal es mala porque lo que la cultura requiere son políticas estables, creación de hábitos, formación de audiencias. A lo que no ayuda esta incerteza de si tendremos o no Ministerio en el próximo gobierno.

Una fórmula estable encontramos en el Reino Unido donde la secretaría de Estado para la Cultura, Medios de Comunicación y Deporte se ha conservado sin cambios desde su creación en 1992. Incluso, se le han agregado responsabilidades puntuales como cuando, entre 2010 y 2012 se le agregó el título de Secretario de Estado para la Cultura, Olimpiadas, Medios de Comunicación y Deporte.

Tal placidez se logra debido a la existencia de los Consejos de las Artes que son quienes asignan, transversalmente y renovándose en tiempos distintos que los gobiernos, los recursos entregados por el Estado a través de la Secretaría mencionada.

Interesante recordar esto cuando enfrentamos en Chile, la discusión parlamentaria de un futuro ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Por más que ello sea visto por algunos como un avance respecto de nuestros existentes consejos nacional, sectoriales y regionales, la realidad es a la inversa.

Son precisamente aquellos consejos creados por la Ley 19.891 del 23  de agosto de 2003 quienes dan permanencia y estabilidad a nuestras políticas culturales. Por tanto es a ellos a quienes debemos cuidar en lugar de poner el énfasis en una subsecretaría más o menos.

Finalmente, ministros y subsecretarios van a depender de la voluntad Presidencial, como todos los cargos de esa naturaleza.

Nuestra identidad, peculiaridad y estabilidad cultural está en otra parte.

Eso nos recuerda quien ha sucedido a Dilma.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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