Nicolás Maduro, o por qué los peores nos gobiernan

"Mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que en ese escenario que obligaría a convocar a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente". Así, con un ejemplar de la Constitución venezolana en la mano, el 9 de diciembre de 2012, tres meses antes de morir, Hugo Chávez definía a su sucesor.

¿Por qué designó a un tipo sin estudios formales, conductor de autobuses de la empresa de transporte de Metro de Caracas, sindicalista de los trabajadores de ese metro? Y ¿cómo este pobre sustituto de Chávez pudo ascender al poder y mantenerse con mano asesina y totalitaria a la cabeza por casi 13 años?

Bien decía el Presidente Piñera en 2019, que Maduro era parte de la crisis venezolana, y nunca parte de la solución. A diferencia de su antecesor, igualmente autócrata, se trata de un tipo chato, mediocre, que compensaba sus ripios con una verborragia un tanto ridícula, sembrada de invocaciones a Dios, a Chávez y a Bolívar, hasta parecer una especie de telepredicador en serie. Tosco y torpe, en sus maduradas confundía a un pajarito con el espíritu de Chávez, afirmaba que Portugal y Venezuela comparten continente, confundía a los Gremlins con el Grinch, hablaba de "libros y libras", encontraba una "aguja en un panal" y creía que "el dólar paralelo no existe, nos lo imponen".

Sin mayores letras ni cultura, con patologías severas -psiquiatras hablan de Trastorno de Personalidad Antisocial, Trastorno Narcisista y Paranoide- Maduro terminó siendo el autor de crímenes de lesa humanidad contra su pueblo como persecución política, ejecuciones extrajudiciales y tortura sistemática, llegando a asesinar a cerca de 10.500 detractores y provocó la muerte -según HRW- de casi 500.000 venezolanos (en un criterio conservador) hasta incluso llegar a 7 millones de víctimas por hambrunas, enfermedades mal tratadas y mortalidad en los procesos migratorios. Lo anterior, sin perjuicio de los casi 400 casos de corrupción grave que se le atribuyen.

¿Cómo llegó a la cima? Esa historia se inicia cuando Chávez, tras el golpe de Estado de 1992, encontró en Maduro a un constante y fiel escudero. Maduro, así, forjó una carrera fundada en lo que Gaxie denomina "capital militante", participando en actividades internas, elecciones primarias y demostrando lealtad para obtener posiciones en listas electorales. Un año después de la victoria chavista, Maduro ya hacía parte del equipo encargado de redactar la nueva Carta Magna del país. También fue diputado en la Asamblea Nacional y luego pasó a presidirla. Luego, en 2006, fue nombrado canciller de Venezuela, donde reforzó relaciones con países como Irán, China, Libia y otros aliados de Caracas.

Pero por sobre todo, Maduro forjó cercanía con la dictadura cubana. Era bien visto por la dictadura cubana ya desde los '80, cuando se formó políticamente en una escuela del partido comunista de la isla. Así, a su ideología radical, su afán por figurar y su talante sindical resultaron vitales en la confianza que le profesaron los hermanos Fidel y Raúl Castro, quienes a su vez tenían un amplio poder de influencia en las decisiones que adoptó Chávez durante su convalecencia.

Volvamos al título, ¿cómo un tipo así pudo llegar tan lejos? Una explicación posible la da Hayek en "Camino de Servidumbre". El austríaco identifica tres razones principales por las que los peores elementos, como Maduro, y no los mejores, terminan imponiéndose: se valen de una masa numerosa, poco ilustrada y homogénea, apelando a las "pasiones y emociones prontas a levantarse" y por sobre todo, planteando el discurso del odio a un enemigo, de la envidia a los que viven mejor.

Otra explicación la encontramos en el irónico Principio de Peter, por el cual en cualquier jerarquía laboral los empleados son promovidos a posiciones de mayor responsabilidad hasta alcanzar su "nivel de incompetencia", quedando estancados. Mientras, sus superiores permanecen por inamovilidad sistémica. Entonces estos priorizan la lealtad o apariencia sobre mérito continuo, como formalizó Edward Lazear (2004). Por su parte, Maquiavelo decía que no era necesario que el príncipe fuera virtuoso, sino que si era indispensable que aparentara serlo. Incluso decía que era un riesgo para la autoridad tener virtudes, pero que simular tenerlas era útil.

En fin, explicaciones hay muchas. Pero lo cierto es que Nicolás Maduro era un elefante arriba de la copa de un árbol: nadie entiende aún por qué llegó ahí. Lo peor, nadie sabía cómo bajarlo, ni con protestas, ni con elecciones, ni menos con cartas de buena crianza de la comunidad internacional... hasta que Trump, para bien o para mal, decidió tumbar al paquidermo. O al orangután, si se prefiere.

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