Niños invisibles

Cerca de un mall, o en sitios eriazos al lado de un metro. En el hall de un banco, en rucos pequeños o carpas en algún parque. Invisibles entre los más invisibles. Con eufemismos de “situación de calle” nos hemos acostumbrado a no verlos, a no reparar que son cientos de niños de distintas edades, que habitan en los rincones de la ciudad, donde puedan proveerse de algo de agua, de la comida sobrante de algún patio de comidas.

Ellos no tienen ”Junaeb”, porque hace rato dejaron el colegio; algunos con el apoyo de fundaciones  y ONG ´s tratan de volver. No es fácil.

Otros con un pito o una pipa pasan el día, ya que no faltó el adulto que transó con ellos la droga a cambio de que la movieran de un lugar a otro, o el que abusó y explotó su dignidad frente de quienes transitan las calles oscuras, o a vista y paciencia de quien debe cuidarlos.

Niñas y niños que huyeron no sólo de su casa, sino también de un hogar donde el Estado sostiene que los “protege”.

Huyen de los abusos, de la violencia, del trato indigno.

Huyen de la falta de oportunidades, del rechazo, de la discriminación.

Algunos huyen por salvar su vida. Niños que no son buscados, y por el contrario, son un egreso administrativo más. Un olvido que sólo aparece en un registro de defunción.

Son cerca de 900 niños que viven en la calle, pero no pertenecen a ella. Ellos también son nuestros hijos. Hacen familia en la calle, se cuidan porque nadie lo hace por ellos, sobreviven y tienen sueños como todos nosotros. Estudiar, tener una casa, vivir con quienes aman. Son niños, no parias, ni delincuentes,  a los que turbas indignadas persiguen culpando sólo por estar ahí. No son objetos para transar, ni un desecho estético que erradicar porque el barrio se “afea”.

Hoy esta realidad es apenas visible, una oferta que no es capaz de responder a sus necesidades, limitada en recursos y en resultados. Con ellos todos llegamos tarde, nunca hubo prevención, ni preocupación. Por esto debemos priorizarlos, puesto que todavía podemos hacer algo.

El rol de la comunidad es clave: allí está el adulto protector o la familia subsidiaria que un vecino construye para ellos, el puente con otros, para empezar a ver, para vincular los factores protectores que irán gradualmente haciendo el cambio para su inserción.

El Estado tiene el desafío y la gran oportunidad de encarnar la voluntad política que busque mejorar la vida de estos niños, quienes pueden ser actualmente un número marginal en la ecuación presupuestaria, pero que en la realidad son la medida unívoca del desarrollo y del alma de nuestra nación.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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