Adopciones crueles

Quisiera reflexionar sobre una pregunta que insiste, pero de la cual poco nos hacemos cargo, ¿de dónde puede sacar la gente que dar un hijo en adopción es una salida limpia, fácil y poco dañina para las mujeres?


El reportaje de Ciper sobre el sacerdote Joannon evidencia –entre otras cosas que no comentaré acá- un discurso facilista que ha estado presente en el conservadurismo chileno desde décadas.


Discurso que se ha enarbolado como consigna en los grupos mal denominados pro vida como una alternativa al aborto: dar al niño “no deseado” en adopción, bajo el manto de un sentido piadoso y de protección a la vida.


Discurso que ha permitido y sostenido por décadas actos tan atroces como los que ese reportaje devela. Porque esto es historia antigua en nuestro país. Pero no historia pasada. Muy presente aún.


Quiero dejar en claro que lo que plantearé no es un discurso en contra de la alternativa –absolutamente legítima- de muchas mujeres de dar un hijo en adopción. Lejos estaría de plantear algo así.


Tengo la convicción de que una mujer no solo tiene todo el derecho de decidir, primero, a querer llevar un embarazo a término, sino que también, no obstante esa decisión, decidir que la mejor alternativa es entregarlo en adopción. Esto es porque entregar un niño en adopción implica contemplar la posibilidad de que pueda ser criado por alguna familia que tenga las condiciones emocionales que ella siente que no posee en ese minuto de su vida.


Lo que quiero dejar explicitado en esta columna es mi crítica sobre la idea de que esa decisión es fácil y aséptica.


Las personas que se oponen a la despenalización del aborto y proponen esta solución como la gran salida moral para las mujeres, obvian algo que es muy relevante: el proceso de maternaje de una mujer embarazada en el transcurso de los meses de gestación y la consecuente violencia al tener que ser separado de ese niño.


En mi ejercicio clínico he visto a no pocas mujeres enfrentadas a ese dolor. Es más, he acompañado a mujeres con embarazos producto de violaciones que han optado por dar ese niño en adopción.


He asistido al conflicto que eso les genera, a las culpas que deben ser trabajadas día a día, al trabajo constante y diario de desidentificación de ese ser que crece y se hace carne en sus cuerpos.


Conflicto que, ciertamente, no termina en el momento de hacer entrega de su hijo, por mucho que la decisión se valore y no se cuestione. Las he acompañado esos meses, a algunas en sus partos, y también en tiempos posteriores donde este relato es una historia que se constituye como un mal sueño.


Recordemos, en este punto que la opción del aborto, para muchas de ellas, no era posible.Uno, porque el aborto en este país no es legal; dos, porque la presión social y/o religiosa hace que esa decisión pueda vivirse con una culpa que aliena la propiedad de las mujeres de sus propios cuerpos y vidas; tres, por no contar con los apoyos económicos y psicológicos que una decisión de esa magnitud requiere; cuatro, por decisión clara y decidida de no querer abortar.


También he conocido historias de mujeres que, al igual que de las que conocimos testimonio por el reportaje de Ciper, fueron víctimas de terceros que tomaron la decisión por ellas. Mujeres cuya decisión fue tomada por sus familias, sin que nadie les consultara.


Mujeres a veces engañadas, otras silenciadas, cuyo deseo profundo y final era ejercer la maternidad de ese ser que era considerado por ellas como un hijo.Y es horroroso que te arrebaten un hijo. Horroroso y de una violencia inconmensurable.


Estamos hablando de la dimensión del dolor psíquico, algo que para muchos en este país –demasiados- no tiene ningún lugar visible.


Quienes creen que la adopción es una opción ante el aborto, están en lo cierto. Lo es.Pero quienes creen que es una decisión mejor que el aborto, que no genera daños en la psiquis femenina, que es capaz de borrar las huellas de una historia que se pretende olvidar, están muy equivocados.


Y es hora que enfrentemos el tema del resguardo de nuestras mujeres de una manera seria. De dejar de sacralizar la maternidad dándole condiciones de una moralidad conservadora que no tiene.


De poder devolver a las mujeres la decisión sobre lo que pasa en sus cuerpos y en sus vidas.


De dejar de considerar que un niño es un objeto de intercambio. Y de poder decidir, con todas las complejidades que conlleva, cuál es la mejor decisión para sus vidas y para la vida eventual de ese niño o niña.


Sólo en ese minuto vamos a poder dejar de avalar historias como las que estos casos nos han enrostrado, relatos de vida que construyen la historia oculta de este país que insiste y aparece de vez en cuando para recordarnos que la crueldad puede esconderse bajo las mantas de la malentendida moral.


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