Conceptos de la innovación: destrucción creativa

En 1942, el economista austriaco Joseph Schumpeter publicó su libro "Capitalismo, socialismo y democracia", en el cual introdujo uno de los conceptos más importantes para entender el funcionamiento del capitalismo moderno: la destrucción creativa. Para el autor, el capitalismo no es un sistema estático que converge naturalmente al equilibrio, sino que es un proceso dinámico y disruptivo.

El concepto de destrucción creativa captura precisamente esa idea: una permanente transformación de la estructura productiva a medida que nuevas tecnologías, nuevos productos, modelos de negocio y formas de organización reemplazan a las existentes. En este proceso, las empresas que alguna vez fueron exitosas dejan de serlo, pierden relevancia o incluso desaparecen, liberando recursos -capital, trabajo y conocimiento- que luego son reasignados de manera espontánea hacia actividades y empresas capaces de utilizarlos de manera más eficiente. Es decir, las empresas más productivas desplazan a aquellas menos productivas y posibilita que aparezcan otras nuevas, que deben ser igualmente productivas para mantenerse en el mercado.

Esta visión del capitalismo releva el rol de la innovación como un mecanismo para que las empresas se vuelvan cada vez más eficientes. Sin embargo, este desplazamiento y reasignación de recursos, muchas veces, no ocurre de manera gradual, sino que puede ser abrupto.

El progreso tecnológico y la introducción de innovaciones disruptivas no solo crean nuevas oportunidades, sino que también pueden volver obsoletas a industrias completas. La historia económica ofrece numerosos ejemplos: la mecanización desplazó al trabajo artesanal, el automóvil redefinió el transporte urbano y hoy la digitalización está transformando sectores tan diversos como el comercio, las finanzas o los medios de comunicación.

Desde esta perspectiva, la destrucción creativa no es una falla del capitalismo o de los mercados, sino su principal motor. Es precisamente este proceso el que permite aumentos sostenidos de productividad y, en última instancia, un mayor crecimiento en el largo plazo. Intentar evitarlo, advierte Schumpeter, puede terminar debilitando la capacidad de adaptación y limitando el crecimiento de la economía. De ahí su provocadora idea de que no siempre es deseable estabilizar por completo los ciclos económicos del capitalismo, ya que ello puede implicar inhibir la innovación.

Décadas más tarde, esta idea schumpeteriana fue formalizada por los economistas Philippe Aghion y Peter Howitt (galardonados con el Nobel de Economía 2025). En una serie de influyentes trabajos, desarrollaron modelos de crecimiento endógeno donde la innovación surge como resultado de incentivos económicos y competencia, y donde cada nueva innovación "destruye" rentas asociadas a tecnologías anteriores, pero también impulsa la adopción de otras nuevas. En estos modelos, el crecimiento de largo plazo depende crucialmente de la capacidad de una economía para permitir la entrada de nuevas empresas, la experimentación y la reasignación eficiente de recursos.

Comprender la destrucción creativa es clave para el debate actual sobre crecimiento y desarrollo y también para el diseño de políticas públicas. En el caso de Chile, esto implica asumir que proteger indefinidamente sectores o empresas poco productivas puede terminar limitando las posibilidades de crecimiento. Por ejemplo, la poca flexibilidad del mercado laboral, marcada por restricciones a los despidos y altas indemnizaciones, impide que haya un fluido reacomodo de los trabajadores hacia aquellas empresas que están surgiendo a partir de firmas menos eficientes.

Lo mismo sucede con la "permisología", que retrasa la entrada de nuevas empresas y tecnologías que pueden desplazar a las menos productivas. En una economía que busca crecer de manera sostenida, promover la competencia, facilitar la entrada de nuevos actores y apoyar la reconversión laboral son condiciones necesarias para que esta destrucción sea verdaderamente creativa.

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