La profundidad de lo invisible: más allá de la superficie del sentido común

Las recientes declaraciones del Presidente electo en Bruselas nos han puesto, una vez más, frente al espejo de lo "evidente". Su comunicado, anclado en esa apelación directa al sentido común, resuena con fuerza en un mundo cansado de tecnicismos. Sin embargo, hay un riesgo silencioso en abrazar la "obviedad" como única verdad: el sentido común es un refugio cómodo, pero peligrosamente estrecho.

Es esa voz interna que nos dice que el sol sale por el este y que lo sólido no se desvanece. Es útil para sobrevivir al tráfico, pero insuficiente para entender el misterio de estar vivos. La realidad, esa señora esquiva, no se deja atrapar por la primera impresión; nos recuerda que el mundo, tal como lo vemos, depende del lente que llevemos puesto.

A ese lente, en el mundo de las ideas, lo llamamos "ismos". Aunque suenen a conceptos de una academia lejana y polvorienta, son los cristales con los que la humanidad ha intentado descifrar el caos. Son las herramientas que crearon el celular, la anestesia y la democracia. Así, quien sostiene que solo lo percibido por los sentidos es verdadero, habita el empirismo. Quien cree que las ideas pueden modelar la realidad, se acerca al idealismo. Y quien afirma que la coherencia lógica debe orientar la acción, se sitúa en el racionalismo.

No son etiquetas; son los cimientos de nuestra libertad. Fue el humanismo el que desafió la "obviedad" de que unos nacían para mandar y otros para obedecer. Gracias a que alguien cuestionó ese sentido común, dejamos de ser esclavos para ser ciudadanos con dignidad. Hoy, ese mismo sentido común se ve interpelado por voces que antes habitaban el silencio: el feminismo, que revela cómo el mundo se construyó invisibilizando a la mitad de la experiencia humana; el indigenismo, que reconoce formas de habitar el territorio que el racionalismo ciego despreció como primitivas; y el ambientalismo urgente, que nos recuerda que la Tierra no es un recurso infinito, sino el límite físico de nuestra existencia.

Cuidado, el sentido común es perezoso y ama las apariencias. Nos dice que el tiempo es igual para todos, hasta que Einstein demuestra lo contrario. Nos dice que una mesa es sólida, hasta que la física cuántica nos revela que es casi puro vacío. La diferencia es vital: el sentido común acepta lo que "parece" ser; la epistemología se pregunta cómo "sabemos" que es así. Despreciar los "ismos" es intentar navegar el océano con un mapa de barrio.

Es más, nuestras certezas se tambalean ante los "ismos" del siglo XXI: el tecnocentrismo, que eleva el algoritmo por sobre el abrazo, o el transhumanismo, que promete vencer la muerte con silicio. Si no educamos el ojo para reconocer estos disfraces de eficiencia, terminaremos siendo extranjeros en nuestra propia humanidad, títeres de los gurús de turno.

Ahora bien, no es casualidad que sea en Chile donde hayamos aprendido que el cielo no es un manto estático. En lo alto de Chajnantor, las antenas de ALMA no buscan luz, sino ondas invisibles que el ojo humano, limitado por su sentido común, no puede percibir. Fue ese saber riguroso el que nos permitió fotografiar la infancia de un sistema solar o hallar el "azúcar" de la vida en el vacío.

Navegar las estrellas no es contemplación, es traducción. Así como ALMA decodifica el silencio del universo para revelarnos mundos nuevos, el pensamiento crítico decodifica el ruido del presente para revelarnos la verdad, mientras tanto, el sentido común siempre será como un buen zapato para caminar por la vereda, pero nunca será suficiente para enseñarnos a navegar el infinito. Mucho menos para no perdernos en él.

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