El frío barniz de la eficiencia

Cuentan que en los pasillos del poder la memoria es un estorbo, pero en la calle, donde la gente todavía se detiene a comprar el pan y a mirar los titulares de los diarios con sospecha, la memoria es lo único que nos mantiene a salvo. El sábado, mientras el país contenía el aliento ante la pantalla, el Presidente electo, José Antonio Kast, anunció los rostros de la llamada "segunda línea". Dicen que son técnicos, que son independientes, que vienen a gestionar una "emergencia". Pero quienes hemos aprendido a leer entre las costuras de la historia sabemos que los nombres nunca son solo nombres; son declaraciones de intenciones.

Hay algo profundamente revelador en la puesta en escena de este nuevo gabinete. Kast ha desplegado un mapa de hombres y mujeres que, bajo el barniz de la eficiencia, parecen habitar una realidad pulcra, casi aséptica, alejada de ese barro cotidiano que es la política de los afectos y las contradicciones. Al presentar a sus 16 delegados presidenciales y 39 subsecretarios, el mensaje fue claro: orden, jerarquía y una distancia prudente de los partidos tradicionales que hoy mendigan un poco de atención.

Me pregunto qué pensarán las vecinas que van a la plaza, esas que saben lo que cuesta llenar el carrito de las compras, al ver desfilar figuras como Máximo Pavez en Interior; futuro encargado de la seguridad y la expulsión de delincuentes extranjeros, hoy es recordado por haber litigado, precisamente, para evitar esas mismas expulsiones en casos de narcotráfico. O el caso de Fernando Barros en Justicia, que nos devuelve a la época de los abogados corporativos, que conoce por dentro el funcionamiento de los capitales del país, de la vieja guardia; de Pinochet y de los grandes grupos económicos como los Piñera-Morel, los Angelini o la familia Vial de Agrosuper. Para unos, es "renovación necesaria"; para otros, es el regreso de una élite que el país creía haber superado.

Se nos habla de un "gobierno de emergencia", un concepto que siempre me ha erizado la piel porque, en nombre de las emergencias, suelen sacrificarse los derechos y las pequeñas alegrías. El presidente electo ha optado por un equipo que parece diseñado para una gerencia o una junta de accionistas donde el mérito se mide en obediencia y la diversidad es un concepto que no figura en el orden del día y brilla por su ausencia. Es un equipo que comparte los mismos colegios, las mismas universidades y la misma visión de mundo.

Pero la política no es solo gestión de cifras; es, sobre todo, la gestión de la esperanza y del miedo, y gestionarlos requiere una sensibilidad que no se enseña en las facultades de ingeniería ni en los directorios de empresas. Y al ver esa foto oficial en la que se busca proyectar estabilidad, no puedo evitar sentir un frío que no tiene nada que ver con el clima de junio. Es el frío de las instituciones que se blindan, de los delegados que se presentan como guardianes de una frontera invisible entre "nosotros" y "ellos".

Al final, como siempre, nos quedará la tenacidad de lo cotidiano. Porque mientras los subsecretarios ocupan sus despachos y los delegados revisan sus nuevos mapas que ahora debe administrar, poner orden y vigilar, afuera sigue habiendo un país que palpita, que siente, que sufre y que, a pesar de todo, se empeña en seguir viviendo sin pedir permiso a los que mandan. La historia es terca, y por mucho que intenten escribirla con caligrafía de técnico, de militar o de empresarios que creen que la realidad se puede maquillar a conveniencia y domesticar a punta de decretos y hojas de cálculo, siempre acabará escrita con la letra de las urgencias médicas que no esperan, la del sueldo que se deshace en las manos, la de la integridad que no entiende de jerarquías: la letra de la gente común. Y cuando eso pasa, no hay subsecretario técnico ni asesor corporativo que pueda detenerla.

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