La trampa de la informalidad femenina

Mientras las cifras económicas intentan mostrar señales de recuperación, hay una realidad que crece silenciosamente y que tiene rostro de mujer. Cada semestre trabajo con emprendedoras a través del curso de Fundamentos de Costos, mediante la metodología de Aprendizaje y Servicio en la universidad.

Estudiantes acompañan a mujeres que levantan pequeños negocios desde sus casas, ferias, redes sociales o talleres improvisados. Mujeres que venden comida, confeccionan ropa, ofrecen servicios o intentan generar ingresos para sostener a sus familias.

Y hay algo que se repite constantemente: muchas trabajan informalmente no porque no quieran crecer, sino porque simplemente no logran absorber los costos de formalizarse.

El último informe de empleo del Instituto Nacional de Estadísticas reveló que la tasa de desocupación femenina llegó a 10% en el trimestre enero-marzo de 2026. Pero el problema no está solo en el desempleo. La ocupación informal femenina alcanzó 27,9%, mientras el empleo asalariado informal aumentó 10,9%.

Es decir, miles de mujeres siguen ingresando al mercado laboral en condiciones cada vez más precarias, sin estabilidad ni protección social.

Detrás de estas cifras hay una tensión que pocas veces discutimos con honestidad. Chile ha impulsado el emprendimiento femenino como símbolo de autonomía y superación, pero muchas veces sin mirar las condiciones reales en que esas mujeres emprenden. Para muchas, emprender no es una oportunidad de expansión, sino una estrategia de sobrevivencia frente a un mercado laboral que no está generando suficientes espacios formales y estables.

Porque cuando un emprendimiento apenas logra sostenerse, cualquier aumento de costos puede transformarse en una amenaza. Cotizaciones, salud, permisos, transporte, plataformas digitales, arriendos, impuestos e insumos se acumulan sobre negocios extremadamente frágiles. Y cuando además se suma el cuidado de hijos, adultos mayores o responsabilidades domésticas, la carga se vuelve aún más difícil para las mujeres.

Lo más preocupante es que este fenómeno ya no se limita al trabajo independiente. Las propias cifras muestran un fuerte aumento del empleo asalariado informal. Es decir, incluso personas que trabajan para otros lo hacen cada vez más fuera de condiciones formales.

Sin embargo, pareciera que estamos empezando a normalizar esta precarización. Se celebra que aumente la ocupación, pero poco se discute sobre la calidad de esos empleos. Tener trabajo ya no garantiza estabilidad. Y formalizarse comienza a transformarse en un costo difícil de sostener.

Porque si miles de mujeres solo pueden elegir entre desempleo o informalidad, entonces el problema ya no es individual. Es una señal de que el mercado laboral está dejando de ofrecer seguridad incluso a quienes sí están trabajando.