Greta y el Winnipeg

Hace pocos días atrás, nos alegrábamos por el arribo de la joven activista sueca, Greta Thunberg, a las costas de Nueva York, luego de quince días de travesía, cruzando el Atlántico. Cinco mil kilómetros de viaje para entregar un mensaje de esperanza y de responsabilidad a la humanidad. Para decirnos que es tiempo de actuar, para poder legarle un mundo y un planeta vivible a nuestros hijos. 

Hace 80 años, otra nave cruzaba el mismo océano, durante 30 días, transportando a 2.201 hombres y mujeres expulsados de su tierra por la Guerra Civil Española. El gobierno chileno de la época, pese a la reticencia y resistencia de algunos - cuyas voces, lamentablemente, hoy se vuelven a escuchar - mandató a Pablo Neruda quien, con la ayuda de muchas manos alrededor del mundo, consiguieron financiar un viaje que parecía imposible. 

Ese viaje, al igual que el de Greta, también era de esperanza, sobre todo, para esas mujeres, hombres, jóvenes y niños que venían a bordo, pero también para esta tierra de trabajo y esfuerzo que los recibía y que ya conocía, desde siempre, del aporte de quienes no habiendo nacido aquí, se fundieron con su historia. 

Allí está el testimonio de los europeos, árabes, asiáticos y los muchos latinoamericanos que nos ayudaron a construir este país y que, en nuestros días, reconoce el aporte de numerosos hombres y mujeres profesionales, deportistas y emprendedores que han hecho de Chile no su segundo país, sino su hogar principal y a veces definitivo. 

Porque los españoles que venían en el Winnipeg, al igual que la gran mayoría de los inmigrantes de todos los tiempos, eran gente de esfuerzo, de tesón, dispuestos a la mayor entrega, para retribuir la fraternal y humanitaria acogida. 

Y tras 80 años, no hay duda del aporte de los pasajeros del Winnipeg. Tanto los 24 que se bajaron en Arica el 30 de agosto de 1939, como aquellos que desembarcaron en Valparaíso la noche del 3 de septiembre y, cuya nómina, encabezan alfabéticamente Abad, Abadía, Abarrategui y Abaurre y que cierran Zanca, Zapata, Zapico, Zárraga, Zanabal y Zugaste. La mayoría partió a Santiago, muchos quedaron en el puerto y otros siguieron hacia Argentina. 

Entre quienes se radicaron en Santiago estaba Roser Bru Llop quien, con 16 años, figuraba en el número 269 de la lista de pasajeros del Winnipeg. Hasta hoy, tenemos el privilegio que esta destacada pintora y artista, Premio Nacional de Artes Plásticas, y una de las pocas sobrevivientes del barco, nos siga acompañando. 

Hace algunas semanas en una entrevista, su nieta menor, Amalá Saint-Pierre, contaba que mirando los cuadros de su abuela, notó que en ninguno estaba el Winnipeg. Al preguntarle la razón, ella fue escueta: porque no me pertenece, le dijo. Y aunque tal vez sea una frase que suena dura, tiene mucha razón.

Porque si justamente ocho décadas después recordamos esa épica travesía que nos hermana con el pueblo español es, justamente, porque el Winnipeg no es solo de ella, ni de quienes llegaron en el, ni de Neruda. Como símbolo de humanidad, de fraternidad, de solidaridad, de asilo y de resistencia, el Winnipeg es un poco de todos. 

Porque aunque el mítico barco ya no surca los mares, lo sigue haciendo de muchas formas en quienes entienden que nadie abandona su país por gusto, que nadie quiere dejar a sus seres queridos y que si llega a hacerlo necesitará de las manos fraternas que lo acojan, para continuar viviendo una vida digna, aportando a su propio desarrollo y al de esa sociedad que le abre las puertas, sin miedo a la diversidad que, en cada época, ha venido a aportar su grano de arena a la construcción de nuestras identidades regionales y nacionales. 

Por eso, no se trata solo de rememorar a tantos que hace 80 años se atrevieron a tanto. Estamos aquí, porque su ejemplo es un hito de nuestra historia republicana y nos emplaza, como hoy lo hace Greta, para recordarnos que ciertamente podemos ser mejores que la pequeñez del egoísmo y seguir cultivando la amistad entre pueblos, para poder merecer la condición de ser dignos herederos de los viajeros del Winnipeg, y seguir así siendo el asilo y la mano amiga de quienes lo necesitan.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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