"Money for Nothing", cuando el cobre suena a Dire Straits

Para quienes fuimos niños o adolescentes en los '80 o '90, hay algo entrañable en recordar aquellas tardes frente a MTV, cuando Dire Straits y una de sus canciones más icónicas, "Money for Nothing", llenaban la pantalla con cintillos, guitarras de neón y monitos hechos en computadora, representación perfecta de una vida lejana, cómoda y en colores. En la canción, un trabajador mira esa misma tele y comenta, entre resentido y fascinado, cómo esos músicos se llenan los bolsillos sin "trabajar de verdad". En nuestra versión local, la pantalla ya no muestra videoclips, sino la cotización del metal rojo en una terminal de fondo negro y números fluorescentes, una línea que sube en Londres y que acá solemos traducir como promesa de que habrá dinero para todo, casi sin esfuerzo.

Dire Straits y "Money for Nothing" vuelven inevitablemente a la memoria en cada ciclo alcista del cobre, se reactiva la fantasía de un desarrollo a la chilena, donde bastaría con mirar la cotización para financiar derechos sociales, modernización productiva y hasta algún que otro "equipo de fútbol", sin cambiar demasiado la forma en que trabajamos, innovamos o distribuimos poder económico. Esa ilusión se refuerza cada vez que el precio supera las proyecciones oficiales y se habla de "márgenes" adicionales, mejor recaudación y holguras fiscales, como si la macroeconomía pudiera escribirse en el reverso de un ticket de la Bolsa de Metales de Londres.

El estribillo es conocido, cuando la libra despega, reaparecen las frases sobre "plata que entra sola", "espacio fiscal inesperado" y "oportunidad histórica". La tentación es actuar como el narrador de la canción, convencido de que bastan un par de acordes para asegurar la vida entera. Cambiemos la escena, ya no son rockeros en la pantalla de MTV, sino un país entero que se comporta como si el desarrollo se pudiera comprar en cuotas con la tarjeta del cobre, mientras el resto de la economía hace de público pasivo, mirando gráficos y aplaudiendo cuando el precio sube.

Hay algo irónico en que, al mismo tiempo, se exija más "trabajo de verdad" al resto del aparato productivo. Se pide productividad a las pymes, innovación a las universidades, eficiencia al Estado, disciplina a las y los trabajadores, mientras se sigue tratando al mineral como un ingreso casi automático, un cheque que llega por correo cada vez que China respira mejor o la transición energética se acelera. La verdadera fantasía de "money for nothing" no está en la letra de una canción ochentera, sino en la comodidad con que dejamos que un commodity haga de política de desarrollo y de coartada para postergar reformas estructurales.

La otra cara de la historia es menos glamorosa que el videoclip. Detrás de cada punto extra de crecimiento ligado al cobre hay territorios que cargan con polvo, agua tensionada, infraestructura saturada y comunidades que sienten que la fiesta ocurre lejos de su realidad. Sin embargo, cuando la libra está arriba, el relato dominante insiste en que esta vez sí "alcanza para todos", como si la mera existencia de renta garantizara su buena distribución y su uso estratégico.

Ahí es donde la discusión debería pasar del estribillo a la partitura de fondo. No basta con celebrar ciclos de precios altos: se requieren instituciones que estabilicen el gasto público, reglas claras para la inversión y una estrategia de desarrollo que use la renta del cobre para diversificar la economía y reducir brechas territoriales. En otras palabras, pasar de mirar la pantalla a mirar el mapa productivo del país, entendiendo que la minería puede ser palanca de encadenamientos y conocimiento, pero no reemplazo de una política de desarrollo.

Quizás lo que falta es, literalmente, cambiar de canal. Preguntarnos qué queda cuando se apaga la pantalla de la bolsa y ya no hay gráficos fluorescentes que nos digan cuánto vale hoy nuestro principal producto de exportación; al fin y al cabo, también se apagó la MTV de nuestra infancia, y el mundo siguió girando. El cobre vuelve a ser caro, pero Chile ya no es el mismo ni el mundo tampoco. La verdadera pregunta no es cuánto ganaremos con esta nueva bonanza, sino qué tipo de país quedará cuando el precio vuelva, inevitablemente, a bajar.

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