Nuestra conexión irlandesa

Desde la conquista hasta fines del período colonial, Santiago del Nuevo Extremo registra una serie de más de cincuenta gobernadores. Entre ellos, destaca Ambrosio O’Higgins por su prodigiosa ascensión desde simple ingeniero cuarentón al servicio de España hasta la codiciada dignidad de virrey del Perú, cuando bordeaba los ochenta.

La ignorancia acerca de sus primeros treinta años prohijó una diversidad de rumores: desvalido plebeyo, señor de regio abolengo o huésped de las cárceles de la Inquisición limeña. Una monja aseguraba que lo vio recorriendo caminos peruanos como buhonero y apodado El Inglés.

Estas fábulas le otorgaron una perseverante aureola novelesca. Aunque dicho por él mismo: nació en Ballenary, Irlanda, en 1720, hijo de Carlos y Margarita Higgins, y residió algunos años en Cádiz; la antigua Iberia concedía a los católicos irlandeses la posibilidad de empleos, civiles o militares. Anuencia que interpretaba más o menos así.

“Tengo la convicción de que aquí somos mirados con desprecio y desconfianza, pero no vacilan en aprovecharse de nuestras capacidades civiles y militares cuando las necesitan.”

Luego de una estadía en Buenos Aires vino a Chile: “reconozco que la rueda de la fortuna empezó a rodar en mi favor cuando llegué por primera vez a estas tierras, después de casi morir de frío y hambre en la cordillera”.

Abrió una tienda en Santiago, y es posible que hiciera un viaje a Lima: base para la leyenda del buhonero. Volvió a España solicitando cartas de naturalización y un empleo favorable a sus futuras actividades comerciales. Y gracias al nombramiento de subteniente de ingenieros militares pudo, su coterráneo Juan Garland, contratarlo de delineador.

Garland, hombre comparable al ilustre Toesca, es designado Gobernador de Valdivia y junto con O’Higgins diseñan los planos del sistema de fuertes de la ciudad. “Si quiere hacer carrera con los españoles busque primero la experiencia militar”, le aconsejaba afablemente. Así, algunos abriles más tarde, por su desempeño frente a una sublevación general indígena, lo nombran comandante de la caballería de la frontera.

Sobre los mapuches, contrariamente a cierto “científico” Premio Nacional de Historia que los encasilla por “defectos ancestrales” como “guerreros relajadamente entregados al alcohol”, o sea, borrachines buenos para nada, don Ambrosio estaba convencido de que la presencia aborigen era indispensable para hacer una nación segura y próspera.

Flexible en el trato con ellos, acogió sus iniciativas amistosas; respetó sementeras y ganados, ayudándolos a incrementar sus haciendas y consciente de su inteligencia y sagacidad naturales se esmeró por ser un aliado leal y generoso. Y éstos, bautizándolo cariñosamente Camarón, por su rostro rubicundo, lo reconocerían gran cacique blanco en los confines.

Pronto, sus méritos lo llevarían a la Intendencia de Concepción.

Impulsado por la doble soledad del poder y la extranjería, quiso formar una familia, pero la solución no era sencilla: amancebarse con india o mestiza le cortaría la carrera.

El matrimonio requería autorización real, impensable para un foráneo viejo y tardío militar; convivir discretamente con una viuda respetable, esperanzado en la dispensa imperial cuando naciera el primer hijo, parecía el única camino, pues la sociedad penquista le ofrecía escasas ocasiones para cortejar señoritas casaderas.

Asimismo, debía ascender en los ejércitos reales, y adquirir certificación de nobleza, por insignificante que fuera. Eso explica que pasara de Higgins a O’Higgins y luego a marqués de Vallenar o barón de Ballenary.

Y si por algún secreto designio desaprovechó la oportunidad con Isabel Riquelme, Venus y su ayudante Eros no lo abandonarían, según se verá.

Antes de volver a Europa, Garland lo instituye heredero universal de sus bienes en el país, sin olvidar a una querida dama valdiviana y sus infantas. Entonces, obligado por la voluntad de su amigo, se preocupó también de tramitar los donativos para doña Aurelia Eslava.

Durante el proceso, falleció aquélla quedando las jóvenes en precaria situación. O’Higgins carente de un ama de casa, ofreció esa posibilidad a Carmen. La moza le responde que no abandonaría a su hermana Jacinta; tampoco quería arriesgarse a la maledicencia viviendo sola con un hombre soltero.

El prudente irlandés conversó con el Obispo. Y como éste nada objetara, “peligrosamente cerca” de ambas mariposas quedaría el míster, quien pronto y efusivamente forzó el destino.

Primero fue seducida la mayor; luego, la menor. Y con naturalidad los tres aceptaron la nueva realidad, resultando increíble que el singular ménage à trois fuese un misterio para todos.

Nombrado Gobernador de Chile, abolió las encomiendas y eliminó el trabajo obligatorio de los indios, atrayéndose las furias de terratenientes y potentados. Lo mismo ocurriría a su hijo al cancelar los títulos de nobleza.

Un fracaso resultó su plan de producir azúcar, algodón y otras especies tropicales en las cercanías de la capital, o pimienta y clavo de olor en el archipiélago de Juan Fernández. Más éxito tuvo reconstruyendo los tajamares del Mapocho, con un nuevo camino a Valparaíso y su impulso creador de ciudades: Vallenar, Los Andes, San José de Maipo, Constitución, Linares, Parral.

Gracias a la paz lograda con los mapuches en el Parlamento de Negrete, refundó Osorno.Prohibiendo a sus futuros pobladores dedicarse a la minería: “las verdaderas minas y riquezas deben buscarlas y encontrarlas en la agricultura y crianza de ganado.”

Sin duda, la actualidad osornina le da la razón.

Que un humilde celta llegara a representar al rey de España en el Perú no se infiere sólo de sus condiciones políticas sino, además, por la cercanía espiritual con los ministros encargados de impulsar el despotismo ilustrado.

Creía, igualmente, en el progreso a través de la educación y en la transformación social conforme a la consigna: “todo para el pueblo pero nada con el pueblo”.

A la sombra de sus largos días, “El padrastro de la patria” -curiosa denominación de un biógrafo- fallece en la Ciudad de los Reyes adonde, sin abjurar de las imperativas brasas del corazón, había viajado con las inseparables Carmen y Jacinta.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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