La justicia transgeneracional se ha definido como la obligación moral de una generación de no solamente preocuparse por su entorno inmediato, sino de legar un conjunto de condiciones que aseguren el bienestar de las generaciones futuras. El componente temporal tiene que ver también con reconocer que los que habitamos el planeta hoy, heredamos un "estado de cosas" de las generaciones anteriores.
Si evaluamos nuestra gestión, en algunos frentes la pendiente es positiva. Por ejemplo en salud, si miramos los índices de mortalidad infantil o el acceso a condiciones sanitarias, es indudable que estamos mejor que las generaciones que nos precedieron. Lo mismo ocurre con el avance de la tecnología que facilitará aún más la vida de las personas en un futuro; podemos imaginar varios avances que harán que labores que hoy nos toman mucho tiempo sean "cosas del pasado". Incluso, con notables y dolorosas excepciones, hemos avanzado en derechos sociales que serán una herencia valiosa.
Sin embargo, pareciera ser que estamos olvidando que la conservación de la biodiversidad es parte fundamental del legado que estamos dejando como generación. Esto no es trivial: la vida sobre la tierra se sostiene a sí misma, es decir, y por muy obvio que parezca, sin vida no hay vida.
Como ejemplo podemos hablar de la fotosíntesis, proceso mediante el cual los organismos verdes (plantas, algas, cianobacterias) consumen CO2 y nos devuelven oxígeno, siendo el mecanismo (el único que tenemos) que nos permite respirar. Lo mismo ocurre con el nitrógeno, ese componente esencial de nuestro propio ADN que depende enteramente de un ciclo invisible de plantas, hongos, bacterias y animales. Sin ellos, simplemente no habría materia prima para construir nuestros cuerpos.
Conservar la biodiversidad y preocuparnos de que tengamos ciclos sanos no es un capricho de ambientalistas. Es preservar la vida como la conocemos, y es además un ejercicio de humildad ante nuestra propia ignorancia. Esto porque de biodiversidad sabemos muy poco, prueba de lo cual es que cada año se descubren entre 18.000 y 20.000 especies nuevas para la ciencia y que cada día entendemos mejor la importancia por ejemplo de los microorganismos, del suelo, de las raíces, de las bacterias de habitan dentro de nuestro cuerpo.
No tenemos idea cuál de estas especies nuevas cumple un rol crucial en el equilibrio que nos mantiene a salvo, o qué interacciones son las que nos permiten resistir los cambios ambientales. Despreciar la importancia de la conservación es un acto de profunda arrogancia: es asumir que el ser humano podrá reemplazar con tecnología funciones ecosistémicas que a la evolución le tomó millones de años perfeccionar. Hasta ahora no hay ninguna evidencia que respalde esta creencia.
El planeta ha sobrevivido 4.600 millones de años y lo seguirá haciendo. No lo estamos destruyendo; estamos amenazando las condiciones aptas para la vida humana, que es finalmente un suspiro de tiempo en la historia de la Tierra. Nuestro planeta nos va a sobrevivir, como ha sobrevivido a tantos cambios y extinciones masivas. Lo que realmente le estamos quitando a las generaciones futuras es la posibilidad de un mundo "humanamente vivible", y eso atenta contra cualquier concepto de justicia.
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