Hace ya un mes falleció, a los 93 años, el biólogo estadounidense Paul Ehrlich, mundialmente conocido por su libro "La bomba demográfica", escrito junto a su esposa Anne en 1968. Un texto apocalíptico en el que predijo que en la década de 1970 cientos de millones de personas morirían de hambre debido a que la producción de alimentos no podría satisfacer el rápido crecimiento de la población. Famosa es su frase "la batalla para alimentar a toda la humanidad ha terminado. En la década de 1970, el mundo sufrirá hambrunas: cientos de millones de personas morirán de hambre". Estas predicciones al parecer desconocían el hecho de que, ya en 1972, Estados Unidos presentaba una tasa de fecundidad de 2,03%, bajo la tasa de reemplazo poblacional de 2,1% (En Chile la tasa de fecundidad es de 1,16%, inferior incluso a la de Japón). También en 1975 predijo que el 90% de los bosques tropicales desaparecería en los próximos treinta años. Cosa que evidentemente no ocurrió.
A medida que sus predicciones no se fueron cumpliendo, respondía que estas solo se habían aplazado debido a fenómenos como la revolución verde en la agricultura, pero que con el tiempo se materializarían. Gracias a su longevidad, Ehrlich pudo constatar en persona lo profundamente errado de sus predicciones. A la fecha de su deceso, no solo el incremento significativo de la productividad agrícola gracias a la tecnología permite descartar la muerte de millones de personas cada año por hambruna, sino que el decrecimiento poblacional ya es una realidad. De hecho, ya el año 2019 Darrel Bricker y John Ibbitson publicaron el libro "El planeta vacío" en el que analizaban el declive de la población mundial tomando datos desde al menos una década hacia atrás. Hoy las caídas en las tasas de natalidad son un problema que se debate públicamente no solo en Chile, sino también en Europa y países como Japón, Corea del Sur y China, que ya dejó de ser la nación más poblada del planeta, dejando ese lugar a India.
La futurología es siempre una apuesta arriesgada y el caso de Ehrlich refleja el riesgo de proyectar y publicitar escenarios apocalípticos con pretensión de objetividad en sistemas altamente complejas como son los sistemas ambientales o poblacionales, que dependen de factores tecnológicos, políticos, económicos y sociales. Pese a sus recurrentes errores de juicio, los futurólogos gozan hoy de buena salud y siguen usando el alarmismo como política. Hoy el centro de las preocupaciones futurológicas es la inteligencia artificial. De hecho, el exsenador Guido Girardi señaló no hace mucho que en cinco años más la IA reemplazará todos los actuales trabajos. ¡¡¡Cinco años!!! En materia climática Girardi ya había predicho en una de las versiones del Congreso Futuro que en 30 años más el planeta Tierra se asemejaría a Marte si no controlamos las emisiones de gases de efecto invernadero. Esta proyección la realizó hace ocho años. También se adelantó a afirmar que gracias al hidrógeno verde Chile tiene el potencial de constituirse en el polo que alimentará de energía a todo planeta. Esta última predicción envejeció mal demasiado rápido.
En el ámbito forestal el fracaso futurológico más sonado fue el de Marcel Claude y Antonio Lara, que en un informe del Banco Central del año 1995 estimaban que en Chile solo quedaban 7,3 millones de hectáreas de bosque nativo y que este desaparecería en los próximos 10 a 20 años. Solo dos años más tarde se evidenció esta cifra como errónea gracias al catastro de recursos vegetacionales de Conaf que estimó la superficie de bosque nativo en cerca de 13 millones de hectáreas, casi el doble de lo señalado en el informe de estos autores. Las proyecciones del informe eran, como no, apocalípticas. En 2003 desaparecerían todos los bosques nativos de las regiones VI y VII, salvándose solo los bosques existentes en Reservas Forestales. En la Región del Biobío los bosques se extinguían el año 2005, salvándose solo las 25 mil hectáreas existentes en reservas y parques. Para La Araucanía, la proyección de pérdida del bosque se produciría entre el año 2001 (escenario pesimista) y el año 2015 (escenario optimista).
Hoy quien no apoya con entusiasmo las proyecciones ambientales de tenor apocalíptico es tildado de negacionista, un término que se utiliza con lamentable liviandad, pese a la terrible carga histórica que posee. Pese al bullying sobre quienes no comparten el coro alarmista, la ansiedad ambiental o tecnológica es mala consejera y no ayuda a la búsqueda de las soluciones que la sociedad necesita. Posiblemente Paul Ehrlich fue el epítome del futurólogo alarmista impenitente. Ojalá aprendiéramos de sus rotundos fracasos y moderáramos el discurso que busca movilizare a través del alarmismo, aunque mi "predicción" es que eso no ocurrirá.