Nicolás tiene millones de papás

La aparición del cuento Nicolás tiene dos papás ha generado un cierto debate en los medios y redes sociales a partir de lo que parecería ser la disputa por la formación “valórica” de los niños en la educación parvularia.

Efectivamente el cuento fue patrocinado por la Junta Nacional de Jardines Infantiles (Junji),el Colegio de Educadores de Párvulos, la Dibam, el Departamento de Psicología de la Universidad de Chile y la Carrera de Educación Parvularia y Básica Inicial de la Universidad de Chile.

Fue  producido por Movilh con la colaboración de Fundación Triángulo y el financiamiento de la Embajada de la Unión Europea y la Embajada del Reino de los Países Bajos y se ha comprometido su distribución tanto a Jardines de la red Junji como a Centros colaboradores del Sename, además que puede ser solicitado directamente en el móvil o hacer una lectura virtual de el en los lugares donde se encuentra disponible: http://www.theclinic.cl/2014/10/26/lee-el-cuento-nicolas-tiene-dos-papas-y-juzga-por-ti-mismo/.

El debate ha enfatizado la supuesta disputa valórica entre quienes apoyarían la existencia de familias homoparentales y que estarían a favor que los niños pudieran conocer un ejemplo de ello en la vida de Nicolás y sus dos papás: Sebastián y Pablo. Y por otro en aquellos que sentirían vulnerado su derecho a elegir el tipo de formación valórica que entregarían a sus hijos, la cual señalaría que los padres serían una pareja conformada por un hombre y una mujer. En este último grupo han sobresalido diputados DC, UDI, así como líderes religiosos.

¿Qué tan de cierto hay en esa disputa? No pongo en cuestión que la diputada Andrea Molina o que el diputado Sabag tengan muy claro que no quieren ese tipo mensajes en los libros de sus hijos. No quieren y así lo han dicho en todos los espacios, ni AVP, ni matrimonio homosexual ni nada que se le parezca.

De hecho felices aceptaron que sus hijos leyeran ese bodrio de Carlos Cuauhtémoc Sánchez que ha sido lectura obligada en muchos liceos y colegios de Chile. Se sienten cómodos y seguros con la patologización de la homosexualidad, con todo lo que signifique homogeneidad y orden sobre cuerpos y pensamientos.

Lo que me interesa poner en cuestión aquí es el supuesto aporte que este cuento haría sobre la causa “progresista”. El cómo se aprovecha esta oportunidad. Y mi opinión no es positiva.

En primer lugar el cuento no es un cuento. Es más bien una serie fotografiada de las distintas actividades que Nicolás tendría con sus dos padres. No hay conflicto, no hay acción, ni siquiera hay un trabajo mínimo de personajes. Hay dos padres sí y un niño, pero daría lo mismo si fuera un padre o una madre. Podríamos reemplazar a cualquiera de esos padres por una mujer. De hecho le informo a la diputada Molina que si quiere puede cortar una foto de cualquier mujer de revista y pegarlo arriba del rostro dibujado de cualquiera de ellos. El relato seguiría siendo el mismo.

Y por ello no quiero indicar que por ser una pareja homoparental el relato tendría que ser especialmente morboso o retorcido a diferencia de las parejas heterosexuales. Nada más lejos de mi afán. ¡Pero tendría que haber relato!

¿Qué implica ocupar el lugar padre o el lugar madre? ¿Cuáles son los conflictos que eso produce?

¿Cómo nos observan los niños a sus protectores adultos? Hace mucho tiempo que la literatura infantil dejó de considerar a los niños como unos receptores pasivos de relatos carentes de calidad.

¿No pasa nada entre Nicolás y sus dos papás? ¿Sonríen siempre los niños y los padres?

¿No le pasa nada en el colegio? ¿No le pasa nada en el estadio? ¿No le pasa nada a nadie y la felicidad es un estado permanente en el que viven? Qué cosa más aburrida, qué fácil para el niño detectar que este cuento no se ancla a su vida, a la de cualquier niño, a cualquier niño que tiene padres reales, sean ellos homosexuales o no.

Qué fácil para el que lee usar esto como excusa para decir que tenemos que aceptar a todas las familias, incluso familias con dos papás, porque son igual de “felices” que nosotros. Qué rápido olvidará el niño el mensaje.

Esas familias no existen, papá; no existen, mamá, y los niños lo saben muy bien.Usted quedará tranquilo porque ya lo conversó, el niño no volverá a leer el cuento porque nada de ahí lo habrá atrapado.

La buena literatura es aquella que nos atrapa, aquella a la que podemos volver una y otra vez, esa que conmueve porque logra identificarnos. No porque relate nuestra vida, si no porque permite que podamos coincidir en un hilo delgado que es lo que nos hace humanos.

Observe un cuento de Anthony Browne, leamos por ejemplo En el Bosque. Mi hijo vuelve a el una y otra vez, la cara de la madre, la cara del padre. No se sabe bien qué sucede, podría ser algo fantaseoso, podría ser algo tan real. Algo que nos ha pasado o que no nos pasa todavía. Tenemos que leerlo de nuevo.

¿No se merece la posibilidad de discutir sobre distintos tipos de madres, padres y adultos protectores una mejor literatura que permita que podamos abrir más que cerrar relatos?

¿No se merecen nuestros niños y sobre todo los niños de 4 años la posibilidad de poder recrear el mundo una y otra vez a partir de un cuento?

¿Por qué imponer entonces esta imagen tan conservadora y falaz de la parentalidad?

Padres que felices hacen las tareas, que van al cine, que juegan con el perro, que van al estadio, que llevan al niño a ver a los dinosaurios ¡¡porque su papá trabaja ahí!!, que andan en bicicleta, que almuerzan en restaurantes, que va a una escuela donde todos lo admiran porque es un buen dibujante, donde además una pareja heterosexual amiga permite que su hija vaya a dormir a su casa y donde claro está, sus padres lo duermen leyendo cuentos.

O sea padres con muchísimos recursos, que no trabajan o que tienen horarios tan flexibles, porque Pablo está siempre con uno de ellos salvo cuando está en el colegio.

Padres que no se parecen en nada al Chile donde vivimos, donde no hay tiempo, donde estamos cansados, donde la escuela no es un espacio paradisiaco, y donde con todo eso, somos adultos, homosexuales, heterosexuales, o como quieran identificarse, que cuidamos y que queremos y que nos equivocamos y que nos pasan mil cosas que nos permiten crecer.

Esta ideología de la parentalidad hipereficiente, hiperfeliz, con hiperrecursos me parece absolutamente abominable. No hay adultos protectores que pasen esta prueba. Todos quedamos por debajo de esta vara.

Obvio entonces será que tengamos que acudir a esos talleres de habilidades parentales que tanto le gustan a la política social, obvio está entonces que tengamos que recibir y aceptar la sobre intervención de nuestras familias, obvio está entonces que sobre todo los más pobres, que no tienen plata ni para el cine, ni para los dinosaurios ni los restaurantes y bicicletas de moda tenga una parentalidad “de baja calidad”.

Creo que esta fue una oportunidad fallida de haber entrado a las manos de esos niños con otros relatos que validaran sus familias, las de todos, sean homosexuales o no.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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