El rendimiento económico de la Inteligencia Artificial ha entrado en una fase de escrutinio riguroso. Durante los últimos años, el mercado global ha destinado sumas extraordinarias a la creación de infraestructura, principalmente centros de datos y semiconductores especializados. No obstante, recientemente se ha reportado una discrepancia creciente entre el gasto de capital invertido por las grandes corporaciones y los ingresos que las aplicaciones finales están generando efectivamente en el mercado real.
Esta asimetría sugiere una asignación ineficiente de recursos a una escala que recuerda a otros ciclos históricos de entusiasmo tecnológico, donde la oferta de infraestructura superó con creces la demanda de servicios útiles para el consumidor final. Según los expertos, las causas de este proceso suelen encontrarse en una combinación de factores: una liquidez abundante que busca sectores de alto crecimiento, el temor de los inversores a quedar fuera de la próxima gran transformación y una narrativa pública que presenta a la IA como una solución universal potencialmente para cualquier problema.
Las consecuencias de este tipo de inflaciones financieras son también conocidas. Cuando las expectativas no se cumplen en los plazos previstos, se produce un ajuste de valoraciones que puede derivar en una retirada masiva de capitales, afectando no solo a las empresas de software, sino también a la cadena de suministros, la infraestructura de hardware y la confianza general en la innovación tecnológica. Con todo, creo que restringir el análisis exclusivamente en las fluctuaciones de la bolsa o en el capital de riesgo resultaría insuficiente para comprender la magnitud del fenómeno actual.
Esta burbuja inflacionaria en torno a la IA, si bien puede explicarse en términos de las dinámicas del mercado, parece responder de modo más profundo a un "hype cultural" frente a la tecnología, detrás de lo cual operan determinadas creencias sobre cómo las máquinas superarán a la inteligencia humana (como señaló de manera grandilocuente y provocadora Elon Musk en el último foro en Davos), creencias que pueden ser discutidas según como entendemos la noción misma de inteligencia.
Este entusiasmo desmedido se apoya en una visión que reduce la capacidad intelectual a la eficiencia en el procesamiento de datos, la velocidad de cálculo y la identificación de patrones estadísticos. Bajo esta premisa, parece lógico suponer que un sistema con acceso a una capacidad de cómputo superior terminará por desplazar la labor del pensamiento humano en todas sus dimensiones.
Sin embargo, esta interpretación de la inteligencia es limitada. La inteligencia humana no consiste únicamente en la resolución de problemas lógicos o en la generación de contenidos basados en probabilidades; implica, sobre todo, la capacidad de otorgar sentido, de comprender el contexto social y ético, y de actuar con una intención que va más allá de la instrucción recibida. El "hype" cultural tiende a ignorar estas distinciones, atribuyendo a los algoritmos cualidades de comprensión y conciencia que no poseen. Al tratar a la IA como una entidad con potencial de autonomía intelectual, se alimenta una expectativa que la técnica no es capaz de satisfacer.
Esta distorsión cultural no solo afecta a los mercados, sino que altera nuestra relación con el conocimiento y el trabajo. Cuando se sobredimensiona las capacidades de las máquinas, al mismo tiempo se corre el riesgo de subestimar las facultades humanas, como la intuición, la empatía y el juicio moral. La fascinación por el rendimiento técnico a menudo oculta una renuncia implícita a desarrollar nuestras propias capacidades, delegando en la herramienta no solo la ejecución de tareas, sino también la toma de decisiones fundamentales.
La reflexión sobre esta tecnología no debe agotarse en la eficiencia técnica o el éxito financiero. Es necesario preguntarse qué lugar ocupa el ser humano en un entorno saturado por la automatización y cómo nuestras preferencias se ven moldeadas por la oferta tecnológica constante. Como se afirma en un interesante documento sobre IA del Vaticano "El peligro no reside en la multiplicación de las máquinas, sino en el número cada vez mayor de personas acostumbradas desde la infancia a no desear más que lo que las máquinas pueden proporcionarles" (Antigua et Nova). En última instancia, la burbuja de la IA, además de representar un problema de activos financieros, es reflejo de una crisis en la comprensión de nuestra propia naturaleza intelectual y en la forma en que proyectamos nuestros deseos hacia el futuro.
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