Democratizar el autocuidado

Variadas son las recomendaciones para el autocuidado, para hacerse cargo de nuestra salud adoptando conductas saludables. Las indicaciones del personal sanitario en este aspecto son múltiples, al igual que en guías clínicas, publicaciones científicas y protocolos que mencionan la necesidad de estilos de vida adecuados, respaldados por supuesto, con evidencia científica.

Sin embargo, es importante preguntarnos: ¿La responsabilidad de adoptar medidas preventivas y autocuidado, es solo una opción personal? ¿El autocuidado es exclusivamente una decisión individual o va a estar condicionada por otros factores?

Sin duda, no toda la ciudadanía puede fácilmente seguir la totalidad de las sugerencias de autocuidado y conductas saludables ya que existen múltiples factores que van a afectar esta toma de decisiones.

Al considerar la alimentación saludable, no todas las personas tienen las mismas condiciones, ni posibilidades para realizarlas. El tener dificultades económicas no permite elegir libremente alimentos nutritivos y recomendados, o bien pueden existir dificultades territoriales que actúan como barreras para acceder a este tipo de comida. Es más, también se dificulta la opción saludable si tampoco logramos comprender las recomendaciones nutricionales que recibimos, haciendo vital la alfabetización de consumo alimentos saludables, sin exclusiones de ninguna índole.

Por otro lado, combatir el sedentarismo, aumentar la actividad física, también es una necesidad para nuestro bienestar, tanto físico, como mental. Y volvemos a analizar que no toda la población tiene la misma posibilidad de realizar la cantidad de ejercicio o actividad física recomendada por expertos, acá surgen temas de disponibilidad de tiempo, responsabilidades en el cuidado, brechas de género, y tantas otros condicionantes sociales.

Lo anterior se repite en la prevención de múltiples problemas de salud, en las enfermedades respiratorias, en donde el acceso a agua potable y jabón para un adecuado lavado de manos no es igualitario en los territorios, como así también, la facilidad de consulta temprano ante sintomatología respiratoria, facilidad en la vacunación y tantas otras recomendaciones que nos favorecen.

Los ejemplos de brechas y barreras estructurales para el autocuidado son múltiples, y también impactan el bienestar emocional. Las condiciones materiales en las que las personas viven dificultan optar por decisiones saludables o bien seguir las recomendaciones de expertos o autoridades sanitarias. La opción es desigual y está condicionada por una serie de factores que dificultan a que un porcentaje importante de la población pueda tener acciones que favorezcan su salud tanto física, como mental. Por ende, propiciar estructuras y políticas públicas que vayan de la mano de favorecer a este grupo de personas es vital para sociedades más justas y equitativas.

Entonces, ¿qué hacer para avanzar en democratizar el autocuidado?

Urge un lenguaje comprensible y cercano, que permita a las personas, sus familias y comunidades tomar decisiones informadas, basadas en evidencia, facilitando el poder hacerse cargo de su salud. Sin embargo, esto por sí solo no basta, la estructura del sistema sanitario, sus planes y programas son vitales, dado que favorecen a la población que tiene mayor dificultad de adoptar autocuidado y medidas preventivas. El autocuidado, por tanto, no solo es una responsabilidad individual, sino también colectiva y del Estado, no puede ser un privilegio, sino un derecho, no debe verse como un lujo, sino como un requisito civilizatorio.

El bienestar de cada persona de la sociedad debe ser una apuesta colectiva, la interpelación constante a quienes toman decisiones es prioritario, dado que estas de una u otra manera impactan en la vida de la comunidad. Debemos ver el autocuidado como un bien común, no solo es individual, sino que nuestra responsabilidad es cautelar la democratización del autocuidado.