La IA no te va a quitar el trabajo, sino alguien que sabe usarla

Hace ocho años me invitaron a dar una charla sobre inteligencia artificial. El público quería saber una sola cosa: si íbamos hacia el apocalipsis. El miedo era vago, casi cinematográfico, alimentado por robots con ojos rojos y titulares de ciencia ficción. Di la charla, desmitifiqué lo que pude y volví a casa pensando que esa ansiedad era pasajera.

Me equivoqué en algo: el miedo no era pasajero. Solo se hizo más concreto. Hoy nadie me pregunta si la IA va a destruir la civilización. Me preguntan si va a destruir su trabajo. Y esa pregunta, a diferencia de la anterior, merece una respuesta seria.

Hace unas semanas se viralizó una demostración en vivo de un robot de la empresa Figure AI trabajando 25 horas seguidas clasificando paquetes, sin parar, sin distraerse, sin pedir nada. Antes de ese video, había visto grabaciones de seres humanos haciendo exactamente el mismo trabajo, prácticamente dormidos. Es una labor digna. Pero uno se pregunta si ese tiempo humano no podría destinarse a algo más interesante.

El problema es que la amenaza no se limita al trabajo repetitivo, que es donde muchos creían que se detendría. Este año, Meta despidió cerca de 8.000 personas en una reorganización explícitamente orientada a IA. La mayoría eran desarrolladores de software. La razón fue directa: la IA ahora programa. Todavía se necesitan programadores, pero uno con IA puede rendir como cinco. La aritmética ahí es brutal. Que nadie se sienta a salvo por tener título.

Esto lo están sintiendo especialmente quienes entran al mercado laboral. En las últimas ceremonias de graduación en el hemisferio norte, varios ejecutivos tecnológicos subieron a dar discursos. Eric Schmidt, exCEO de Google, fue abucheado en la Universidad de Arizona en mayo mientras hablaba de IA. En otra universidad, al ejecutivo que recibió pifias le respondió a los estudiantes con un "deal with it". No era provocación estudiantil: era miedo real. Contrasta duramente con el entusiasmo de hace apenas dos años, cuando esos mismos títulos parecían pasaportes seguros.

Los jóvenes están leyendo bien la situación. El problema es que no todos saben qué hacer con esa lectura.

Tengo una amiga que está en sus 50 y que acaba de encontrar trabajo después de un tiempo sin él. Le encargaron gestionar redes sociales y trabajar con planillas controladas por agentes de IA. Me preguntó cómo adaptarse cuando no eres nativa digital. Es la pregunta de millones que no salieron de la universidad con esto incorporado y para quienes la brecha no es de actitud, sino de punto de partida.

No tengo una respuesta fácil para ella. Pero sí la convicción de que hay dos tipos de personas frente a la IA. Las que le dicen qué hacer y las que la usan para aprender a hacer cosas que antes no sabían. El futuro pertenece al segundo grupo. La diferencia no es técnica ni generacional. Es una actitud frente al cambio.

Hace un tiempo tuve esa conversación con uno de mis hijos, que en año y medio entrará a la universidad y está eligiendo qué estudiar. Le sugerí que alejara su mirada de ciertas opciones y la dirigiera hacia carreras vinculadas al mundo físico, al mundo real. Mi intuición es que ese tipo de trabajos, los que requieren presencia, habilidad manual y juicio en contextos impredecibles, van a resistir mucho mejor el avance de la automatización. No se lo tomó bien al principio. Fue su madre quien lo ayudó a ver mi perspectiva sin carga emocional. Hoy me da la razón.

Prefiero no mencionar las carreras descartadas para no herir a quienes las estén cursando, pero la lógica es extrapolable. Si el núcleo de tu trabajo es ejecutar tareas predecibles con información estructurada, la IA ya está entrenando para hacerlo mejor y más barato que tú.

La pregunta no es si la IA va a cambiar el mercado laboral porque ya lo está haciendo. La pregunta es en qué lado de ese cambio quieres estar: entre quienes le dicen qué hacer, o entre quienes la usan para ser más de lo que ya son. Esa elección, por ahora, es tuya.