Durante mucho tiempo se ha pensado que el rol de la educación superior es preparar a los jóvenes para el futuro. Esa afirmación hoy resulta insuficiente. No porque la educación haya perdido relevancia, sino porque el futuro dejó de ser un horizonte lejano y predecible. El futuro ya llegó y lo hizo de manera acelerada, profunda y ubicua.
En nuestra era vivimos transformaciones demográficas, tecnológicas y laborales que están redefiniendo la forma en que las personas estudiamos, trabajamos y construimos nuestros proyectos de vida. Chile enfrenta una fuerte caída en la natalidad, un acelerado envejecimiento de la población y de la longevidad, junto a una transformación del mundo del trabajo impulsada por la automatización, la inteligencia artificial y nuevas tecnologías. Estos cambios no son escenarios hipotéticos: están ocurriendo hoy y afectan directamente a millones de personas.
En este contexto, el principal desafío ya no es aprender a adaptarse. Adaptarse, muchas veces, es llegar tarde. El desafío es anticiparse: formar criterio, sostener el aprendizaje permanente y actuar con propósito en un entorno que cambia más rápido de lo que logramos procesar. Este escenario obliga a repensar la relación entre educación y trabajo. Durante décadas, ambos mundos oscilaron entre una educación desconectada de la realidad laboral y una formación excesivamente instrumental, centrada en la empleabilidad de corto plazo. Ninguno de esos enfoques responde a la complejidad del presente. Hoy, las trayectorias laborales ya no son lineales ni estables. Son largas, cambiantes y muchas veces interrumpidas, obligando a las personas a reconvertirse y volver a estudiar a lo largo de su vida, para lo que en muchas economías se conoce como la "gig economy". Frente a esa realidad, las trayectorias formativas también deben cambiar. La educación superior no puede seguir pensándose como una experiencia única, concentrada en una etapa inicial.
Esto no implica renunciar a la calidad académica ni al rigor intelectual. Por el contrario, en un mundo incierto, la calidad académica cumple una función social clave: ordena, exige y proyecta. Entrega estructura en medio del cambio y sentido en medio de la incertidumbre.
Conectar educación y mundo del trabajo no es simplificar la formación. Es hacerla más pertinente, exigente y consciente de su impacto en la vida de las personas y en el desarrollo del país. Formar para el trabajo no es preparar solo para el primer empleo, sino para una vida profesional larga, cambiante y exigente. En la Universidad Gabriela Mistral hemos asumido este desafío como parte central de nuestro proyecto educativo. La mayoría de nuestros estudiantes son adultos que trabajan y vuelven a estudiar, combinando experiencia laboral con formación académica y familia. Esa realidad, lejos de ser excepcional, refleja cómo hoy se construye la educación en Chile. Basta recordar que los datos de SIES dan cuenta que sólo entre 2021 y 2025, la educación a distancia creció más de 130% cuando la modalidad diurno presencial (principalmente el proceso PAES) lo hizo apenas en 5%.
El aprendizaje a lo largo de la vida dejó de ser aspiracional para convertirse en una necesidad estructural. Aprender a aprender, integrar experiencia con conocimiento y actualizar competencias sin perder profundidad son hoy habilidades tan relevantes como los contenidos tradicionales. Las tecnologías -y en particular la inteligencia artificial- aceleran aún más este proceso. Intentar frenar su avance es inútil. El desafío es integrar con criterio, ética y calidad académica. Puede amplificar las capacidades humanas, pero solo sobre una base formativa sólida.
A todo ello, se suma una dimensión muchas veces subestimada: el sentido y la convivencia. Vivimos una crisis de confianza, tanto entre las personas como en las instituciones. Cuando la educación pierde sentido, pierde también autoridad formativa. Cuando no dialoga con proyectos de vida reales, aumentan la frustración, la desafección y el conflicto. Por eso, la educación superior no puede limitarse a transmitir contenidos o certificar competencias. Debe formar personas capaces de dialogar, construir en conjunto y asumir responsabilidades en una sociedad compleja.
El futuro no se construye solo con tecnología ni con crecimiento económico. Se construye con educación de calidad, trayectorias formativas conectadas con la vida real e instituciones capaces de ofrecer horizonte en medio del cambio.
La pregunta, entonces, no es si la educación debe cambiar sino si estamos dispuestos a asumir ese cambio con seriedad, responsabilidad y visión de largo plazo. Porque en un mundo en que el futuro ya llegó, no basta con adaptarse: hay que anticiparse.