Por años el debate sobre la alimentación del futuro se ha centrado en una pregunta clave: ¿Cómo producir alimentos suficientes, saludables y accesibles en un planeta con recursos cada vez más limitados? Hoy, la respuesta comienza a tomar forma bajo el concepto de industria alimentaria 5.0, un enfoque que va más allá de la eficiencia productiva y sitúa en el centro a las personas, el territorio y la sostenibilidad.
El desafío es mayúsculo. El sistema alimentario enfrenta presiones simultáneas: crecimiento demográfico, cambio climático, pérdida y desperdicio de alimentos, desigualdades en el acceso y una dieta cada vez más dominada por productos ultraprocesados. A ello se suma un consumidor más informado y exigente, que ya no solo pregunta cuánto cuesta un alimento, sino de dónde viene, cómo se produjo y qué impacto tiene en la salud y el medio ambiente.
En este escenario, la industria 5.0 abre una ventana de oportunidad. La incorporación de tecnologías digitales, biotecnología y trazabilidad permite avanzar hacia sistemas más eficientes y resilientes. Sin embargo, el verdadero desafío es asegurar que estas innovaciones no queden restringidas a unos pocos, sino que contribuyan a reducir brechas, fortalecer economías locales y garantizar el derecho a la alimentación.
Uno de los ejes más sensibles de esta transformación es el mercado de las proteínas. El auge de las proteínas vegetales y alternativas ha instalado la idea de una sustitución total de la proteína animal. No obstante, las proyecciones indican que la demanda global de proteínas animales seguirá creciendo hacia 2050, debido a su alta biodisponibilidad y valor nutricional. El dilema, entonces, no es si producirlas o no, sino cómo producirlas mejor.
Aquí emergen tanto desafíos como oportunidades. La producción de proteínas animales debe responder a exigencias crecientes de sostenibilidad, bienestar animal y transparencia. Al mismo tiempo, se abre un espacio estratégico para diferenciarse: sistemas productivos de bajo impacto, medición de huellas ambientales, certificaciones y narrativas territoriales pueden transformar a la proteína animal en un producto con identidad y valor agregado.
En particular, rubros como la ganadería ovina tienen la posibilidad de reposicionarse en este nuevo escenario. Su carácter extensivo, el potencial de manejo regenerativo y la valorización integral del animal (incluyendo subproductos para ingredientes funcionales, alimentos para mascotas y bioproductos), permiten avanzar hacia una lógica de economía circular, alineada con los principios de la industria alimentaria 5.0.
La oportunidad es clara: no se trata de competir frontalmente con las proteínas vegetales, sino de convivir y complementarse, ofreciendo diversidad nutricional, sostenibilidad y coherencia con las expectativas del consumidor actual. El desafío, en cambio, es actuar con rapidez, coordinación y visión de largo plazo.
La industria alimentaria 5.0 no es una moda ni un eslogan. Es una invitación y una exigencia a repensar cómo producimos y consumimos alimentos. En el mercado de las proteínas, quienes comprendan esta transformación no solo se mantendrán vigentes, sino que podrán liderar el camino hacia sistemas alimentarios más justos, resilientes y humanos.
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