Born in Chile: la clase media paga la cuenta

"Born in the U.S.A.", canción de Bruce Springsteen publicada en 1984, suena a orgullo nacional, pero cuenta la historia de un trabajador enviado a Vietnam que vuelve a un país sin empleo ni apoyo, atrapado en la periferia del sueño americano. Bajo el estribillo patriótico se esconde un Estado que exige sacrificios a su clase trabajadora y luego se desentiende cuando llegan las facturas de la crisis. En plena campaña, Ronald Reagan intentó usarla como jingle patriótico; Springsteen se negó, y aun así el presidente lo citó como símbolo del "mensaje de esperanza" estadounidense, obligando al equipo del músico a recordar que la letra habla de veteranos abandonados y ciudades obreras sin mañana, no de una economía triunfante.

Es un caso clásico: una denuncia de precariedad reciclada como banda sonora del mismo modelo económico que critica. En el Chile de José Antonio Kast algo parecido ocurre con el lenguaje del "gobierno de emergencia", la "reconstrucción nacional" y el plan "Chile Sale Adelante": se convoca a apretar los dientes por la patria justo cuando se recortan subsidios, se adelgaza el Mepco y se permiten alzas históricas en combustibles que operan como un impuesto regresivo sin nombre. En esta versión local podría decirse que estamos viviendo un "Born in Chile", donde la clase media vuelve a ser la que paga la cuenta.

Desde marzo de 2026, La Moneda ha ordenado su relato en torno a un "gobierno de emergencia", al restablecimiento del orden y a la recuperación de una identidad nacional dañada. En su primer discurso, Kast habló de "orden donde hay caos, alivio donde hay dolor y esperanza donde hay abandono", sostuvo que "nos entregan un país en peores condiciones de las que podíamos imaginar" y afirmó que "la autoridad tiene que ser fuerte porque nuestro Chile lo necesita". Interior promete "recuperar el control del territorio", la vocera instala el Plan de Reconstrucción Nacional como épica de resiliencia y Defensa apela a un "patriotismo minero" para justificar desregulaciones en sectores estratégicos. El clima de emergencia y orgullo nacional es el telón de fondo de las decisiones económicas.

El primer gran paquete es el Plan de Reconstrucción Nacional. Frente a los incendios y al menor dinamismo, el Gobierno anunció una rebaja del impuesto de primera categoría desde 27% a 23% en régimen, mediante una reducción gradual de cuatro puntos, junto con otras rebajas y beneficios tributarios para la inversión. Cada punto de rebaja implica cientos de millones de dólares menos de recaudación anual; en conjunto, son varios miles de millones en pocos años. El plan incorpora además un subsidio masivo al empleo formal. La lógica es aliviar hoy la carga del capital para empujar inversión y empleo mañana. Pero ese alivio no es neutro: se financia con recortes del orden de 3% en el gasto de todos los ministerios y con menos espacio para amortiguar shocks externos como el encarecimiento del petróleo.

Ahí entra la imagen del "fisco sin caja". Según el ministro de Hacienda, la administración anterior dejó saldos efectivos por unos US$ 40 millones, frente a los 3.000-4.000 millones habituales, lo que obligaría a ajustar gasto por cerca de US$ 4.000 millones y a ser extremadamente cautelosos con nuevos subsidios. Con ese marco, cuando el precio del petróleo se dispara hacia los US$ 120 por barril, el Ejecutivo presenta el plan Chile Sale Adelante para enfrentar un alza calificada como "brutal" e incluso "inédita en 40 años". El paquete incluye congelar el pasaje del sistema Red en Santiago, recursos adicionales para el transporte en regiones, estabilizar la parafina y apoyos a taxis y colectivos. Lo decisivo está en el ajuste de los parámetros del Mepco, que abre paso a alzas del orden de $370 por litro en gasolinas y $580 por litro en diésel en una semana. [

El Mepco ajusta la componente variable del impuesto específico a los combustibles para amortiguar variaciones de corto plazo del precio internacional. En 2022, frente al shock asociado a la guerra en Ucrania, Chile destinó más de US$ 2.300 millones al mecanismo para evitar que las bencinas superaran de forma sostenida ciertos niveles. En 2026, con un diseño en el que la prioridad fue rebajar impuestos al capital y recortar gasto, se opta por usar menos el Mepco, ahorrar recursos y trasladar al consumidor una fracción mayor del shock.

El efecto sobre la distribución del ingreso es directo. Un aumento cercano a $400 por litro, con un consumo de 60 litros mensuales, implica alrededor de $24.000 adicionales cada mes para un hogar que depende del auto para trabajar, sin contar el encarecimiento del transporte de alimentos y servicios. Para un hogar de altos ingresos, ese monto es marginal; para una familia de clase media que percibe entre $800.000 y $1,5 millones, puede ser la diferencia entre mantener capacidad de ahorro o recurrir al crédito a fin de mes. Lo que el Estado ahorra hoy en subsidio se paga mañana, con intereses, en la boleta del supermercado.

En "Born in the U.S.A.", el impuesto regresivo no figura en ninguna ley: se cobra en desempleo, barrios sin futuro y promesas rotas a quienes "nacieron allí" y cumplieron con todo lo que el país les pidió. En el Chile del gobierno de emergencia, el impuesto tampoco se llama impuesto: se llama bencina 300 o 400 pesos más cara, un Mepco adelgazado, un presupuesto comprimido en partidas sociales en nombre de la responsabilidad fiscal. La secuencia es clara: primero, rebaja de impuestos corporativos y beneficios al capital; luego, recortes generales de gasto; finalmente, ajuste vía precios de combustibles que pagan hogares y pymes.

Amar a un país, en economía, no es cantar más fuerte el coro sino mirar con cuidado los mecanismos. Eso implica preguntarse quién gana con la rebaja del impuesto de primera categoría, quién pierde cuando se recorta el gasto y quién absorbe el shock cuando se decide no seguir amortiguando el precio de los combustibles porque el fisco estaría "sin caja". Si la respuesta, una y otra vez, apunta a la clase media, entonces la verdadera emergencia no está en la caja fiscal ni en los mercados energéticos, sino en un patrón de política económica que aprendió a disfrazar sus impuestos regresivos de patriotismo y sentido común.

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