Cuánto pesa la mochila

Comprender lo que ocurre en las comunidades educativas más complejas no es un ejercicio teórico: es una condición básica para tomar buenas decisiones. Cuando se mira con datos y evidencia, algo se vuelve claro. Las respuestas punitivas -expulsiones, sanciones, castigos- no mejoran la convivencia escolar. Distintos sistemas educativos en el mundo lo han comprobado: endurecer las medidas no resuelve el problema. Las políticas construidas con participación, que fortalecen capacidades y cuidan el bienestar de los estudiantes, en cambio, sí generan mejores resultados.

Los niños, niñas y jóvenes están en formación. Esa etapa es una oportunidad única. Cuando crecen en entornos que promueven el buen trato, el diálogo y la participación, tienden a responder de la misma manera. Pero cuando esas condiciones faltan, las señales disruptivas aparecen temprano. El problema es que muchas veces no las vemos, o no actuamos a tiempo. Ahí es donde fallamos.

Llegamos tarde cuando un joven es formalizado. Llegamos tarde cuando la expulsión se vuelve la única salida. Llegamos tarde cuando se interrumpe una trayectoria educativa. Y llegamos mucho más tarde -y sin retorno- cuando un estudiante decide quitarse la vida. En Chile, el suicidio es la segunda causa de muerte juvenil, con una tasa de 10,3 cada 100 mil jóvenes.

En una sociedad profundamente segregada como la nuestra, esta realidad se vuelve invisible. Los distintos grupos sociales no se encuentran, no se reconocen. Y esa desconexión también habita en las escuelas, que muchas veces reflejan esa exclusión como si fuera parte normal del paisaje.

Por eso, cuando un hecho de violencia escolar nos impacta, no es porque sea inesperado. Es porque no quisimos ver lo que venía ocurriendo hace tiempo. La pregunta entonces no es solo cómo reaccionar, sino cómo transformar.

Esa transformación es responsabilidad de muchos, pero las escuelas tienen un rol insustituible. Pueden ser espacios de escucha real, de reconocimiento, de construcción cotidiana de respeto. Lugares donde cada estudiante importa, donde la diversidad se valora, y donde el sentido de pertenencia se construye en comunidad.

Pero no basta con lo que ocurre dentro del establecimiento. Se necesita también articulación territorial: redes que acompañen, que conecten, que respondan de manera integral a las múltiples necesidades que enfrentan los estudiantes.

Porque cada uno de ellos llega con una mochila cargada de historias familiares complejas, de ausencias, de soledad, de apoyos frágiles. Una mochila que pesa. Entender cuánto pesa esa mochila no es justificar conductas. Es el punto de partida para abordarlas de manera efectiva. Solo así es posible dejar de reaccionar tarde y empezar, de verdad, a cambiar las trayectorias.