Chile es más rural de lo que creemos

Durante décadas, Chile abordó su desarrollo desde una lógica predominantemente urbana. Este enfoque se reflejó en decisiones e inversiones que se concentraron en las ciudades, generando brechas persistentes con el mundo rural. La promulgación de la Política Nacional de Desarrollo Rural en 2020 marcó un punto de inflexión al reconocer el valor de la ruralidad y la necesidad de avanzar hacia un desarrollo más equilibrado.

Esta política permitió visibilizar una realidad que muchas veces se ignora. Chile es un país profundamente rural. De acuerdo con su clasificación, 185 comunas son predominantemente rurales y 78 son comunas mixtas, las que en conjunto representan más del 80% del territorio nacional. Sin embargo, esta condición territorial no siempre se traduce en igualdad de oportunidades ni en un acceso equivalente a bienes y servicios para quienes habitan estos espacios.

Pese a los avances registrados en los últimos años, persisten brechas territoriales. En el acceso al agua potable, mientras en al menos la mitad de las comunas urbanas menos del 10% de las viviendas carece de conexión a la red pública, en las comunas rurales entre 20% y 40% de los hogares no cuenta con este servicio básico. En conectividad digital, si bien el acceso declarado a internet es alto tanto en zonas urbanas como rurales, las diferencias se expresan con mayor fuerza en la calidad, estabilidad y tipo de conexión disponible, lo que incide directamente en el acceso efectivo a educación a distancia, telemedicina, trámites del Estado y oportunidades productivas.

La pobreza multidimensional refleja con claridad estas desigualdades. En zonas rurales alcanza 28 %, frente al 15,5 % en zonas urbanas, evidenciando carencias simultáneas en educación, trabajo, vivienda y entorno. En el mundo rural, la informalidad laboral es mayor, el déficit cualitativo de la vivienda casi duplica al urbano y los problemas de accesibilidad afectan a una proporción significativamente más alta de los hogares. No se trata de brechas aisladas, sino de desigualdades estructurales que se reproducen territorialmente.

Al mismo tiempo, la ruralidad ha cambiado. Hoy es diversa, heterogénea y dinámica. Las actividades económicas, las formas de habitar y las relaciones con las ciudades no responden a una imagen única ni estática. Comprender esa diversidad resulta clave para una mejor toma de decisiones. En esa línea, el Consejo Nacional de Desarrollo Territorial ha venido trabajando en avanzar hacia una comprensión más fina de las distintas realidades rurales, a través de clasificaciones territoriales a escala subcomunal que incorporen criterios como densidad, tamaño de la población, distancia y usos de suelo, con el objetivo de aportar mejores herramientas al diseño de políticas públicas.

Este esfuerzo se inscribe en un cambio de enfoque más amplio. Instituciones internacionales como Naciones Unidas y la OCDE han sido claras en señalar que el desarrollo urbano y rural no puede pensarse por separado. Lo que ocurre en las ciudades impacta directamente en la ruralidad y lo que sucede en el mundo rural influye también en la vida urbana. Esta mirada integrada comienza a consolidarse en la Política Nacional de Desarrollo Urbano actualizada, que incorpora la interfaz urbano-rural como un espacio estratégico de planificación y no como un borde residual.

El desafío hacia adelante es seguir avanzando hacia una mirada integral del país, que reconozca estas interdependencias y permita planificar de manera coherente su diversidad. Esa integración exige una responsabilidad clara. La ruralidad no puede quedar diluida en enfoques generales, sino que debe ser cuidada explícitamente, implementado políticas pertinentes a cada territorio, y al mismo tiempo que se enfrentan las brechas persistentes en acceso a servicios, infraestructura y oportunidades entre quienes habitan zonas rurales y urbanas.

En este contexto, resulta clave que el Consejo Nacional de Desarrollo Territorial continúe aportando a una discusión que articule lo urbano y lo rural desde una mirada integrada. Profundizar este enfoque, comprender la diversidad de la ruralidad y contribuir a reducir las desigualdades territoriales sigue siendo una tarea necesaria para avanzar hacia un desarrollo más justo y equilibrado.

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