Violencia en los estadios, espejo de un Chile que olvidó celebrar

Argentina es, entre otras cosas, un país futbolizado. No solo por sus triunfos y figuras, sino porque el fútbol logra todavía algo más difícil: suspender, por un momento, el peso de la vida cotidiana y convertir el estadio en una escena compartida. Hay violencia, sin duda. Hay barras, mafias, negocio, excesos. Pero también hay algo más: una fiesta que, a pesar de todo, ocurre.

Allá la violencia convive con el rito colectivo. Es arte del caos. En Chile la escena es distinta: la violencia interrumpe o imposibilita el rito, es ruptura del vínculo. Las barras están. Los cánticos también. Incluso la estética pretende emularlos, como una mala copia aplicada con prolijidad frustrada

Porque falta algo. Lo más difícil de emular: una fiesta que, a pesar de todo, ocurre.

Acá los partidos se interrumpen. La familia deja de ir al estadio. La agresión no parece un exceso dentro de una celebración, sino casi su condición de posibilidad. No hay desborde festivo que contenga la violencia; hay violencia que ocupa el lugar de la fiesta. Pero esa diferencia, aparentemente menor, dice más de lo que parece.

El fútbol suele funcionar como un espejo de la vida social. No porque la represente fielmente, sino porque condensa afectos que en otros espacios no encuentran forma de expresarse. En Argentina, incluso en medio de crisis económicas persistentes, el estadio sigue siendo un lugar donde algo colectivo se vuelve posible: un nosotros ruidoso, contradictorio, exagerado, pero reconocible. En Chile, en cambio, ese nosotros aparece más frágil. No desaparece, pero se vuelve inestable, tenso, rápidamente amenazado. La celebración dura poco. La descarga dura más.

Es cierto, existen las fiestas patrias. Donde hay caos, carnaval y comunidad. Pero esa es la excepción de la unidad. El fútbol exige algo más difícil: celebrar la diferencia. Y es ahí donde el vínculo se fractura.

Durante años Chile fue descrito como una sociedad ordenada, previsible, incluso algo gris. Ese orden tenía costos evidentes, pero también ofrecía una cierta seguridad afectiva: las normas no explícitas parecían sostener algo en común, aunque fuera silencioso.

Hoy ese equilibrio está erosionado. Y el estadio lo muestra con crudeza.

La violencia en las barras no es solo un problema policial ni un déficit organizativo. Es también la señal de una dificultad más profunda para producir espacios de encuentro que no se desarmen rápidamente. Donde debería haber celebración aparece enfrentamiento. Donde debería haber rivalidad simbólica aparece enemigos literales. Donde debería haber exceso festivo aparece descarga sin ninguna mediación.

No se trata de idealizaciones de unos y condenas de otros. Ambos países conocen la violencia y la frustración. La diferencia está en otro lugar: en la capacidad de transformar el conflicto en escena compartida y no en ruptura inmediata. El fútbol argentino, con todos sus problemas, esa operación simbólica. El chileno, cada vez menos.

Eso obliga preguntas incómodas. ¿Qué ocurre en una sociedad cuando incluso sus espacios de fiesta se vuelven inseguros? ¿Qué dice de un país que la celebración necesite vigilancia permanente? ¿Qué se pierde cuando el encuentro colectivo deja de ser experiencia posible y se convierte en riesgo? No son preguntas deportivas. Son preguntas políticas en el sentido más profundo: preguntas sobre la posibilidad de un nosotros.

Tal vez por eso el problema de las barras en Chile resulta tan persistente. Porque no se resuelve solo con más control ni con mejores protocolos. Tiene que ver con algo menos visible: la fragilidad del vínculo social en una sociedad que aprendió a convivir sin demasiada confianza mutua. Cuando ese lazo se debilita, la rivalidad simbólica se vuelve agresión real, la pasión se vuelve descarga, y la fiesta deja de ocurrir.

Pero reconocer esa dimensión no equivale a resignarse a ella. Si algo muestra la experiencia comparada es que la violencia en los estadios puede contenerse cuando la autoridad actúa con continuidad, cuando los clubes asumen responsabilidad real sobre sus hinchadas y, sobre todo, cuando el espacio del encuentro vuelve a ser protegido como un bien público y no solo vigilado como una amenaza. Hoy se argumenta que los eventos deportivos son, ante todo, actividades privadas y que, por lo mismo, no corresponde reforzar en ellos la presencia pública. Y en parte es cierto. Pero también lo es que allí donde una sociedad se reúne masivamente para celebrar, lo que está en juego deja de ser solo un contrato entre particulares y vuelve a rozar algo común, algo que ninguna frontera jurídica alcanza del todo a contener

El estadio, en ese sentido, no crea el problema. Lo muestra. Y lo muestra de una manera particularmente nítida: ahí donde una sociedad debería poder celebrar junta, aparece la evidencia de que ya no sabe muy bien cómo hacerlo. No porque le falte fútbol. Sino porque le falta algo más difícil de reconstruir: la experiencia de compartir sin miedo el mismo espacio.

Quizás por eso la pregunta por las barras bravas excede con mucho al deporte. Lo que está en juego no es solo la seguridad en los estadios, sino la posibilidad misma de que una sociedad vuelva a producir -aunque sea por noventa minutos- una fiesta común.

Y esa posibilidad no depende únicamente de que el lazo social sane con el tiempo, sino de decisiones concretas que restituyan límites, responsabilidades y condiciones mínimas de convivencia allí donde hoy solo hay descarga. Y cuando incluso esa posibilidad se vuelve incierta, conviene preguntarse si el problema está realmente en las barras o en algo más profundo que ellas simplemente dejan ver.

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