En los últimos años, Chile ha avanzado con fuerza en la digitalización de servicios y en la incorporación de tecnologías para verificar la identidad de las personas. Hoy es cada vez más común encontrarse con sistemas de validación mediante huella digital, reconocimiento facial o procesos de verificación remota a través de plataformas digitales. Estos mecanismos buscan entregar mayor seguridad y eficiencia, especialmente en trámites financieros, contratos, servicios del Estado o plataformas en línea.
Sin embargo, detrás de este progreso tecnológico existe una realidad que muchas veces queda fuera de la discusión pública: las barreras que estos sistemas generan para muchas personas en situación de discapacidad y también para un número creciente de personas mayores.
Cuando la tecnología no se diseña considerando la diversidad humana, puede transformarse en una nueva forma de exclusión.
En Chile, gran parte de los sistemas de verificación de identidad biométrica dependen de parámetros rígidos que no siempre se ajustan a la realidad de todas las personas. Los lectores de huella digital, por ejemplo, pueden presentar fallas en personas con determinadas condiciones dermatológicas, amputaciones, desgaste natural de las huellas o dificultades motoras. De igual forma, algunos sistemas de reconocimiento facial pueden tener problemas para validar identidades cuando existen diferencias en la movilidad facial, el uso permanente de dispositivos de apoyo o determinadas condiciones físicas.
A esto se suman procesos digitales que requieren el uso de cámaras, movimientos específicos frente al dispositivo o la lectura de códigos desde teléfonos inteligentes, lo que puede resultar complejo o derechamente inaccesible para personas con discapacidad visual, motora o cognitiva.
El resultado es una paradoja preocupante: personas que cuentan con su cédula de identidad vigente y cumplen con todos los requisitos legales, pero que simplemente no logran demostrar quiénes son ante un sistema tecnológico.
Esto no solo genera frustración, sino que también puede limitar el acceso a servicios esenciales, como abrir una cuenta bancaria, firmar un contrato, validar una identidad en línea o realizar trámites en instituciones públicas y privadas.
Junto con estas barreras, surge además un debate cada vez más relevante sobre la protección de datos personales. La información biométrica -como huellas digitales o reconocimiento facial- es altamente sensible, ya que forma parte de la identidad única de cada persona y no puede ser modificada si se ve comprometida.
Por eso, el desafío no es solo tecnológico, sino también ético y regulatorio. Chile debe avanzar hacia sistemas de verificación de identidad que combinen seguridad, inclusión y resguardo de los derechos fundamentales.
La transformación digital ofrece enormes oportunidades, pero su éxito dependerá de que sea capaz de reconocer la diversidad de las personas. Porque en una sociedad que busca ser inclusiva, la tecnología nunca debería convertirse en una barrera para demostrar algo tan básico como quiénes somos.
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