Hace ya seis meses que la ley 21.801 entró en vigor en los colegios chilenos, obligando a guardar los celulares en las salas de clases. El plazo para adaptar los reglamentos internos venció en junio. Lo que hasta hace poco era una promesa normativa, el "Modo Aula" impulsado por el Ministerio de Educación, hoy es una rutina instalada en muchas de nuestras escuelas. Y esta semana llegó la primera gran evaluación externa de ese experimento, reportada recientemente por El País: el informe PISA 2025 de la OCDE, que muestra a Chile subiendo la restricción de celulares en las escuelas de 34% a 59% en solo tres años; un salto que casi duplica el promedio de los países del organismo.
La lectura pública de esta cifra ha sido, previsiblemente, técnica: se discute si baja el ciberacoso, si sube el rendimiento en el Simce o en la propia prueba PISA. El informe, de hecho, entrega un dato que probablemente ha desconcertado a más de un entusiasta de la medida: si bien la distracción digital en el aula sí perjudica el rendimiento de los estudiantes chilenos, los datos de PISA muestran que la mera prohibición del celular no se traduce automáticamente en un alza de los puntajes académicos en general. Es decir, la justificación puramente instrumental de la ley (asumir que proscribir el aparato elevará las notas por sí solo) se encuentra en una posición más frágil y compleja de lo que se podría pensar.
Y, sin embargo, creo que ahí está el error de enfoque. El problema de fondo no puede centrarse en el rendimiento en los instrumentos de evaluación. Es antropológico y espiritual. La crisis de atención que describe el informe PISA es, en el fondo, una crisis de nuestra capacidad para conectar con la realidad, con los demás y con lo trascendente. Y esa crisis no se resuelve ni se agota midiendo puntajes.
Simone Weil, la filósofa y mística francesa, escribió en sus cuadernos (recogidos después por Gustave Thibon en "La gravedad y la gracia") una frase que conviene leer dos veces: "La atención, en su grado más alto, es lo mismo que la oración. Supone la fe y el amor". Para Weil, la atención no es un recurso cognitivo que se administra, sino una disposición del alma: consiste, escribe en otro lugar, en suspender el pensamiento y dejarlo disponible, vacío y penetrable a lo real. Por eso llega a sostener que un ejercicio de geometría hecho con verdadera atención, aunque se falle, forma para la oración.
El celular, con su cuasimundo de notificaciones y likes, hace exactamente lo contrario: fragmenta la mente en microestímulos diseñados para capturar, no para contemplar. Si perdemos la capacidad de mantener la atención, no perdemos solo la capacidad de aprender matemáticas o historia. Perdemos la capacidad de contemplar, de escuchar el silencio interior y de amar de verdad al otro, porque amar, en el sentido más hondo, requiere prestarle a alguien una atención que no está disponible para nada más.
De ahí que la respuesta tampoco pueda ser la que se ofrece de costumbre. "¿Qué hay más necio -se pregunta Weil- que poner rígidos los músculos y apretar las mandíbulas a propósito de la virtud, o de la poesía, o de la solución de un problema?" El voluntarismo del detox digital es, justamente, esa mandíbula apretada. La atención no se conquista a fuerza de voluntarismo, sino que se consiente, se implora, se espera. Y lo que está en juego, si se pierde, no es solo no aprender historia ni matemáticas. Es la capacidad de recibir lo real y de amar al otro, porque amar, en el sentido más profundo, es prestarle a alguien una atención vacía de uno mismo, capaz de preguntarle, en la fórmula de Weil, "¿cuál es tu tormento?".
Simone Weil llama la atención sobre un cierto estar disponible: un pensamiento vaciado, poroso, capaz de recibir lo que hay. Nuestros celulares también nos quieren disponibles, pero en el sentido exactamente inverso: conectados, alcanzables, notificables. Una disponibilidad es apertura a lo que está delante nuestro; la otra, apertura a lo que está en cualquier otra parte (o en ninguna). Y el cristianismo, que es la religión del Dios hecho carne, no puede ser neutral entre ambas. Las pantallas nos acostumbran a lo contrario de este Dios presente: a estar en cualquier parte y en ninguna a la vez, disponibles para todos y presentes ante nadie.
Restringir el uso del celular en el aula, visto así, no es solo una medida disciplinaria. Es un pequeño acto de resistencia encarnatoria. Es obligar al alumno, y también al profesor, a mirar los rostros físicos que tiene enfrente. Es devolverle al cuerpo su lugar central en la relación humana, recordando que no somos mentes flotando en un ciberespacio, sino seres de carne y hueso que necesitan presencia física para constituirse como personas.
Y es que el dispositivo móvil es, por diseño, hiperindividualista. La pantalla aísla al estudiante en una burbuja de algoritmos hechos a su medida, mientras el compañero de al lado queda, literalmente, fuera de campo.
La educación, en el sentido más antiguo de la palabra, la paideia como formación del alma, requiere de comunidad. Al recuperar el juego y el encuentro en los recreos, el colegio vuelve a ser un espacio de socialización real. El aula sin celulares se convierte en uno de los últimos refugios donde los niños, niñas y jóvenes están obligados a relacionarse con el otro, a tolerar el aburrimiento (ese semillero olvidado de la creatividad) y a construir, aunque sea de a poco, un nosotros.
La ley 21.801 es un buen primer paso. Pero conviene no engañarnos: los adultos padecemos la misma adicción que se les exige superar a los estudiantes. La norma de apagar el dispositivo en la sala de clases pierde buena parte de su fuerza si los padres seguimos mirando el teléfono en la mesa familiar y si los profesores no somos los primeros en dar el ejemplo, modelando aulas del encuentro.
Apagar el celular al entrar a clases no es un acto ludita, un simple retroceso al pasado. Es, quizás, el paso más vanguardista que podemos dar hoy para proteger el alma de las nuevas generaciones.