Cuando hablamos de la guerra en Ucrania, solemos hablar de territorios, de misiles, de sanciones o de estrategias militares. Pero la guerra también tiene rostros concretos. Tiene el rostro de Danylo, un soldado ucraniano que, tras sobrevivir a la guerra en el frente, regresó a su pueblo natal para descubrir que un misil ruso había destruido su hogar y le había arrebatado a toda su familia. En un solo ataque perdió a su hijo de apenas un año y medio, a sus padres, a sus hermanos y a sus hermanas.
Tiene el rostro de Kamal, un padre de Ternópil que perdió a su esposa María y a sus dos hijos pequeños -Camila, de seis años, y Nazar, de apenas un año y medio- durante un ataque ruso contra un edificio residencial. Durante el funeral, las imágenes de Kamal sosteniendo y meciendo la pequeña urna de su hijo, como si intentara protegerlo y consolarlo por última vez, conmovieron al mundo.
Son estas historias, y no solamente los mapas ni las estadísticas, las que muestran el verdadero costo humano de la guerra. Porque detrás de cada cifra hay una vida truncada, una familia destrozada y un futuro que nunca podrá recuperarse. La guerra no solo destruye edificios: destruye generaciones enteras, deja pueblos marcados para siempre y obliga a quienes sobreviven a seguir viviendo con un dolor imposible de describir.
En América Latina, la guerra entre Rusia y Ucrania suele analizarse desde la geopolítica. Se debate sobre la expansión de la OTAN, el papel de Estados Unidos, el surgimiento de un mundo multipolar o las afinidades ideológicas de uno u otro gobierno. Los partidos políticos discuten a quién apoyar y qué posición adoptar. Es un debate legítimo.
Pero para los ucranianos la guerra dejó de ser hace mucho tiempo una discusión geopolítica. Su verdadera dimensión tiene otro nombre: vidas humanas. Ninguna teoría política puede explicar el dolor de una madre que perdió a su hijo. Ninguna discusión ideológica puede devolverle la vida a un médico muerto mientras atendía a sus pacientes, a un maestro asesinado por un misil o a un niño que nunca volverá a abrazar a sus padres. Ese es el verdadero rostro de esta guerra.
Según la Misión de Monitoreo de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, desde el inicio de la invasión rusa a gran escala han muerto al menos 16.400 civiles ucranianos, entre ellos más de 800 niños, y cerca de 49.000 personas han resultado heridas. La propia ONU advierte que las cifras reales son considerablemente más altas, ya que resulta imposible verificar todos los casos en los territorios ocupados por Rusia y en las zonas donde continúan los combates.
Las pérdidas militares también son devastadoras. Aunque no existe un registro internacional definitivo, diversos centros de investigación estiman que, tras más de cuatro años de guerra, cientos de miles de soldados ucranianos y rusos han perdido la vida. Detrás de cada cifra hay familias rotas, proyectos interrumpidos y generaciones marcadas para siempre.
Estas tragedias no ocurrieron por casualidad. Tienen un origen claro. Fue la Federación de Rusia la que inició la agresión contra Ucrania en 2014 y la que lanzó la invasión a gran escala el 24 de febrero de 2022, en violación de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional. Sin esa decisión, millones de personas no habrían perdido sus hogares, sus seres queridos o su futuro.
Pero reducir esta guerra a una confrontación entre dos países sería un error.
La invasión provocó la mayor crisis de desplazamiento humano en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares. Miles de escuelas, hospitales, universidades, iglesias y museos fueron destruidos o dañados. Comunidades enteras desaparecieron del mapa.
Y las consecuencias no terminaron en Europa. La interrupción de las exportaciones agrícolas ucranianas alteró los mercados mundiales de alimentos. El aumento del precio de los cereales, de los fertilizantes, de la energía y del transporte marítimo repercutió en la inflación y en la seguridad alimentaria de numerosos países, incluidos los de América Latina. De esta forma, la guerra recordó al mundo que, en una economía globalizada, ningún conflicto permanece aislado.
Chile lo sabe bien. Como país abierto al mundo, cuya prosperidad depende del comercio internacional, de la estabilidad de los mercados y del respeto a las normas internacionales, comprende que la paz no es un asunto lejano.
Cuando un Estado intenta imponer su voluntad mediante la fuerza, cuando las fronteras dejan de respetarse y cuando el derecho internacional pierde valor, las consecuencias terminan afectando a todos, sin importar la distancia geográfica. Por eso, la pregunta más importante no debería ser qué bloque geopolítico obtiene ventajas o qué narrativa ideológica resulta más convincente.
La verdadera pregunta es otra: ¿Cuántas vidas más está dispuesto el mundo a perder antes de defender con firmeza los principios que la comunidad internacional prometió proteger después de la Segunda Guerra Mundial?
Los ucranianos no pedimos al mundo que piense como nosotros. Pedimos algo mucho más sencillo: que mire esta guerra, antes que nada, desde la perspectiva de las personas. Porque ningún interés geopolítico puede justificar la muerte de miles de civiles. Ninguna diferencia ideológica puede explicar el sufrimiento de millones de familias. Y ninguna paz será verdaderamente duradera si se construye sobre la aceptación de la agresión y de la fuerza como instrumentos legítimos de la política internacional.
Las guerras comienzan con decisiones políticas. Pero sus consecuencias siempre tienen nombres, rostros y familias. Y son las personas comunes quienes pagan el precio más alto.