Hace pocos días, en uno de sus encuentros en Chile, Chris Miller presentó las ideas centrales de su libro "Chip War", probablemente uno de los textos más relevantes para comprender la nueva disputa global por el poder económico y tecnológico.
La tesis es inquietante: el poder estratégico del siglo XXI ya no dependerá solo de recursos naturales, fuerza militar o tamaño económico, sino de la capacidad de controlar tecnologías críticas, especialmente semiconductores, inteligencia artificial e infraestructura digital.
Detrás de cada teléfono móvil, sistema financiero, automóvil moderno o plataforma de inteligencia artificial existe una compleja red global de diseño, producción y control tecnológico. Esa red no solo mueve mercados; también redefine soberanía, desarrollo y equilibrios geopolíticos.
Si la visión de Miller se aproxima a la realidad, el desafío para Chile y América Latina es enorme. La pregunta ya no es únicamente cómo crecer, sino cómo evitar quedar relegados a un rol periférico en la nueva economía del conocimiento.
Durante décadas, América Latina construyó su inserción internacional sobre la exportación de recursos naturales. Cobre, litio, alimentos y energía siguen siendo fundamentales para nuestras economías. Sin embargo, el nuevo ciclo tecnológico profundiza una tensión histórica: aportar insumos estratégicos mientras otros capturan el mayor valor agregado mediante innovación, propiedad intelectual y desarrollo tecnológico.
Chile enfrenta aquí una paradoja relevante. Posee reservas críticas de cobre y litio, abundancia de energías renovables, relativa estabilidad y condiciones favorables para infraestructura digital y centros de datos. Pero ninguna de esas ventajas garantiza desarrollo sostenible por sí sola.
La historia económica demuestra que los países no prosperan solo por los recursos que poseen, sino por las capacidades que construyen alrededor de ellos. Allí aparece el principal desafío nacional: formar capital humano avanzado, desarrollar capacidades tecnológicas propias y sofisticar la economía.
No se trata de competir con Estados Unidos, China o Corea del Sur en fabricación de chips avanzados. El desafío es integrarse inteligentemente al nuevo ecosistema tecnológico global, generando talento, investigación aplicada e innovación.
En ese contexto, las universidades adquieren un rol central. La revolución tecnológica no es solo una transformación productiva; es también una transformación del conocimiento. Las universidades fueron decisivas en el surgimiento de Silicon Valley y en los ecosistemas de innovación que hoy dominan el mundo. La alianza entre academia, Estado y empresa privada fue uno de los elementos que Miller destacó como condición del liderazgo tecnológico estadounidense.
La pregunta es inevitable: ¿Estamos construyendo hoy en Chile las capacidades institucionales, educativas y científicas necesarias para participar del mundo que viene?
El desafío universitario ya no puede limitarse a formar profesionales para empleos relativamente estables. Hoy debemos formar personas capaces de aprender permanentemente, convivir con la inteligencia artificial, adaptarse a entornos cambiantes y reinventarse múltiples veces durante su vida laboral. La educación continua, las microcredenciales, la flexibilidad curricular y la formación interdisciplinaria comienzan a transformarse en elementos estructurales de competitividad nacional.
A ello se suma la transformación demográfica. Chile envejece aceleradamente: habrá menos jóvenes ingresando al sistema tradicional y mayor necesidad de reconversión laboral de personas adultas. La lógica de estudiar una vez para toda la vida pierde sentido frente a tecnologías que evolucionan más rápido que los ciclos formativos.
La conversación que abrió Chris Miller en nuestro país no es únicamente tecnológica. Es también política y educativa. Porque, en el fondo, la disputa por los chips es una disputa por el talento, el conocimiento y la capacidad de los países de construir su propio futuro. Chile todavía tiene una oportunidad. Pero en escenarios de transformación acelerada, llegar tarde puede ser equivalente a quedar fuera.