La discusión sobre la continuidad de la ciclovía en el eje Alameda no es solo sobre el uso de las bicicletas, lo que sin duda es importante. Es sobre algo más profundo y persistente: la dificultad que tenemos para sostener en el tiempo una visión estratégica de ciudad. Cada vez que un proyecto urbano relevante entra en pausa -por falta de recursos, por disputas institucionales o simplemente por cambios de prioridad- lo que se interrumpe no es sólo su materialización, sino que se interrumpe nuestra planificación estratégica de futuro.
La ciclovía Alameda no es un antojo urbano ni una concesión sólo a quienes prefieren moverse en bicicleta. Es una pieza urbana dentro de un sistema mayor que Santiago ha intentado construir durante décadas: un modelo de transporte integrado y sustentable, donde distintos modos -metro, buses, caminata y bicicletas- dialogan entre sí. En ese entramado urbano, la bicicleta cumple un rol estratégico, porque promueve una movilidad más sostenible, amplía las opciones de desplazamiento, mejora la salud de la población y contribuye a construir espacios urbanos más equitativos. Tratarla como un elemento secundario es, en la práctica, debilitar todo el sistema de conectividad metropolitana.
Santiago, en comparación con otras ciudades de América Latina, ha avanzado de manera significativa en esta dirección. La incorporación de buses eléctricos, por ejemplo, ha sido un paso relevante tanto en términos ambientales como en la calidad de la experiencia de viaje de sus pasajeros. A esto se suma una red de transporte público que, con todas sus limitaciones, ha buscado integrar distintos modos bajo una lógica común. En ese contexto, las ciclovías son parte de una extensión de ese esfuerzo por diversificar y mejorar la movilidad urbana.
Sin embargo, ese avance convive con una fragilidad estructural: la falta de continuidad. La ciclovía Alameda se ha transformado en un caso emblemático de esta tensión. Por un lado, existe consenso técnico respecto de su valor dentro del sistema de transporte. Por otro, su ejecución se ve entrampada en discusiones presupuestarias y falta de financiamiento para el tramo 3 del sector poniente, que se entrecruzan con diferencias políticas y problemas de coordinación entre distintos niveles del Estado. El resultado es un proyecto inconcluso que aparece comentado en los medios y que arriesga el modelo de planificación estratégica que requiere una ciudad como Santiago.
Para ser justo, en Chile sí se planifica. Nuestro país cuenta con instrumentos de planificación territorial, normativas urbanas y una institucionalidad que, en teoría, permite ordenar el desarrollo de las ciudades. Pero planificar no es lo mismo que pensar estratégicamente. La planificación puede existir en el papel; la estrategia, en cambio, se prueba en la capacidad de sostener decisiones en el tiempo y asegurar la implementación de proyectos. Y es ahí donde aparecen las brechas.
Pensar estratégicamente implica, entre otras cosas, entender que los sistemas urbanos no se construyen por partes aisladas. Una ciclovía no funciona si no está conectada con otras y dentro de un sistema integrado. Además, la falta de continuidad en las decisiones para materializar proyectos urbanos también revela un problema de gobernanza. Proyectos como la ciclovía Alameda requieren coordinación entre ministerios, gobiernos locales y la propia ciudadanía. Pero esa coordinación no siempre ocurre de manera fluida. Las decisiones se fragmentan, las responsabilidades se diluyen y los proyectos terminan dependiendo más de coyunturas políticas que de acuerdos estructurales.
La planificación urbana, especialmente en el ámbito del transporte, exige una mirada de largo plazo. Requiere entender que los beneficios más relevantes -mejor calidad de vida, mayor seguridad, menor contaminación, ciudades más inclusivas y equitativas- no siempre son inmediatos, pero sí acumulativos. También exige asumir que la inversión en infraestructura es una cuestión de recursos, pero también de prioridades. Y que, con creatividad y buena gobernanza, es posible encontrar mecanismos para dar continuidad a proyectos que se consideran valiosos.
Como corolario, la ciclovía Alameda adquiere, por tanto, un valor simbólico para la planificación actual: ¿somos capaces de sostener una visión de ciudad que materialice un proyecto urbano tan relevante como éste y traspasando las diferencias políticas? Terminarla no resolverá por sí solo los problemas de movilidad de Santiago. Pero no hacerlo es arriesgar un impacto en la conectividad del sector poniente de la ciudad y, por supuesto, en una merma para lograr un transporte sustentable, con modos activos más eficientes, seguros y justos.