En círculos académicos e intelectuales, internacionalmente, se compite por el título con el que se caracterice una determinada tesis sobre el devenir social, político y/o institucional en una región, país o parte de ellos. Por ejemplo, la famosa y efímera tesis de Francis Fukuyama sobre "el fin de la historia", en 1991, al disolverse la entonces Unión Soviética. El nombre se lo llevó el viento, pero alcanzó a vender muchos miles de ejemplares de su libro.
Este intenso concurso por el bautizo de una idea o tesis es también práctica habitual en Chile. Una supuesta sofisticación de élites presuntuosas de grandes conocimientos. En el último tiempo se ha tratado de fundamentar el criterio que existen dos izquierdas, incluso tres, según artículos recientes.
Sin embargo, se trasluce en este esfuerzo por la originalidad un sistemático intento de ignorar o desconocer a fuerzas políticas con una historia vigente que abarca muchas décadas. Es el caso del Partido Socialista, que en diversas ocasiones se ve invisibilizado por la insistencia en omitirlo hablando del "socialismo democrático".
En rigor, se trata de un propósito estéril. En efecto, la fuerza política, territorial y cultural de la idea y la práctica socialista se fundamenta y sostiene en el trabajo denodado -no excluyente- del Partido Socialista de Chile durante más de 90 años, incluidos más de 17 de ellos luchando por el término de la dictadura más brutal de nuestra historia. En suma, muchos han querido ocupar el espacio del Partido Socialista y este sigue resistiendo por la dignidad, la justicia y la memoria histórica sin rendirse a las sectas oligárquicas, reaccionarias y opresivas que pululan con enormes recursos en el país. En resiliencia no ha sido superado.
Volviendo al diseño de las 2 o 3 izquierdas, el proceso histórico desmiente esa idea. El proyecto democrático revolucionario de la izquierda chilena fue la "vía chilena", la gran creación conceptual del líder socialista Salvador Allende que imprimiera alcance universal al objetivo de unir democracia y socialismo como fines históricos inseparables, idea que perduró a pesar de la bestialidad de la dictadura de Pinochet en su propósito de destruir sus profundas raíces en Chile y países como el nuestro que trabajan por el cambio social en democracia. Así, Allende grabó el concepto: sin democracia no hay socialismo.
Hoy, la ultraderecha planetaria de la que es entusiasta partícipe el Presidente electo, J.A. Kast, desprecia el régimen democrático y pretende echar las bases de un neofascismo articulado a escala global con el repetido argumento que no aceptarán "agendas ideológicas" en circunstancias que su objetivo es una regresión ultraconservadora al siglo 19, eliminando derechos laborales y feministas, vulnerando necesidades medioambientales y las demandas ancestrales de las comunidades humanas en sus territorios, un conjunto de derechos que hoy son fundamentales.
Por cierto, Kast no se atreve a usar la fatídica frase del 11 de septiembre de 1973, aquella de "extirpar el cáncer marxista", que usó la Junta Militar para definir su objetivo primordial: eliminar a la izquierda chilena; ahora bien, el discurso ultraconservador que pronunció en Bruselas, la semana pasada, lo sitúa como continuidad de ese nefasto propósito: la concentración de la riqueza, la exclusión social y el totalitarismo cultural.
El Presidente electo, bajo la dictadura, se formó, creció y aplaudió en un clima de férrea dominación oligárquica y autoritaria, en aquellas semanas de cruentos asesinatos a los dirigentes campesinos que participaron en la lucha por la reforma agraria, como los crímenes ejecutados en Cuesta Chada, en Paine, cuyos instigadores directos se protegieron tras el mismo régimen militar que cometía las atrocidades. Luego, en los 80, vivió en el periodo de éxtasis del dinero fácil conseguido con el aval del Estado, hasta que el modelo hizo crisis y se vino abajo. No va a cortar esas raíces aunque por exigencias mediáticas se desdobla con destreza.
Desde 1989, las fuerzas de izquierda que formaron parte de la Concertación se empeñaron en una gran tarea histórica: reponer y reconstruir la democracia chilena, luego de 17 años de fascismo militar y saqueo oligárquico del patrimonio nacional. Ese gran esfuerzo, a pesar de las diferencias entre ellas, fue tarea compartida por el conjunto de la izquierda chilena que luchó y se movilizó por el pleno restablecimiento de la democracia.
El segundo gobierno de Michelle Bachelet, mandataria militante socialista, incorporó desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Comunista en sus tareas fundamentales, incluyendo el gabinete de ministros. El objetivo fue sumar fuerzas para emprender los cambios que no se habían llevado a cabo en largos años de reimplantación democrática. El logro de la gratuidad de la Educación fue una de sus conquistas más relevantes.
En esta última etapa, el Presidente Boric volvió a invitar al conjunto de las fuerzas de izquierda y centroizquierda. No todas tomaron tareas ministeriales, pero si le respaldaron en un periodo muy difícil de inestabilidad que vivía Chile. En ningún momento, pudo separarse la perspectiva estratégica del gobierno entre los partidarios de tal o cual izquierda. Buena parte del tiempo su ministra del Interior, Carolina Tohá, fue militante del PPD. Hubiera sido un absurdo dividir la perspectiva unitaria con el criterio de "dos izquierdas".
Por cierto, los conflictos internos y los fenómenos de sectarismo que hubo no ayudaron en nada, salvo a que el gobierno tuviera más dificultades. El balance es claro: faltó cohesión y sobraron los conatos de dispersión, especialmente, al inicio del gobierno cuando el primer proceso constituyente careció de una conducción que lo llevará a buen puerto. Se volvió a comprobar que la realidad social, económica e institucional no se hace según la imaginación de quienes se sienten iluminados.
La publicidad acerca de tantas izquierdas resulta por momentos sospechosa. Sobre todo porque se insiste en un argumento que ya es una simple repetición: que concluyó la política del siglo XX, lo que es más que obvio. La razón de la insistencia de las fuerzas oligárquicas promoviendo cuñas o quiebres es que no se guían por preciosismos retóricos, sino que tienen como costumbre recurrir a la división política del movimiento popular para defender sus intereses. Ahora, la ultraderecha pretende repetir esa antigua estrategia.
Hay un cause común de la izquierda y la centroizquierda. Desde Pedro Aguirre Cerda hasta hoy le entregaron a Chile la industrialización, la base energética y la reforma agraria, un sistema nacional de salud y un sistema de Educación Pública, asimismo, la nacionalización de las riquezas básicas, el pleno reconocimiento de los derechos de la mujer y la revalorización como esenciales de los Derechos Humanos en cuanto factores primordiales para la dignidad del ser humano. La izquierda chilena, durante más de un siglo, ha conseguido hacer flamear la bandera de la dignidad, la democracia y la memoria histórica en Chile.
Por eso, la tarea de las tareas es lograr la unidad en la diversidad, una izquierda amplia, pluralista, con altura de miras para derrotar el sectarismo y generar fuerzas sociales potentes dotadas de una robusta gravitación nacional tras el objetivo estratégico de defender las conquistas populares y afianzar la democracia en Chile.
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