La discusión no es solo valórica. También es demográfica, económica y profundamente política. Las recientes controversias en torno a discursos oficiales sobre familia, cohesión social y valores parecen estar revelando algo más profundo que una disputa comunicacional o ideológica puntual.
Lo que asoma detrás de estas tensiones es una pregunta mucho más estructural y todavía insuficientemente abordada: ¿Hacia dónde quiere avanzar Chile en materia de políticas sociales y qué tipo de sociedad busca construir frente a las transformaciones demográficas, culturales y económicas que ya están ocurriendo?
La reciente columna del subsecretario de Servicios Sociales, "La familia en el centro", vuelve a poner sobre la mesa preocupaciones legítimas: la soledad, la fragilidad de los vínculos, el desgaste comunitario y la sensación de pérdida de cohesión social. Pero también deja abiertas preguntas inquietantes. ¿Se está configurando un giro conceptual en las políticas sociales chilenas? ¿Estamos frente a una crítica legítima al individualismo contemporáneo o frente a una reinterpretación ideológica que corre el riesgo de simplificar problemas mucho más complejos?
Porque si el problema fuera únicamente valórico, bastaría con exhortar a las personas a fortalecer sus vínculos familiares. Pero la realidad parece bastante más desafiante. ¿Qué ocurre cuando las familias están exhaustas? ¿Qué pasa cuando las jornadas laborales impiden cuidar, acompañar o convivir? ¿Qué sucede en sociedades donde las personas viven más de 25 años después de jubilar, donde los hogares unipersonales aumentan aceleradamente y donde el cuidado recae desproporcionadamente sobre mujeres envejecidas?
Tal vez la pregunta incómoda es otra: ¿Puede una sociedad organizada durante décadas en torno al mercado, la productividad y el rendimiento sostener vínculos comunitarios sólidos? Durante años el crecimiento económico ha sido presentado como la principal promesa de bienestar. Sin embargo, hoy convivimos con mayores niveles de ansiedad, agotamiento, soledad y fragilidad relacional. ¿No será que subordinamos demasiado tiempo la vida cotidiana, los cuidados y el tiempo social a las exigencias del rendimiento económico?
Y aquí aparece una tensión que merece ser discutida con honestidad. Resulta llamativo que parte del debate actual responsabilice principalmente a agendas progresistas o de derechos por el debilitamiento de la vida comunitaria, cuando muchas de las políticas impulsadas desde esos sectores -sistemas de cuidado, corresponsabilidad, conciliación laboral, salud mental o reconocimiento de cuidadores- surgieron precisamente al constatar que las familias no pueden sostener solas las exigencias contemporáneas.
Entonces, ¿qué significa realmente poner "la familia en el centro"? ¿Se trata de fortalecer capacidades colectivas para cuidar mejor o de devolver silenciosamente responsabilidades al ámbito privado? ¿Estamos avanzando hacia un Estado social que acompañe las transformaciones de la nueva longevidad o hacia un modelo donde las familias vuelvan a absorber, casi en solitario, las tensiones del envejecimiento, la dependencia y la precariedad social?
Porque el envejecimiento cambia completamente esta discusión. Chile ya no enfrenta únicamente desafíos previsionales o sanitarios. Enfrenta una transformación profunda de la estructura social. Familias más pequeñas, menos hijos, más años de vida, más dependencia en edades avanzadas y más personas viviendo solas. ¿Dónde está hoy la conversación de fondo sobre cómo sostendremos socialmente esa realidad? ¿Qué modelo de cuidados queremos construir? ¿Qué rol tendrán las comunidades, los municipios, el Estado y el mercado?
Quizás el problema es que seguimos intentando responder preguntas del siglo XXI con categorías del siglo XX. Seguimos discutiendo familia como si las condiciones materiales, laborales y demográficas fueran las mismas de hace cuarenta años. Seguimos apelando a la comunidad mientras debilitamos los espacios colectivos que permiten sostenerla. Seguimos hablando de bienestar mientras millones de personas apenas tienen tiempo para vivir.
Y tal vez ahí radica la pregunta más incómoda de todas: ¿Estamos realmente construyendo políticas sociales para sostener la vida o simplemente administrando las consecuencias sociales de un modelo que hace cada vez más difícil vivir juntos?