El Líbano, pequeño país de Medio Oriente, vuelve a estar al borde del abismo. La escalada del conflicto iniciado el 28 de febrero con los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán -y ampliada posteriormente con la respuesta iraní en distintos países de la región- ha vuelto a arrastrarlo al centro de la violencia. Los últimos días han sido especialmente devastadores. Tras el asesinato de altos líderes iraníes -entre ellos el Ayatolá Jamenei- el grupo Hezbolá, aliado de Irán y con fuerte presencia en el sur del Líbano, lanzó misiles contra Israel. La reacción israelí no tardó en llegar. Desde entonces, el territorio libanés ha vuelto a convertirse en un frente de guerra.
Los ataques se concentran principalmente en el sur del país y en barrios de Beirut donde operan militantes de Hezbolá. Pero, como ocurre siempre en los conflictos armados, las víctimas no son las milicias, sino la población civil. En apenas días, han muerto cerca 600 personas y otras 800 mil han sido desplazadas dentro del país. En una nación con poco más de 5 millones de habitantes, esto significa que uno de cada seis libaneses se ha convertido en desplazado interno.
Para Líbano, es otro capítulo más de una larga historia de crisis superpuestas que han llevado al país al límite de sus capacidades materiales, institucionales y también psicológicas. Durante los últimos años ha enfrentado una grave crisis económica. La moneda colapsó, la pobreza se disparó y gran parte de la población perdió sus ahorros. A ello se suman la explosión del puerto de Beirut en 2020, años de parálisis política y conflictos recurrentes en la frontera sur.
El resultado es una sociedad exhausta. Hoy, muchos libaneses sienten que el futuro simplemente desapareció. Las generaciones jóvenes miran al exterior como única salida. Quienes se quedan viven entre la precariedad económica, la incertidumbre política y ahora, nuevamente, el miedo a la guerra.
Sin embargo, incluso en medio de la destrucción, aparecen gestos que recuerdan que la humanidad no desaparece completamente en los tiempos más oscuros. En el sur del país, el sacerdote Maroun Youssef Ghafari ha decidido permanecer junto a su comunidad en el pueblo de Alma Sha'b, pese al peligro constante de los bombardeos. Su decisión adquiere una dimensión aún más dramática tras la muerte de su propio hermano, Sami Ghafari, quien falleció el 8 de marzo tras el impacto de un misil mientras estaba en el jardín de su casa.
Lejos de abandonar el lugar, el sacerdote optó por seguir acompañando al centenar de personas que permanecen allí. Algo similar ocurre en otras regiones, donde poblaciones enteras intentan sostenerse mutuamente en medio del caos. En la Fundación ACN Chile mantenemos contacto permanente con comunidades en la zona, que relatan el drama que viven miles de personas desplazadas.
En el valle de Becá, familias musulmanas y cristianas buscan refugio en la localidad de Deir El Ahmar. Las escuelas públicas y la iglesia de San Nohra han abierto sus puertas para recibirlas. El obispo de la zona, monseñor Hanna Rahme, resumió el espíritu que impulsa estas iniciativas con palabras simples pero contundentes: "Ellos son nuestra gente; cuidaremos de ellos con lo que tengamos".
No es una tarea fácil. Los recursos son escasos y las instituciones libanesas están debilitadas tras años de crisis. En algunos pueblos, como Zboud, escuelas administradas por congregaciones religiosas ya han alcanzado su capacidad máxima acogiendo a quienes escapan de los bombardeos. La hermana Jocelyne Joumaa lo expresó con una mezcla de realismo y temor: "Estamos a salvo por ahora, pero ciertamente pronto será nuestro turno".
La pregunta inevitable es cuánto más puede resistir Líbano. Cada nueva escalada de violencia no solo destruye infraestructura y hogares; también erosiona aún más la esperanza de una población que lleva décadas viviendo al filo de la incertidumbre.
Mientras las potencias y los actores regionales calculan estrategias y equilibrios geopolíticos, los libaneses enfrentan una realidad mucho más simple y dura: sobrevivir un día más. Quizás por eso, en medio de los bombardeos y del miedo, los pequeños gestos de solidaridad adquieren un significado tan profundo. Porque recuerdan que, incluso cuando todo parece derrumbarse, todavía hay personas dispuestas a cuidar a otros con lo poco que tienen. En un país que parece haberlo perdido todo, esa puede ser la última reserva de esperanza.
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