Los incendios forestales nos recuerdan con crudeza que Chile vive en un territorio expuesto a riesgos extremos. El fuego, como los terremotos, los aluviones o las sequías, no es solo un fenómeno natural. Es también una prueba para nuestras ciudades, nuestras infraestructuras y nuestras capacidades como país. Frente a estas amenazas, la pregunta ya no es solo cómo reaccionamos, sino cómo usamos el conocimiento y la tecnología para anticiparnos y proteger la vida de las personas.
En este desafío, herramientas como la inteligencia artificial, los sistemas de monitoreo, la modelación computacional o el análisis avanzado de datos están cambiando la manera en que enfrentamos los desastres. Hoy permiten simular la propagación de un incendio, identificar zonas de mayor riesgo, optimizar rutas de evacuación o monitorear en tiempo real el estado de redes eléctricas, caminos o sistemas de agua. Estas capacidades amplían de manera decisiva nuestra posibilidad de tomar decisiones informadas en contextos críticos.
Países como Australia, Estados Unidos, China o el Reino Unido ya integran estas herramientas en la planificación urbana, el diseño de infraestructuras y la gestión de emergencias. El resultado es una forma distinta de concebir el territorio, con ciudades que incorporan soluciones basadas en la naturaleza, edificaciones más resistentes y sistemas de alerta temprana que reducen las pérdidas humanas y materiales. Chile, con su geografía diversa y su experiencia en catástrofes, tiene condiciones excepcionales para avanzar en esta misma dirección.
Sin embargo, el verdadero desafío no es solo tecnológico. Es, sobre todo, un desafío de formación y de visión. Esta convicción estuvo en el centro de una reciente jornada de planificación de nuestra escuela, donde se reafirmó un sueño compartido, consolidar una comunidad comprometida con el servicio a la sociedad, con una formación transformadora, investigación de frontera y un impacto creciente en los desafíos del país y de la región.
Hoy Chile necesita personas capaces de transformar datos, algoritmos, materiales y modelos en soluciones concretas que cuiden a las personas y al entorno. Para ello es clave fortalecer la educación, impulsar la colaboración interdisciplinaria y crear capacidades institucionales orientadas a generar impacto real, más allá de la sala de clases y del laboratorio, promoviendo una convergencia efectiva con el sector público y el sector privado, así como una articulación nacional e internacional que permita escalar soluciones y acelerar su implementación.
La inversión global en tecnologías avanzadas, incluida la inteligencia artificial, ha crecido de manera explosiva en los últimos años. Según las últimas estimaciones de la consultora Gartner, el gasto mundial en inteligencia artificial alcanzará aproximadamente 2,5 billones de dólares en 2026, casi el doble de lo estimado para 2025, con perspectivas de seguir creciendo a medida que estas herramientas se integran en los sectores productivos y en la gestión pública y privada.
Chile cuenta con talento, creatividad y una profunda vocación de servicio público en su comunidad académica y profesional. Alinear esas capacidades con los grandes desafíos del país, como lo plantea el Sueño UC, es una oportunidad histórica. Ejemplos como el Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA), el Instituto Milenio iHealth, el Centro de Investigación para la Gestión Integrada del Riesgo de Desastres (CIGIDEN) y el Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS), demuestran que en Chile ya existe investigación de excelencia orientada a resolver problemas reales.
El desafío ahora es articular esas capacidades, integrarlas estratégicamente y proyectarlas a mayor escala. Convertir las nuevas tecnologías en soluciones concretas, capaces de prevenir tragedias, mejorar la planificación y fortalecer nuestras ciudades, no es solo una posibilidad, sino una tarea urgente.
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