Johnson-Corbyn, cuestión de fe

La batalla entre Boris Johnson y Jeremy Corbyn fue épica, jugándose probablemente la unidad del Reino mismo. Parecían ser dos lados de una misma moneda, líderes en los extremos, hablándole a una base dura: una derecha xenófoba y nacionalista, una izquierda soñando con un socialismo anticuado, anti-elitista y tolerante con el antisemitismo. 

Ambos líderes entendieron que todos necesitan una religión, entendiendo esta como nada más que una forma de entregarle significado a los eventos, como explicó el filósofo John Gray. A pesar que desde el siglo 18 la religión ha ido perdiendo influencia en el Occidente, nunca desapareció, solamente cambió de nombre. Los eventos ya no se explicaban a través de la teología, sino usando ideología. 

El Fin de la Historia creó el mito de que todo eso había desaparecido, pero el cambio de milenio nos trajo revelaciones milenarias. Desde los ataques del 11-S en Estados Unidos y el fundamentalismo islamista que los inspiró, la religión-ideología volvió, y también sus profetas. 

No hay mejor ejemplo de estos nuevos profetas que la dupla Johnson-Corbyn. 

Tal vez Corbyn es un candidato más obvio, tanto por su ascetismo como su devoción absoluta, incluso frente toda evidencia. Convencidos de la verdad, sus apóstoles no dudaron en hacerle bullying a la oposición interna, tildándolos incluso de herejes. Por lo menos nueve parlamentarios dejaron el partido como protesta al persistente problema del antisemitismo interno. Esta división fue clave, y sirve como lección a fuerzas progresistas en otras latitudes. 

Sin embargo, dos días después de la peor derrota que ha sufrido su partido en más de medio siglo, Corbyn no solamente no renunció, sino que, apegado a su antiguo determinismo histórico declaró que “el progreso no llega en una línea recta… Sigo creyendo que el Manifiesto del 2019 será visto como históricamente importante”. Palabra de Jeremy. 

El evangelio de Johnson es de otra índole. Los que lo conocen hace años dicen que no cree en nada. Como alcalde de Londres Johnson fue un acérrimo crítico de Trump y no muy entusiasmado por el Brexit. Pero se convirtió - y como todo converso - le dio con todo, usando el tema del Brexit para fortalecer su posición personal dentro del partido, expulsando a miembros que se opusieron y llegando a un acuerdo electoral con la extrema derecha para maximizar sus posibilidades. Intentó varias veces esquivar el Parlamento cuando éste no le dio el paso para avanzar con su Brexit. Solamente la fuerza de las instituciones, especialmente el poder judicial, impidió la movida antidemocrática. 

Da lo mismo lo que digan los datos sobre los efectos económicos del Brexit. Importa un bledo que los inmigrantes le entreguen más al país de lo que cuestan. Da igual que el Parlamento se oponga a lo que quiere hacer. Johnson continúa con su agenda. Como dijo en la campaña, “Logrémoslo”. Palabra de Boris. 

En los próximos meses se analizará lo que ocurrió. Cómo fue que tantos distritos históricamente laboristas optaron por los Tories. Hay explicaciones políticas, económicas, demográficas. En general, las cifras muestran que el rechazo personal a Corbyn fue bastante determinante. La desconfianza con él pudo más que la también alta desconfianza del electorado con Johnson. Optaron por el simpaticón en vez del gruñón. 

Lo cierto es que Johnson ahora tiene un mandato para proceder a la salida de la UE. El próximo 31 de enero abandonará el bloque, con consecuencias políticas y económicas aun imprevistas. Lejos de terminar con el Brexit, lo cierto es que es el inicio de el. 

Lo realmente difícil viene ahora. Hasta hoy solo se ha tratado de la primera fase de la desconexión: el acuerdo de salida. Corresponde negociar las relaciones futuras entre las partes para lo cual tienen hasta diciembre de 2020, período de transición en que regirá el acuerdo de divorcio.

Deberá el Reino Unido (y Johnson) definir qué tipo de vinculación quiere tener con sus socios europeos para el futuro. Difícil cuando en el interior no existe aun consenso sobre el punto. Ni siquiera Boris lo ha señalado. A modo de dato, las negociaciones de la UE con otros Estados para celebrar acuerdos comerciales demoran en promedio 7 años (con Canadá demoraron 8). Por lo que a medida que se acerque el fin de 2020 y las negociaciones no avancen, el fantasma de “prórroga” o “Brexit sin acuerdo” volverá a aparecer, todo en un ambiente de incertidumbre económica y de desconfianza mutua. Se requerirá de mucha fe. 

Co autor es el académico Robert Funk, de la Universidad de Chile.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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