La educación no se vende. Se defiende

¡Abuelita! ¡Abuelita!...Entre risas y cánticos centenares de muchachos avivaban a una anciana que desde la ventana de su departamento, cerca de Portugal, saludaba con un pañuelo blanco el paso de miles de marchantes.

Yo iba entre los profesores y estudiantes de mi Universidad, la Academia de Humanismo Cristiano, a paso lento, sin sospechar la magnitud de la marcha misma en medio de todos los manifestantes.

En otra vereda, otra abuela, acompañada de un par de niños, portaba un cartel entre sus manos con la leyenda: “Lo hago por mis nietos”.

La educación en Chile es el bien más apreciado por los pobres y las clases medias “aspiracionales”. De hecho, desde niño siempre escuché a mis padres que lo único que ellos podían dejarnos a mí y a mi hermano, era la educación, pues no eran poseedores de bienes materiales.

Nuestra familia era muy modesta y estoy cierto que en las actuales condiciones habría sido muy difícil ser estudiante en alguna Universidad.

Toda mi formación es pública, desde una modesta Escuela Básica en Playa Ancha (Valparaíso) hasta mi ingreso en la Escuela de Trabajo Social en la Universidad Católica de Valparaíso, cuando gobernó el Presidente Allende.

Yo fui beneficiario del programa Universidad para Todos y gracias a ello (y mis calificaciones por cierto) obtuve el Título de Asistente Social, siendo el primero en varias generaciones de mi familia en ser “egresado profesional universitario”. Hoy, en las actuales condiciones del modelo educacional, probablemente esa oportunidad habría sido muy difícil de alcanzar.

La educación, para los más pobres y las clases medias, es el principal medio de movilidad social.

Afectar este derecho con modelos educativos-comerciales, con el lucro como motor del modelo y sometiendo a las familias a durísimos apremios económicos para sostener el enorme esfuerzo de cancelar aranceles monumentales para que sus hijos progresen y puedan realizarse como seres humanos, es uno de los peores pecados de una sociedad individualista.

Esto explica, en gran parte, la presencia multitudinaria de miles de chilenos en distintas ciudades del país en la gran marcha del 30 de junio, ahora registrada como el evento ciudadano de mayor envergadura en los últimos 30 años.

Se expresó ahí no solo el malestar de los pobres. Se manifestó una amplia representación de toda la sociedad chilena.

Por delante de nuestra columna de profesores y alumnos de la UAHC se cruzaron decenas de estudiantes secundarios con sus uniformes del Instituto Marista, colegio privado de familias privilegiadas.

Con nosotros (o entre nosotros más bien), desfilaban bulliciosos y emocionados, estudiantes de diversos colegios y universidades privadas. Hombres, mujeres, ancianos, adultos, académicos, maestros de escuela, estudiantes por doquier, de todas las edades.

Era Chile en las calles.

El Gobierno y el Parlamento saben que el 30 de junio marcó un antes y un después en las relaciones entre la sociedad civil y el Estado.

La masiva demanda por una educación más justa es sólo el comienzo de una empresa mayor del pueblo chileno.

El Ministro Lavín, equivocadamente, juzgó como “ideológicas” estas amplias movilizaciones.

“¿Qué tiene que ver la demanda educacional con la renacionalización del cobre o una nueva constitución?” se preguntó ante el país.

Lo sorprendente es que el Ministro, hombre educado, profesor universitario, candidato presidencial, figura de Estado, etc. se formule esta pregunta.

Una mejor educación (y más justa) requiere mejores y nuevos recursos y no mendrugos financieros.

Estos recursos deberán provenir, al menos, de dos fuentes principales: nuevos impuestos y excedentes del cobre chileno. Para ello debe considerarse un cambio en la estructura jurídica de propiedad del cobre.

Y la garantía de una educación justa y accesible, sin lucro de por medio y con un sello público amplio y profundo, requiere cambios en la Constitución. Hay una directa relación entre estos factores de cambio. Entonces, la pregunta del Ministro es inconducente y suena más bien provocativa. Y tuvo su masiva respuesta.

Hay quienes defienden el lucro. Las Universidades privadas en su gran mayoría son hoy una “Polar” del sistema de educación superior. Los estudiantes son “clientes” del sistema.

Para algunos el lucro es motor del proceso educativo. Pero la pregunta que podemos hacernos es ¿por qué en sociedades capitalistas mucho más avanzadas que en Chile, la Educación es ampliamente pública y prácticamente gratuita? Es que Chile es un país “especial”. Bien lo sabemos.

Pero esto no podrá seguir siendo así después del 30 de junio. Las Alamedas se ensancharon. Y esto no es simplemente un decir.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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