El maqui, otro caso de Chile antes de Chile

Una llamativa sorpresa ha causado entre algunos santiaguinos enterarse que la excavación realizada bajo el Museo de Historia Nacional se han encontrado ruinas incaicas, que demuestran que al llegar los españoles a Chile, este era un territorio ya habitado por diversos pueblos originarios. Es lo que los investigadores han denominado como la existencia de Chile antes de Chile.

Sin embargo, al parecer, no es el único caso de este tipo.

Recientemente, alertados por investigadores y organizaciones medioambientales, hemos constituido un Coalición de Defensa del Maqui, con el fin de salir al paso de quienes creen recién haberlo descubierto. Así, hemos ido desplegando un conjunto de acciones que buscan poner freno a lo que los científicos y las comunidades consideran derechamente un acto de biopiratería.

Ya en junio pasado presentamos junto al senador Tuma y otros legisladores un proyecto de ley que reconoce y protege el patrimonio cultural indígena y previene y sanciona la biopiratería. Durante agosto hemos formalizado sendas presentaciones ante el Instituto Nacional de Propiedad Industrial y el SAG oponiéndonos a las solicitudes de patentamiento de tres especies de maqui que dos universidades realizaron.

Hace un par de semanas, con la firma de 20 legisladores, presentamos un proyecto de acuerdo solicitando al Ejecutivo adoptar las medidas administrativas y legislativas, que tengan como objetivo evitar que los recursos naturales endémicos en general, y los recursos naturales de uso ancestral en particular, puedan seguir siendo utilizados, patentados y comercializados sin ninguna restricción por particulares, empresas o laboratorios que, solo por manifestar un interés, y sin acreditar ningún derecho asociado, los exploten sin que como lo establece la Convención de la Biodiversidad suscrita por Chile, exista participación en los beneficios para el país o los pueblos originarios involucrados.

En la misma línea, en lo inmediato esperamos solicitar al gobierno que ratifique el Protocolo de Nagoya que es un complemento que busca desarrollar el Convenio de la Diversidad Biológica con respecto a los derechos de los pueblos indígenas y comunidades locales en esa materia.

La necesidad de ratificar este Protocolo surge, tal como el instrumento mismo, a partir de la evolución que ha tenido en el tiempo la Convención UPOV para la Protección de Nuevas Variedades de Plantas, que se ha ido haciendo cada vez más estricta y más parecida a un sistema de patentes, lo que la ha terminado poniendo en la vereda de enfrente de quienes quieren preservar el conocimiento ancestral en materia de biodiversidad, tal como se aprecia en el debate sobre el TPP.

Nos oponemos a estos intentos de patentamiento, porque como lo han señalado los expertos jurídicos y biológicos, los elementos del patrimonio cultural indígena se están convirtiendo en “bienes apropiables”. Es el caso del Maqui y de otros recursos genéticos provenientes de las plantas que se localizan en regiones con abundante biodiversidad y donde los pueblos poseen antiguo y abundante conocimiento sobre el proceso de elaboración de compuestos medicinales y alimentos con ellos.

El caso de la Rapamicyna y la Rapamune es gráfico al respecto. Siendo recursos genéticos colectivos del pueblo Rapanui, se constituyeron patentes sobre ellos en el extranjero. Científicos de la empresa canadiense Wyeth recolectaron la Rapamicyna de la que se extre el compuesto que evita rechazos en los pacientes transplantados, en tanto que el rapamune fue patentado en Canadá sin mediar reparto de beneficios a los chilenos.

El Maqui es un vegetal sagrado para los mapuche, símbolo de benévola y pacífica intención, y por lo mismo presente en todas las reuniones sociales. Es además un adorno obligatorio del símbolo religioso, el Rewe. Sin embargo, pese a existir diversos proyectos comerciales y científicos sobre este recurso, en ninguno de ellos existe algún tipo de consentimiento, participación o distribución de beneficios a comunidades u organizaciones mapuches.

La enorme biodiversidad agrícola de Chile presenta un importante número de razas locales y variedades antiguas de varios cultivos tradicionales: por ello es centro de origen de la papa, el tomate y la frutilla. Algunos recursos, sin embargo, de alto valor ornamental, alimenticio y medicinal no están siendo adecuadamente valorados y conservados y se están perdiendo por desuso.

Ante este escenario, con fuerte demanda nacional e internacional de universidades, laboratorios y empresas, que buscan patentar diversos recursos genéticos en distintas partes del mundo, lo que se requiere es avanzar decididamente hacia una normativa que no limite el acceso, pero regule de una manera más rigurosa y justa su uso frente a los intentos de apropiación comercial, para que sigan siendo naturales, silvestres y libres.

Chile debe avanzar en la línea señalada desde 2012 por el grupo de trabajo de la ONU sobre “Asuntos Relativos al Comité Intergubernamental sobre Recursos Genéticos y Propiedad Intelectual, Conocimientos Tradicionales y Folclore”, buscando asegurar los principios del consentimiento informado, los acuerdos mutuamente acordados, la distribución equitativa de beneficios y la transparencia de la información.

Chile tiene una biodiversidad extraordinaria. De ello no cabe duda. Pero su preservación no dependerá de los avances globalizadores de la biotecnología. En gran medida subsisten hasta nuestros días gracias al cuidado, cultura y uso tradicional por parte de los pueblos originarios.

Eso es lo que queremos cautelar. Partiendo por reconocer que ya había un Chile antes del Chile de los españoles y, ciertamente, del Chile actual.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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