Hay algo incómodo en intentar ponerle precio al dolor, $3,5 millones en este caso. Esa es la multa que podrían enfrentar los apoderados de menores que ejercen bullying. Y aunque la medida busca enviar una señal clara -que la violencia no se tolera-, deja una pregunta que incomoda: ¿Esto realmente cambia lo que pasa dentro de una sala de clases?
Porque el bullying no es solo una mala conducta que se corrige con castigo. Es, muchas veces, la expresión de algo más profundo. Detrás de un niño que agrede, suele haber otro que no sabe cómo manejar lo que siente. Un niño que no aprendió a poner en palabras la rabia o la frustración, o que crece en entornos donde la violencia -explícita o silenciosa- es parte de lo cotidiano. Eso no justifica el daño, pero sí nos obliga a entenderlo si queremos evitar que se repita.
Y al otro lado está quien lo vive. El que deja de querer ir al colegio, el que se siente solo, expuesto, inseguro, el que empieza, poco a poco, a apagarse, ese daño no se mide en cifras, ni se repara con dinero.
Castigar a los padres puede parecer una respuesta firme, incluso necesaria en ciertos casos. Pero cuando la solución se limita a una multa, corremos el riesgo de simplificar una realidad que es mucho más compleja. No todas las familias cuentan con las mismas herramientas para enfrentar estas situaciones. Hay padres que no saben cómo intervenir, otros que están sobrepasados, otros que simplemente no tienen redes de apoyo.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿Una sanción económica realmente enseña a educar mejor?
El riesgo es que, al instalar este tipo de medidas, terminemos quedándonos en la superficie. Que creamos que el problema está abordado porque existe un castigo, cuando en realidad el conflicto sigue intacto, solo que más silencioso. Porque el bullying no desaparece con multas. Se transforma, se esconde, se desplaza.
A veces se vuelve más difícil de detectar. A veces cambia de espacio, de la sala de clases a las redes sociales. A veces simplemente se repite con otros nombres, pero con el mismo daño.
Si de verdad queremos enfrentarlo, necesitamos ir más allá. Apostar por la educación emocional desde edades tempranas, fortalecer a las comunidades escolares y, sobre todo, acompañar a las familias en lugar de solo exigirles. Porque criar también es aprender, y no todos parten desde el mismo lugar.
Al final, el bullying no habla solo de niños. Habla de nosotros como adultos.
De cuánto estamos dispuestos a involucrarnos, a prevenir, a escuchar antes de que el daño ocurra. Porque sancionar puede ser necesario, pero nunca suficiente. Y si algo debiera incomodarnos no es cuánto cuesta la multa, sino por qué seguimos llegando tarde.
¿Qué hacer frente al bullying?
Primero, dejar de verlo como un problema aislado. El bullying no es solo "un niño malo" y "otro que sufre". Es una dinámica que involucra a compañeros, adultos, familias y al sistema escolar completo.
El bullying no se soluciona con miedo a una multa: Se enfrenta con adultos presentes, comunidades que se hacen cargo y niños a los que se les enseña, de verdad a convivir. Porque prevenir siempre será más difícil que castigar, pero también es lo único que realmente funciona.
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