La arquitectura del abuso, cuando el poder devora a nuestras infancias

El caso de Jeffrey Epstein no es una anomalía del sistema; es su espejo más fiel. Es la confirmación de que, mientras el mundo fingía mirar hacia otro lado, una red de impunidad tejida con hilos de oro operaba a plena luz del día. Lo que hoy nos asfixia no es solo la existencia de esa isla convertida en un matadero de inocencias, sino la constatación de que la arquitectura del abuso es un diseño global. Con miles de páginas de evidencias liberadas y testimonios que queman la piel, asistimos hoy a un fenómeno tan macabro como el crimen mismo: el cerco sanitario de los medios de comunicación y el pacto de silencio de las élites. Este silencio de las grandes cadenas sobre los nombres de los poderosos involucrados no es pudor; es una operación de limpieza que valida y naturaliza la noción de que el cuerpo de un niño o niña es una mercancía de libre mercado para quienes se creen dueños del mundo. Mantiene el pacto patriarcal del silencio en su máxima expresión, logrando que el espectador termine aceptando que la pedofilia es un privilegio permitido para la casta del dinero.

Esta falta de justicia, cuando se vuelve paisaje, se convierte en permiso. Los datos de Unicef a inicios de este 2026 son una bofetada: más de 370 millones de niñas y mujeres han sufrido violencia sexual antes de los 18 años. Chile no es ajeno. Esta cifra se encarna en la memoria de los cuerpos que el Estado abandonó. Resuena con un eco familiar: desde el caso Spiniak, donde se blindó a los "honorables" mientras se trituraba la dignidad de los menores, los búnkeres de Colonia Dignidad, hasta los abusos sistémicos en instituciones religiosas que usaron el secreto corporativo para proteger depredadores.

Esta crisis ha dejado de ser una sospecha para convertirse en una emergencia de seguridad pública. Según datos consolidados del Ministerio Público a inicio de 2026, Chile enfrenta una cifra récord de denuncias por delitos sexuales donde el 70% de las víctimas son niños, niñas y adolescentes. La estadística reporta, en promedio 58 agresiones sexuales diarias; una cada 25 minutos. Más grave aún, es la evidencia de un mercado activo de consumo de material de explotación sexual infantil que incluye registros de violencia infantil forzada y coacción extrema. No es un fenómeno externo. Ocurre en nuestro país, alimentado por la demanda de quienes se creen protegidos por el anonimato o por el estatus.

No es un error del sistema; es el resultado de un abandono planificado que ya vimos en los búnkeres de Colonia Dignidad y en las residencias del Sename -donde el 100% de los centros presentaba vulneraciones según la PDI-, la impunidad no es solo un tema judicial, es un mensaje de desprotección hacia todos nuestros hijos e hijas, cuyo sistema se devora principalmente a las infancias de la clase trabajadora perpetuando el dominio de género y clase.

Ante este escenario, la exigencia a la Corte Suprema y al Estado es simple: que rompa los pactos de silencio. Ya no bastan los fallos de redacción impecable que llegan cuando las víctimas han muerto o han sido quebrantadas por el tiempo. Una justicia que archiva el 75% de las causas por delitos sexuales contra menores no es justicia; es una prótesis del abuso. La máxima instancia judicial debe dejar de ser la guardiana de los secretos de los poderosos. Debemos exigir transparencia total: donde hay secreto, hay complicidad.

Por ello, ante la fragilidad de la protección Estatal, surge como la última trinchera: la familia y la escuela. El cuidado de las infancias hoy exige un acto de resistencia digital absoluta. Las redes sociales se han transformado en el catálogo gratuito para los depredadores de la nueva era. No nos dejemos engañar por el cinismo de magnates como Elon Musk; ellos son los carceleros de esta nueva arquitectura, dueños de los algoritmos que permiten que el horror circule, lucre y se multiplique.

Cada foto de tus hijos e hijas es materia prima para servidores donde su intimidad puede ser capturada y sexualizada mediante IA en segundos. No es paranoia. El aumento del 73% en la tasa de víctimas de explotación sexual infantil reportado por la Defensoría de la Niñez está directamente vinculado a la huella digital de los menores. Países como Francia ya legislan contra la sobreexposición infantil (sharenting), entendiendo que la intimidad de un niño o niña no es moneda de cambio para los algoritmos de Silicon Valley.

Por lo anterior hago un llamado a la vigilancia radical. La protección de las infancias empieza por apagar la cámara y encender la presencia. No entreguemos la intimidad de nuestros hogares a los depredadores que no tienen ética ni fronteras. Si el Estado nos desprotege, nos queda la mirada de la tribu. Nos cuidamos entre nosotros. Denuncia sin miedo al 147 (Carabineros), al 134 (PDI) o al *4242 (Denuncia Seguro).No permitas que el brillo de un "like" o el peso del oro nos arrebate lo más sagrado.

Protejamos ahora a nuestras infancias con la furia de quien sabe que no habrá otra oportunidad. Por favor, deja de mirar las pantallas y mira a tu entorno. Mira a ese niño, a esa niña, que tienes al lado, y cuídalos. Mañana será irremediablemente, demasiado tarde.

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