Hoy, más que nunca, liderar en educación exige algo más profundo que la gestión pedagógica, más trascendente que los aprendizajes estandarizados y más imponente que los discursos protocolares. Educar hoy reclama y solicita autoconocimiento.
Las escuelas se ven obligadas a responder problemáticas que la sobrepasan y que parecieran inverosímil 10 años atrás ya que la violencia estructural (verbal, física, en forma de amenazas y otras) trasunta dentro de sus aulas: La intimidación de un tiroteo, mensajes de amenazas que invaden espacios desde las sombras del anonimato impudoroso y hondamente malintencionado, actos de individualismo y despreocupación, que erradica de algunos la empatía y el respeto, ante esto los colegios nos quedamos sin herramientas de acción, nos sobrepasa y nos constipa.
Entonces, nos preguntamos ¿qué más podemos exigirle a la escuela? Sabemos que son los docentes, equipos directivos y asistentes en general los que contienen el temor, el miedo, la angustia, los que deben sostener a los estudiantes y también a sus familias. Incluso sobreponiéndose a sí mismos y tantas veces lo hacen, con recursos limitados, con normativas que no alcanzan y con una presión emocional que no siempre se reconoce, agotando de esta forma hasta el último músculo existente.
A la sazón, enfrentamos un desafío, no es solo sostener el sistema, es transformarlo desde adentro. No es solo reaccionar ante la amenaza, es reconstruir sentido en comunidad que hoy se siente fracturado. No es solo gestionar la convivencia, es reafirmar el carácter, presencia y humanidad en quienes educan y lideran. La escuela denuncia la violencia y el maltrato, anuncia mejores formas de relacionarse y resolver conflictos, pero sobre todo vivencia la buena convivencia, que sostiene, incluye e integra.
Porque no se trata solo de protocolos, ni de más normas, ni de respuestas reactivas. Se trata de quiénes somos como adultos frente a las crisis. Se trata de la calidad de nuestro liderazgo en momentos donde el miedo, la incertidumbre y la desconfianza se vuelven protagonistas. Un liderazgo que no se analiza a sí mismo difícilmente puede sostener a otros. Un liderazgo que no reconoce sus propios límites, temores o sesgos, termina reproduciendo la misma fragmentación que intenta resolver. Y en contextos de alta complejidad social, eso no es menor: puede marcar la diferencia entre contener o estallar.
Entendemos, por consiguiente, que la transformación cultural que tanto se exige a las escuelas no comienza en los estudiantes. Comienza en los adultos.
Tal vez no podamos controlar todo lo que ocurre afuera. Pero sí podemos hacernos responsables de cómo habitamos el adentro. "Tu visión se volverá clara solo cuando puedas mirar en tu propio corazón. Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta" - Carl Jung.