Permanentemente hablamos de la importancia de que niñas y niños asistan regularmente a la educación parvularia. Sin embargo, la asistencia comienza mucho antes del primer día de clases. Comienza con una decisión: la matrícula.
Este 4 de agosto se abrió el proceso de postulación al Sistema de Admisión Escolar (SAE), una oportunidad para que miles de familias planifiquen con tiempo el ingreso de sus hijos e hijas a prekínder y kínder. Informarse y postular oportunamente es el primer paso para construir una trayectoria educativa positiva.
Sabemos que la asistencia regular es la condición que permite que niñas y niños accedan a experiencias de aprendizaje fundamentales para su desarrollo. Cada día en el aula es una oportunidad para fortalecer el lenguaje, desarrollar habilidades socioemocionales, aprender a convivir y descubrir el mundo junto a otros. Pero nada de eso ocurre si no están presentes.
También es importante derribar una falsa dicotomía que con frecuencia aparece en la discusión pública: creer que la educación parvularia compite con la familia o busca reemplazarla. Nada más lejos de la realidad. El hogar es el primer espacio donde niñas y niños construyen vínculos afectivos, desarrollan su identidad, adquieren hábitos y reciben el cariño y la contención que solo la familia puede entregar.
La educación parvularia, en cambio, aporta experiencias que difícilmente pueden replicarse en otros contextos: la interacción cotidiana con otros niñas y niños, el aprendizaje guiado por equipos especializados, el desarrollo del lenguaje, la resolución de conflictos, el juego con intencionalidad pedagógica y la posibilidad de desenvolverse en una comunidad de aprendizaje.
No se trata de elegir entre uno u otro espacio. Cuando familia y establecimiento educativo trabajan de manera complementaria, se potencian mutuamente y ofrecen mejores oportunidades para el desarrollo integral de niños y niñas.