El boxeador que odiaba el deporte

Tamerlan Tsarnaev era boxeador porque tenía un sueño: convertirse en ciudadano estadounidense. El checheno abatido por la policía de Boston acusado de ser el responsable de la colocación de dos bombas en la meta del maratón el lunes pasado, matando a tres personas e hiriendo y mutilando a varias decenas, hizo carrera con los guantes, pero no logró su principal objetivo: ser considerado en el equipo olímpico norteamericano.

Su historia quedó reflejada en el ensayo fotográfico de Johannes Hirn titulado “Lucho por un pasaporte”, donde aseguraba que "si gano muchas peleas podría ser nacionalizado y competir para Estados Unidos, antes que para Rusia”. Allí también dejó la frase que ha sido analizada por los servicio de seguridad que buscan una conexión razonable con los atentados: “no tengo amigos en este país. No los entiendo”.

Tamerlan, que había cumplido 26 años, huyó de Chechenia con su familia a causa del conflicto armado que remeció a su nación en la década de los noventa, y se radicó durante años en Kazajastán, antes de llegar a los Estados Unidos como refugiado. Al igual que su hermano, Dzhokhar, el otro acusado por el atentado, era creyente del Islam, como lo dejó reflejado en las redes sociales.

Su relación con el boxeo comenzó en el Team Lowell, donde trabajó duro desde el 2004 para ganarse un espacio como peso pesado. Ganó el trofeo Rocky Marciano el 2010, tras vencer en los Guantes de Oro de Nueva Inglaterra. Un año antes, un fallo polémico le privó de la victoria ante Lamar Fenner, de Chicago, quien resultó ganador pese a haber escuchado la cuenta de ocho tras recibir un golpe de Tsamaev. Los jueces, sin embargo, se inclinaron inexplicablemente por el local, de acuerdo a los reportes periodísticos.

No bebía ni fumaba, e insistía en sus mensajes que estaba preocupado “por la gente que no puede controlarse a sí misma”. Dzhokhar, de apenas 19 años, fue integrante del equipo de lucha de su colegio, un deporte popular y masivo en su país, que impone disciplina, constancia y que el joven de carácter parco y retraído practicaba con timidez, según sus compañeros. No era un competidor nato.

Los atentados contra el deporte son pocos en la historia. Se recuerda el bombazo de Atlanta 96 –que fue obra de Eric Rudolph, un desequilibrado activista que colocó varios artefactos explosivos en el sur de Estados Unidos- y los Juegos de Munich el 72, que tienen otra connotación.

Atacar una de las tradiciones más queridas como la Maratón de Boston, con 117 versiones y un respeto bien ganado en el mundo del atletismo es no sólo un acto despreciable, sino inexplicable.

Ahora, cuando la cacería ha terminado, vendrá un capítulo tan o más importante: discernir los motivos, develar las causas, encontrar las explicaciones para una barbarie sin sentido que desgarró el alma de los maratonistas, una estirpe que sólo quiere llegar al final de las cosas.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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