Eurocopa y algo más

Ha sido una competencia extraordinaria. Buena infraestructura, celosa organización, planos amplios en las transmisiones televisivas, públicos comprometidos con el espectáculo y modelos efectivos del control de la violencia de los ultras.

El arbitraje debe asumir que con los adelantos tecnológicos no se puede seguir asociando la suerte de un partido al buen o mal cometido de los árbitros si ya hay suficiente emoción con la contingencia incierta que depara el rendimiento de los propios futbolistas.

En lo futbolístico, la posesión del balón es la clave en la que descansan las selecciones más exitosas. La condición física, más que para dar vértigo se emplea para asegurar la posesión del balón, la presión sobre el rival y la profundidad del ataque del equipo.

El campeón España, más que una lección de fútbol de toque (tiquitaca le llaman), da una señal del valor de apostar por conceptos más que por nombres propios. No son los individuos los que aseguran los éxitos, son las ideas claras bien ejecutadas. La selección española juega como el Barcelona sin necesidad de Guardiola en la banca ni de Messi en la cancha.

La personalidad de Vicente del Bosque vuelve a centrar las miradas en los futbolistas como los actores más importantes y en su rendimiento como el factor más gravitante. A pesar que Del Bosque movió las piezas con la maestría de un ajedrecista, demostró un conocimiento acabado del juego, de sus rivales y de sus jugadores y ejerció con sus variantes tácticas una influencia importante en el resultado del juego, jamás posó de héroe ni de gladiador.

Una lección para aquellos que hacen de la dirección técnica la clave del éxito en este juego.

España mostró distintos esquemas, incluso en el mismo partido, instalando la flexibilidad como una variante más de la seguridad táctica y poderío técnico contra la lectura fácil que califica como señal de desconcierto cambiar de hombres y de tácticas. Nadie más seguro de sí mismo que aquel que se permite variantes.

Una Eurocopa multirracial en la que países que en la página inmediatamente anterior de la historia renegaban de la integración racial tienen a hijos de inmigrantes como sus íconos nacionales. Balotelli, más que una apología a la rebeldía, es un ejemplo que el mundo de hoy es de los humanos y no de aquellos que son originarios o transplantados a la tierra nacional que entre todos debemos hacer crecer.

El fútbol se instala como un fenómeno social extraordinario que rebasa lo meramente físico y quien cree que para navegar en los mares universales sólo debe atenerse a lo escrito por las grandes mentes, hoy es invitado a abrir las ventanas de su biblioteca y observar esta aventura humana que, como todo lo inmenso, nace de algo simple y muy sencillo como puede serlo un juego de balón.

En una Europa que parece derrumbarse, la gente demuestra pasión y energía suficiente y nos hacen creer que serán capaces de salir adelante. Eso sí, atravesarán el desfiladero solos y eso se lo han notificado sus propios líderes políticos.

En los palcos de la final hay un aviso que nada importa más que el propio interés del que manda. A pesar que parte del camino que les llevaría a ese sitial lo pavimentaron por su rechazo al tratamiento que da Ucrania a la ex primera ministra Yulia Timoshenko, los jefes no dudaron en asistir y dejar en letra muerta una recomendación de la propia Unión Europea.

Vaya forma de decirnos algo que ya presumíamos: los derechos fundamentales de Yulia, como los de todos, no valen más que un flash.

Por eso, las lecciones de los deportistas van más allá del fútbol: el mundo de verdad está en la cancha y no en los gabinetes.

¡¡¡Y en la cancha se ven los gallos!!!

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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